Capítulo 16

1421 Palabras
Nyra Mi cuerpo pesaba. Como si los huesos fueran plomo, como si cada suspiro costara siglos. Pero supe que debía moverme. No porque me sintiera mejor sino porque no podía quedarme allí. No con él. No así. El calor de su pecho seguía contra mi mejilla. Su mano aún recorría mi espalda en un vaivén sereno, protector, casi imposible. Y eso era lo que me rompía. Porque él podía hacerlo. Podía romperme de verdad. No con magia. No con fuerza. Con esa forma de mirarme como si no fuera una aberración, sino algo que aún merecía un nombre. Y yo yo no sabía cómo pelear contra eso. Mis dedos se habían aferrado a su ropa, buscando un ancla que no podía permitirme. Pero ahora intenté soltarlos. Fallé. Los músculos no respondían. O quizá era el alma. No sé. Inspiré. Su aroma me envolvió. Olor a noche, a peligro, a tierra mojada después del caos. Y una nota oculta, apenas perceptible algo que me hablaba de hogar. Eso fue lo que me hizo temblar. No su cercanía. Sino lo que significaba. Una parte de mí, la parte rota, la parte que había dormido con frío y hambre y miedo quería quedarse. Quería rendirse en sus brazos. Pero la otra parte La que había visto cómo se derrumbaban imperios. La que había sangrado en silencio. La que llevaba el nombre de Vaelith como un grito grabado en la espalda. Esa parte sabía que no debía confiar. Que él también podía hundir la daga justo cuando menos lo esperara. Y aún así no quería irme. Deslicé los dedos, apenas. Una caricia torpe contra su pecho, como disculpa, como despedida. —Tengo que —mi voz era un murmullo desgarrado, apenas audible—. levantarme. Su mano se detuvo. Solo un segundo. Y luego descendió hasta mi brazo, apretando con firmeza, sin violencia, pero con la fuerza de alguien que no estaba listo para soltar. —No vas a moverte aún —dijo. Bajo. Grave. Como una promesa que dolía. Tragué saliva. Mis párpados se entreabrieron. El mundo era borroso. Pero él estaba ahí, nítido. Mirándome con esa expresión que no entendía. Como si me viera y no pudiera creer que aún respiraba. —No estoy rota —susurré, casi en contra de mí misma—. Solo cansada. Mentira. Estaba rota. Solo que ya me había acostumbrado a sangrar sin hacer ruido. Zareth ladeó la cabeza. El pulso en su mandíbula latía fuerte, como si él también estuviera luchando contra algo dentro. —No pienso soltarte —dijo al fin. Y no fue una orden. No fue una amenaza. Fue… una confesión. Y eso me asustó más que todo. Cerré los ojos. Inspiré profundo. Mi cuerpo seguía débil, sí. Pero mi alma esa comenzaba a erguirse. Porque sabía algo: Si me quedaba demasiado tiempo entre sus brazos nunca más iba a poder huir de ellos. Y yo no podía darme ese lujo. Todavía no. Mis párpados se volvían pesados. Como si todo el cansancio de mil noches mal dormidas hubiera decidido caerme encima de golpe. Mi cuerpo temblaba, pero ya no de miedo. Era el agotamiento. El colapso. El fin de una resistencia que había durado demasiado. Me estaba rindiendo al sueño, al vértigo dulce de cerrar los ojos y olvidar cuando escuché su voz: —Nyra no cierres los ojos todavía. Bebe un poco de agua. Su tono no fue autoritario. Pero tampoco me dejó opción. Era una orden envuelta en preocupación. Y esa combinación me desarmó aún más. Abrí los ojos como pude. Lentas. Como si pesaran toneladas. Zareth tenía un vaso entre sus manos grandes, fuertes. Lo acercó a mis labios con una delicadeza que me hizo doler el pecho. —Solo un poco —dijo. El borde del vaso tocó mi boca. Y su otra mano, cálida, firme en mi nuca, me ayudó a beber. El agua bajó por mi garganta como un bálsamo. Fresca. Suave. Real. Era real. Él era real. Y me estaba cuidando. Mis ojos lo buscaron, empañados por la bruma del agotamiento. Quise decir algo. Gracias, tal vez. Pero lo único que hice fue mirarlo. Y él me miró de vuelta como si ese gesto fuera suficiente. Como si yo, incluso rota, incluso temblando, aún valiera la pena. —Te