Nyra
”—No voy a hacerte daño.
Ni ahora.
Ni nunca.”
Su voz era fuego y promesa.
Era tierra firme en medio del abismo.
Y por un segundo, solo uno quise creerle.
Dioses, cómo quise.
Pero en mi cabeza, justo donde nace el miedo,
otra voz se levantó como un cuchillo frío.
Cruel.
Implacable.
Mía.
“Él sí lo hará.”
Susurró como si siempre hubiera estado ahí.
Como si hubiera nacido conmigo.
Como si conociera todas las formas en que pueden romperte.
“Aún no lo sabe
pero lo hará.”
Y sentí que el mundo se encogía.
Porque esa voz no mentía.
Esa voz era la que me había salvado de caer tantas veces
y también la que me empujaba cuando nadie más lo hacía.
Zareth me miraba como si pudiera arrancarme del dolor,
pero yo conocía ese brillo.
Conocía ese inicio.
Conocía el final.
Todos empiezan diciendo que no van a herirte.
Y todos terminan haciéndolo
cuando por fin los necesitas.
Apreté el vestido más fuerte entre los dedos.
El corazón, ese traidor, latía como si aún esperara.
Como si aún creyera que tal vez esta vez sería diferente.
Pero yo sabía la verdad.
Los que juran protegerte
son los que más cerca tienen el filo.
Y aunque sus palabras me envolvían,
aunque su presencia me hacía querer vivir
esa voz seguía ahí.
Siseando en mi oído.
“Ya verás.”
Sus palabras son un susurro de luz.
Pero yo era oscuridad.
Y la oscuridad responde distinto.
Al principio fue un temblor.
Pequeño. Ínfimo. Apenas un roce en el pecho.
Luego, una vibración.
Un latido errático, como si algo debajo de mi piel se despertara.
No, no ahora, no con él.
Mi magia, esa cosa antigua que no me pertenece del todo,
empezó a removerse como una criatura enjaulada.
Tenía hambre.
Tenía rabia.
Y lo había olido a él.
Zareth.
Lo reconocía.
Lo temía.
Lo deseaba.
Mis dedos apretaron la tela del vestido como si eso pudiera contenerla.
Pero ya sentía las venas quemar.
El pecho agitarse.
Los ojos llenarse de esa presión oscura que precede al estallido.
“Contrólate.”
Me lo repetía una y otra vez.
Pero el miedo también era una grieta.
Y yo estaba llena de grietas.
Él seguía ahí, inmóvil, hablándome con los ojos.
No había amenaza en su voz, pero mi cuerpo no lo entendía.
Mi sangre sí.
Y gritaba.
Como si supiera que un solo movimiento más, una caricia, una palabra,
y todo se rompería.
Una corriente de sombra me recorrió la columna.
Y entonces lo vi:
la magia estaba subiendo.
Como humo.
Como veneno.
Como un grito que lleva años encerrado.
Mi respiración se volvió errática.
Mis dedos temblaban.
La cortina detrás de mí crujió, como si el aire mismo se estuviera quebrando.
Zareth dio un paso. Solo uno.
Y yo
cerré los ojos.
No porque me entregara.
Sino porque estaba luchando contra mí misma.
Contra lo que soy.
Contra lo que heredé.
—No —susurré, tan bajo que apenas lo escuché yo misma—. No salgas
Pero ella no obedece.
Ella nunca obedece.
Mi pecho subía y bajaba como si no supiera cómo funcionar.
El aire no entraba bien.
Mis costillas dolían.
Y mi magia
se revolvía.
No era una ráfaga.
No era un hechizo.
Era algo más primitivo. Más visceral. Como si se arrancara de mí misma para nacer con garras y colmillos.
Las sombras titilaron en mis pupilas.
Mi espalda se arqueó apenas, mis uñas se clavaron en mis palmas,
y por un segundo —uno solo—
sentí que todo a mi alrededor temblaba.
La tela del cortinaje ondeó sin viento.
Una grieta finísima se dibujó en el suelo entre nosotros.
Y el silencio se quebró.
Zareth se tensó.
Lo vi.
Sus hombros.
Su mandíbula.
Sus ojos, que brillaron con un destello afilado, antiguo, como si su instinto guerrero despertara por reflejo.
Yo estaba ardiendo.
Desde dentro.
Como una antorcha hecha con lágrimas.
No quería que él lo viera.
No así.
No con los ojos llenos de sombra.
No con esa parte de mí que era más Vaelith que Nyra.
Pero ella empujaba.
Empujaba con fuerza.
Quería salir.
Y entonces
La magia me atravesó.
Como una lanza.
Como mil agujas.
Como si fuera una prisión que se abría desde dentro,
rompiendo costillas, carne, conciencia.
Me arqueé hacia atrás, jadeando, con los ojos abiertos de par en par.
No veía nada.
Solo sombras.
Sombras que se movían como lenguas. Como dientes. Como un hambre ancestral que venía de mí… pero no era mía.
Y entonces
La magia me atravesó.
Como una lanza.
Como mil agujas.
Como si fuera una prisión que se abría desde dentro,
rompiendo costillas, carne, conciencia.
Me arqueé hacia atrás, jadeando, con los ojos abiertos de par en par.
No veía nada.
Solo sombras.
Sombras que se movían como lenguas. Como dientes. Como un hambre ancestral que venía de mí… pero no era mía.
—Nyra —escuché la voz de Zareth. Corta. Tensa. Alerta.
Y entonces
La magia me atravesó.
Como una lanza.
Como mil agujas.
Como si fuera una prisión que se abría desde dentro,
rompiendo costillas, carne, conciencia.
Me arqueé hacia atrás, jadeando, con los ojos abiertos de par en par.
No veía nada.
Solo sombras.
Sombras que se movían como lenguas. Como dientes. Como un hambre
ancestral que venía de mí pero no era mía.
—Nyra —escuché la voz de Zareth. Corta. Tensa. Alerta.
Pero ya no era su voz lo que oía.
Era la de ella.
La otra.
La que vivía en mis huesos.
—Te advertí —susurró, como una madre cruel—. El amor no te salva. El amor te rompe. Y tú eres de las que sangran por amor.
Mis rodillas fallaron.
Caí al suelo, pero no me sentí caer.
Como si el mundo girara a mi alrededor sin mí dentro.
Mi aliento se volvió errático.
Mi cuerpo temblaba.
Y la magia
La magia lloraba por salir.
Se filtraba por los dedos.
Se colaba por las grietas de mi voz.
Una telaraña oscura comenzó a formarse en el suelo, extendiéndose bajo mis pies, como una flor venenosa abriéndose.
Zareth se acercó.
No con miedo.
Con decisión.
Sentí que el mundo se me rompía por dentro.
La magia se retorcía en mi piel, queriendo salir a la fuerza, un fuego oscuro que me consumía desde el alma.
Mi respiración se volvió errática, un temblor que no podía controlar.
Las sombras a mi alrededor se agitaban, susurraban tormentas.
Y entonces él llegó.
Zareth.
No con dudas, no con miedo.
Con una certeza que me dejó sin aliento.
Sus manos se posaron sobre mí, suaves y firmes a la vez.
Un calor que no esperaba, como un escudo dorado contra el caos que yo era.
Sentí su magia envolviéndome, calmando esa tormenta interna que me estaba destruyendo.
Quise resistirme, gritar, huir pero era como si cada fibra de mi ser se negara a obedecerme. Era un peso invisible, un lazo que me anclaba con fuerza al lugar, y no importaba cuánto luchara, no lograba soltarme. Sus palabras, bajas, casi un eco, me atravesaron el alma:
—Nyra mírame. Solo a mí-.susurró
Cerré los ojos, aferrándome a ese instante como si fuera el último vestigio de luz en un abismo oscuro. Quería retenerlo, sentirlo, aunque fuera solo un suspiro fugaz. Pero mi cuerpo traicionó mi voluntad: las piernas flaquearon, mi respiración se volvió un jadeo entrecortado, frío y doloroso.
Sentí sus brazos cerrándose a mi alrededor, firmes, inquebrantables, como un muro contra el mundo. Su pecho presionó contra mi cabeza, un refugio inesperado que calmaba la tormenta que llevaba dentro.
Zareth se movió con una suavidad que no le conocía. Como si temiera romperme. Como si supiera que ya estaba rota.
Me sostuvo con facilidad, como si no pesara nada. Caminó unos pasos y se dejó caer en el sillón más cercano, llevándome con él. No me soltó. Al contrario, me atrajo más contra su cuerpo, manteniéndome sobre su regazo, como si ese fuera mi lugar desde siempre.
Su mano comenzó a moverse por mi espalda, arriba y abajo, con lentitud. No había prisa. No había exigencia. Solo esa presión firme, rítmica, que poco a poco fue deshaciendo el nudo en mi pecho.
La otra mano se mantuvo firme en mi cintura, abrazándome sin apretar, conteniéndome, como si supiera exactamente cuánta fuerza podía usar sin asustarme.
Y yo respiré.
Por primera vez, realmente respiré.
No un jadeo roto. No un grito escondido. Respiré como si sus brazos hubieran hecho espacio dentro de mí para que el aire volviera a entrar.
Su aroma me envolvía. Era algo entre fuego, viento de invierno y bosque mojado. Cálido y salvaje. Familiar y extraño. Como si lo hubiera soñado antes.
Me aferré a él con los dedos crispados
en su ropa, buscando algo que ni siquiera podía nombrar. Y mientras su mano seguía acariciando mi espalda, y su pecho subía y bajaba en un ritmo constante, mi respiración empezó a imitar la suya.
Entonces lo oí.
Bajito.
Cerca de mi oído.
Su voz.
—Respira conmigo —susurró, con esa firmeza rota que tenía solo para mí.
Como si al decirlo pudiera hacerme volver. Como si el mundo no estuviera colapsando. Como si él pudiera sostenerlo todo solo con esa frase.
—Vamos, Nyra conmigo. Inhala eso es —su mano subía y bajaba con mi respiración, guiándome como si hubiera nacido para eso, para sostenerme justo en el borde del abismo—. Exhala no estás sola. Estoy aquí.
Sentí cómo su voz se deslizaba por mi piel como una promesa.
No me apresuraba.
No me exigía.
Solo estaba ahí conteniendo el huracán que era yo.
Mi frente descansó sobre su cuello, y por un segundo sentí que si me quedaba lo suficiente, tal vez solo el dolor no me tragaría entera.
Y mientras el mundo seguía girando allá afuera, dentro de ese abrazo,
todo en mí susurraba lo mismo:
No me sueltes. Aún no.