Capítulo 11: Realidades a Medias

1831 Palabras
—Hace tiempo preparé esta habitación para ti —habló Jensen conduciendo a Lizzy por el pasillo central del segundo nivel de la mansión que funcionaba como su casa y el hogar permanente de todas las criaturas sobrenaturales que estaban de su parte en Valley City—. Una parte de mí creía que en algún momento necesitarías quedarte con nosotros por un tiempo indefinido, y aunque no tenía ningún interés en que ese instante llegara, temo que estamos a las puertas de ello. El vampiro intentaba que la mente de la chica se enfocara en algo más que en la conversación llena de revelaciones inesperadas que había tenido lugar en la tarde, a pocas horas de su regreso a Valley City, pero era prácticamente imposible. Lizzy estaba procesando todas y cada una de las palabras dichas por Helena y lo que significaría para ella el hecho de sacarme a mí de mi suplicio. Supongo que no le hacía tanta ilusión liberarme, como a mí mismo. —¿Crees que todo eso sea posible, Jen? —preguntó en el umbral de la que sería su habitación—. Si lo que Helena dice es cierto, no hay forma de salvarme de lo que viene a por mí. No tenía la cabeza en ningún otro lugar más que en aquellas palabras a las que Lachlan se había aferrado desde que despertó en Equior, y aunque el rubio hacía todo lo posible para distraerla, pues creía que su prima responsabilidad recaía en preocuparse por Lizzy, no podía evitar tener miedo de lo que era aparentemente inminente. —Ella lo supo desde que me vio regresar cómo humana —continuó consciente de que el rubio había visto los pensamientos aislados que abarrotaban su mente—. Los dioses necesitan a William y los vampiros están desesperados por tener a su rey de vuelta. Nada de lo que nosotros podamos decir, los hará cambiar en su parecer. Sonaba prometedor para mí... Aunque no para ellos. Jensen conocía a Elizabeth lo suficiente como para saber que no había nada que pudiera hacerla parar hasta desenhebrar todo aquel sinsentido y darle una forma lineal en su atolondrada cabeza a los eventos y profecías que se apilaban en el fondo de su mente. —Si la profecía de Helena es cierta, William morirá para matar Selene —se apresuró a notar el vampiro—. Alex no lo permitiría nunca, y creo que ahí reside nuestra ventaja. De ninguna forma y ni en un millón de años, mascullé para mis adentros. —¿Crees que es prudente contarle lo que sabemos a los vampiros? —preguntó Lizzy y la única respuesta que consiguió del rubio fue un ademán de hombros que le dejaba saber que estaba tan poco seguro de la efectividad de aquel plan como ella. —En el mejor de los casos —intentó ver el lado positivo de las cosas—, eso significará que no vas a morir a manos del original en el sacrificio que lo levantará de su tumba. —No —levantó las cejas en un incrédulo gesto—. Solo significará que moriré después. De cualquier forma, ¿Qué más da, morir antes o después? —No te permito que digas eso, Elizabeth. Su mirada se endureció, más no estaba cargada de ira, sino de absoluto remordimiento. Su compasión por Lizzy era inconmensurable y siempre había sido algo que lo convertía a él en el único verdaderamente necesario para ella. —Los lobos también vienen a Valley City, si no es que están aquí ya. A matarme, por supuesto —añadió la chica con aquel sarcasmo que aparecía en las más inconvenientes de las situaciones—. Christian fue solo la antesala. —Christian no es nada —se apresuró a corregir el vampiro—. Te aseguro que Edvard ni siquiera sabe de la empresa del hermano de Sam, pues de haberlo sabido, jamás le hubiera permitido llegar a ti antes que él. —¿Por qué estás tan seguro de ello? Parecía que Jensen sabía mucho más acerca de los hombres lobo y sus verdaderas intenciones de lo que cualquiera podía imaginar. —Es simple —se dispuso a explicarle abriendo la puerta de la habitación frente a los ojos de la chica—. Eres el premio mayor, Elizabeth. Ningún mediocre ser sobrenatural que valore su vida ante los grandes originales se arriesgaría a matarte. Probar tu sangre o herirte, quizás; tomar tu vida, nunca. Es el más alto de los privilegios que no les pertenece a ellos —habló y extendiéndome su mano, la invitó a entrar a la alcoba que había preparado en su nombre. La habitación era exactamente todo lo que Lizzy era, ni más ni menos. Era perfecta para ella. Tenía las paredes tapizadas de un oscuro color rojo y se descubrían retazos con ladrillos detrás de la cama de caoba negra. El librero en la pared contigua a la cama, provista con todos los especímenes que el vampiro creyó, podrían llamarle la atención y, junto al amplio ventanal de cristal del que se divisaba el esplendor del valle y la laguna un poco más allá. Un confortable sillón para leer esperaba junto a un escritorio, perfectamente provisto de todas las comodidades necesarias para escribir a gusto. —¿Incluso tengo una máquina de escribir? —le sonrió ella al vampiro pasando sus dedos por las teclas de la recién engrasada máquina, conservada en perfectas condiciones. —Creí que sería un poco más apropiado para ti —se encogió de hombros—. Pero también tienes una laptop si quieres pasar de todo el rollo vintage. Era su naturalidad y calma la que se traspasaba a Lizzy en un agradecido estado de sanación total. Incluso en el peor de los instantes, él podía sanarla con una sonrisa. El vínculo entre Jensen y Elizabeth era más denso que cualquier otro lado con los otros integrantes de su comitiva, incluso que con Sammuel. Jensen amaba a Lizzy como había amado a Isabelle, su hija: sin límites. Lizzy lo quería a él como no había querido a su padre: sin rencor. —Estaré al final del pasillo si necesitas algo —se despidió él—. Becky estará en la habitación contigua y Anna y Erick están al frente, si crees que necesitas algo de compañía. Agradecía estar en el ala opuesta a Lachlan y a Helena por el momento. Incluso era bueno para ella estar lejos de la habitación vacía de Sammuel y sabía que el vampiro estaba perfectamente consciente de que sería lo mejor. —Está bien, Jen —habló Anna de pie junto a la puerta de la alcoba—. Creo que necesitamos un tiempo de chicas ahora. La sonrisa de Elizabeth salió natural al verla a ella cargada de paquetes de Cheetos picantes y dulces amargos justo como le gustaban. —No he podido hablar con mi amiga en demasiado tiempo, así que, si no quieres escuchar drama de chicos, te aconsejo que cierres la puerta —habló ella con una sonrisa en el rostro. —Gracias a Hans, entonces, por aislar los cuartos —rió el vampiro y antes de darle paso a Anna en la habitación, la tomó del brazo y en un intercambio de miradas le dejó saber que era necesario para Lizzy tener un poco de calma en aquella delicada situación. —Jensen —le llamó Elizabeth antes de que se marcharse—. Hablaremos con Alexandra en la mañana —dijo reafirmándole mi postura. —Nada de lo que digamos va a hacerla cambiar de opinión con respecto a William —intentó explicar, pero ella lo interrumpió con el fuego llaneando en la mirada. —Quizás no, pero necesitamos a un hombre lobo de nuestra parte —habló, como si todo se redujera a la estrategia y no a su urgencia de sentir a Sammuel. Él asintió y dejó a las dos chicas a solas cerrando la puerta con una gentileza que se reflejaba solo en su sonrisa. —¿Qué tan malo es? —inquirió Anna con aquella falta de sutilidad absoluta que la caracterizaba y a Lizzy le aliviaba de la vampira—. Saber la realidad de tu vínculo con Sam, ¿qué tan malo es? Anna se dejó caer sobre la cama arrugando las sábanas negras debajo de sus pies. Buscaba una respuesta con los ojos abiertos a más no poder e instaba a Lizzy contarle parte de lo que sentía. —Es todo como una jodida mierda —respondió ella haciéndose un espacio al lado y escondiendo la cabeza entre las almohadas. —No tenía ni idea de que Freyr te iba a contar lo del vínculo —se sinceró la vampira—. Ni siquiera Sam quería hacerlo. —Él lo supo todo el tiempo, ¿no es cierto? La conversación llevaba un puñado de Cheetos para que pudiera fluir como era necesario. —Es demasiado complicado, Lizzy —intentó suavizar ella dejando los paquetes de comida chatarra de lado—. ¿Cómo le explicas a una persona que, quizás, todo lo que siente no es real, sino un espejismo o un capricho de un ser sobrenatural? Un vínculo de sangre es eso: un intento de los dioses de jugar con dos enemigos naturales y forzarlos a desearse más allá de todo lo carnal. ¿Sabes por qué lo hacen? —preguntó ella y Lizzy solo pudo negar con el rostro. No lo había visto de aquella forma. —No tengo idea —respondió en una confirmación verbal que era básicamente para reconocer que estaba ajena a las realidades por las que se regía el mundo sobrenatural. —Para que puedan asesinarse mutuamente —respondió Anna—. Es un deseo que los consume a ambos, pero también es una maldición. ¿Crees que Freyr y Selene puedan estar en una misma habitación sin terminar en una pelea de consecuencias impensables? ¡Ni siquiera pudieron estar el mismo plano sin comenzar una guerra! Ese colgante que te regaló el dios es una ayuda para la contención. Freyr y Selene; tú y Sam están destinados a matarse a ustedes mismos si alguna vez llegan a Lizzy no quería escuchar. Ni siquiera quería interiorizar qué suponía estar con Sam. —Solo —intentó hablar la vampira tomándola de las manos—. Solo no permitas que ese vínculo te gane, Lizzy. Sam está luchando contra él, pero tú también necesitas alejarte de cualquier deseo que tengas por él. No te fíes del colgante de Freyr. El mundo estaba cayendo a su alrededor y ella solo quería no caer con Sammuel. Tal era el efecto que él tenía sobre ella. Anna y Lizzy no se detuvieron mucho en lo discutido en el salón. No cumplía objetivo alguno, porque ambas sabían que no podían hacer nada para detener la rueda que se cernía sobre todos ellos. Era inevitable... Como mismo lo era yo.
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