voy a llevar a la cama —murmuró. Y antes de que pudiera responder, me alzó de nuevo entre sus brazos. Sin esfuerzo. Sin vacilar. Mi mejilla se apoyó en su hombro, y me dejé llevar. No por debilidad. No por sumisión. Sino porque en sus brazos, el mundo dejaba de doler. Porque él era como el cielo. No por ser inalcanzable, sino por ser el único lugar donde podía respirar. Su aroma me envolvía —oscuro, cálido, familiar como el crepúsculo antes de una tormenta. Sus brazos, duros como hierro, suaves como consuelo. Y por primera vez, deseé que este momento no acabara nunca. Que el sueño me atrapara ahí. Ahí, donde él existía. Donde yo no era la hija de las sombras, ni un error viviente. Solo una chica, sostenida por unos brazos que no me soltaron cuando más lo necesitaba. Sentí que el mundo se alejaba como si me llevaran flotando entre sombras y fuego apagado. No abrí los ojos. No quería. El calor de su cuerpo seguía sobre mi piel, la presión de sus brazos aún anclada en mi espalda, como si el universo me hubiera sostenido por un instante antes de desmoronarse otra vez. Y entonces lo sentí. El leve crujido de las sábanas. El colchón cediendo bajo mi peso. Y sus manos, cuidadosas, cuidadosas hasta lo imposible, acomodándome como si fuera algo roto algo precioso que se negaba a romper del todo. No me soltó de golpe. Me bajó con lentitud, como si temiera que al tocar el colchón me deshiciera en cenizas. El aire olía a él. A madera, a lluvia, a magia contenida. El suave roce de la manta subiendo por mis piernas, cruzando mi cintura, luego mi pecho. Su palma rozó mi cuello, apartando un mechón húmedo. Y entonces me cubrió entera como si taparme fuera también una forma de protegerme del mundo entero. El colchón era tibio. Pero no tanto como él. Y quise decirle que se quedara. No lo hice. Porque no debía. Porque si lo hacía, no podría dejarlo ir jamás. Mis párpados pesaban, mi respiración seguía desacompasada, pero el ritmo de su aliento seguía ahí, cerca, marcando una cadencia que empezaba a calmarme otra vez. No sabía si estaba soñando. Pero si lo estaba que no me despertaran. Que el mundo esperara allá afuera. Y que él —él solo— fuera mi última visión antes de cerrar los ojos del todo. Desperté con el corazón latiendo en un ritmo irregular. Como si hubiera estado corriendo en sueños, como si mi cuerpo recordara algo que mi mente no lograba alcanzar del todo. La tela suave de unas sábanas me rozaba la piel, y por un segundo no supe dónde estaba. La habitación estaba en penumbra. El aire cargado de magia reciente. De un silencio que no era vacío, sino expectante. Tragué saliva. Mi garganta estaba seca. Mi cuerpo adolorido, como si hubiera librado una batalla contra mí misma. Y tal vez sí lo había hecho. Moví una pierna. Luego la otra. Los músculos se tensaron, recordando el caos. Recordando el momento en que creí que no saldría viva. Y entonces lo sentí. No con los ojos. Con la piel. Zareth. No sabía si seguía allí. Pero su ausencia aún ardía como una presencia. Como una quemadura que no se veía pero seguía doliendo. Me incorporé con lentitud, las mantas resbalaron por mis hombros. Respiré hondo, y el aroma a él aún impregnaba el aire. Madera. Invierno. Promesas que no sabía si eran reales o parte de una ilusión. Y sin embargo había algo distinto. Yo seguía viva. Y él no me había matado. Me froté las muñecas. No por dolor. Sino por lo simbólico. Porque yo sabía lo que era estar encadenada. Y ahora no lo estaba. Pero tampoco era libre. Me puse de pie. Las piernas temblaban. Mi cuerpo protestaba, pero mi voluntad era más fuerte. Siempre lo había sido. Me acerqué al ventanal, y la luz del amanecer —débil, pálida— bañó el suelo de piedra. Como si el mundo, aún después del infierno, insistiera en salir. Y yo yo no sabía si eso era una bendición o una maldición. Pero estaba de pie. Y eso, por ahora, era suficiente.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR