Capítulo 15

841 Palabras
Zareth La tenía entre mis brazos. Frágil. Temblando. Deshecha. Y, sin embargo, tan jodidamente valiente. Sentí su aliento luchando por seguir un ritmo. Sus manos crispadas en mi ropa como si pudiera romperme como si esperara que la empujara lejos en cualquier momento. Pero no iba a hacerlo. No podía. Apoyé la barbilla en su cabeza, mis dedos recorriendo su espalda con la misma devoción con la que uno toca algo sagrado. —Respira conmigo —le susurré. No era una orden. Era una súplica. Un anhelo. Una plegaria hecha carne. Dioses, ¿qué te hicieron? Cada vez que exhalaba, sentía que estaba dejando ir una vida entera de miedo. Y cada vez que inhalaba, lo hacía como si yo fuera su oxígeno. Ella no lo sabía. Pero me estaba rompiendo por dentro. No vine a encontrarla así. No la imaginé así, colapsando en mis brazos con el alma sangrando desde adentro. Pero ahí estaba. Conmigo. A salvo por ahora. La apreté un poco más. No tanto como para asustarla. Solo lo suficiente para que supiera que no se iba a caer. No mientras yo esté aquí. Y entonces, mientras sentía su respiración empezar a alinearse con la mía, mientras su frente descansaba en mi cuello y su cuerpo se rendía al calor de mis brazos, pensé algo que no había permitido que existiera hasta ahora: “Si alguien se atreve a tocarla de nuevo voy a destruirlo todo.” La tenía entre mis brazos. Ligera como una hoja después de la tormenta. Temblorosa. Silenciosa. Rota. Y yo yo no quería soltarla. No ahora. No después. No nunca. Porque algo dentro de mí, algo antiguo y desconocido, había hecho clic. Una promesa que no había pronunciado, pero que ya ardía bajo mi piel: Nadie volverá a tocarla. Nadie volverá a hacerle daño. Juro por todo lo que soy que quien se atreva a intentarlo no vivirá para contarlo. Nunca me importó proteger a nadie. Ni siquiera a mí mismo. Jamás había sentido esa urgencia de cuidar, de resguardar, de abrazar como si eso pudiera reparar lo que el mundo le arrancó. Hasta ahora. Hasta ella. Nyra. Mi tormenta silenciosa. Tenía la cabeza apoyada en mi pecho, sus dedos aún aferrados a mi ropa como si soltar fuera morir. Y yo solo respiraba por los dos. Como si mi calma pudiera convertirse en la suya. Como si mi fuerza pudiera traspasarle algo de lo que le habían quitado. Mis pensamientos eran un enjambre indomable. ¿Está respirando mejor? ¿Tiene frío? ¿La lastimé al tocarla? ¿La abracé demasiado fuerte? ¿Demasiado poco? Maldición. No sabía cómo hacer esto. Pero no pensaba dejar de intentarlo. Entonces, escuché los pasos. Rompieron el silencio como una amenaza. Mi instinto reaccionó antes que mi mente. Giré el rostro hacia la puerta, ya preparado para hacer cenizas a quien se atreviera a irrumpir. La magia reptó bajo mi piel. Listo para destruir. Para defender. Para no perderla. Y entonces, la vi. Una anciana. Se detuvo en seco al vernos. Su rostro, usualmente impasible, se contrajo con una expresión que jamás había visto en ella: asombro puro. Casi desolación. Sus ojos se movieron lentamente entre mis brazos y el cuerpo casi inconsciente de Nyra. Entre el temblor en sus labios y el modo en que yo la sostenía, como si fuera todo lo que me quedaba en el mundo. Y por un segundo, no habló. Simplemente se quedó allí. Pero eso no bastaba. Yo no confiaba en nadie. No hoy. —¿Quién eres? —le solté, la voz baja, filosa, lista para cortar. La anciana parpadeó, como si la pregunta le doliera más que el filo. —Soy Elda —respondió con calma, pero con un nudo en la garganta—. Cuido de Nyra desde que era una niña. Fui su nodriza. Y ahora soy lo poco que le queda Tragué saliva. No dije nada. Solo la observé. Sospechando. Midiendo. Pero Nyra no se tensó. Y eso me bastó. —¿Está bien? —preguntó entonces Elda, con voz quebrada, acercándose apenas un paso. Miré a Nyra. Sus párpados aún cerrados, su respiración ya no errática, pero débil. El pecho subiendo apenas contra el mío. —Tuvo un colapso —dije, sin adornos—. Uno fuerte. Elda asintió despacio, bajando la mirada con un suspiro. —Puedo traerle agua—sugirió, y su voz tembló apenas—. Y algo de calma si me lo permite. No respondí de inmediato. Mi brazo se apretó más alrededor del cuerpo de Nyra. La sentía aún tan frágil, tan diminuta en mi abrazo, que la sola idea de alejarla, aunque fuera unos centímetros, me parecía intolerable. Pero asentí. —Rápido —dije. No fue una orden, fue una súplica vestida de dureza. Elda desapareció sin hacer más ruido que el de un suspiro. Y yo volví a mirar a la sombra entre mis brazos. Mi sombra. Mi maldición. Mi redención. Lo que sea que haya que enfrentar, que venga. No voy a soltarla. No otra vez.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR