Capítulo 12: Ensoñación

2203 Palabras
Las chicas se despidieron pasada la medianoche y Anna le dedicó el resto de su atención a Erick. Para la tranquilidad de Elizabeth, ella había buscado una forma de no saber nada al respecto de lo que aquellos dos se hacían a puertas cerradas. Era una imagen no muy favorecedora para compartir con una hermana, pero se podía afirmar que los dos vampiros eran incansables e insaciables. Lizzy se propuso dormir, aunque antes se dio un baño y se hundió en un libro. Le apetecía leer Cumbres Borrascosas, pero solo llegó a abrir la primera página antes de que le golpeara la visión en la cama. En sus recuerdos, había visto que el vínculo con Sammuel la obligaba a ver lo que el chico hacía si estaba pensando en ella, y de alguna retorcida forma, su mente se trasladaba al lugar en el que él estaba. Esa noche, sin embargo, no fue así. Lizzy entraba y salía de su cabeza. Se veía a su lado por momentos, acariciando sus cabellos negros que caían sudados en su rostro, más la presencia de la chica en aquel salón no duraba más que unos pocos instantes. Había algo que la empujaba fuera de Sammuel; algo que era más que solo magia oscura. Elizabeth se quedó dormida con el libro en las manos. La luz de una noche de cuarto menguante y el reflejo del lago, se colaba por el cristal y bañaba sus fracciones, endulzando su rostro relajado. La lámpara junto a la cama soltaba un destello naranja y parecía que el fuego delineaba su silueta. Aquella vista me instaba a acariciar su rostro, pasar mis dedos por sus sonrojadas mejillas, y en mi mente sentí hacerlo, hasta que descubrí que alguien más se había adueñado de mi gesto. Había otra mano besando el rostro de Lizzy; otra mano que tampoco estaba presente en aquella habitación, pero se había apresurado a su llamado. Sammuel estaba sentado en la cama de la chica y delineaba la nariz de Lizzy mientras sonreía. Apartó las hebras negras del cabello que se escurrían hasta su perfecto rostro e intentó sentir cada rasgo de ella: las cejas, las mejillas, sus labios... Él estaba a medio kilómetro de ella. Se había empeñado en sacarla de su cabeza, temprano esa noche. Y ahora estaba allí, mientras Lizzy soñaba con él, y él la añoraba en medio de una habitación llena de parejas danzando en la sangre y la lujuria empañándolo todo. Alexandra se había empeñado en dar una fiesta en mi honor y, como lo había prometido, Sammuel estaba a su lado. El salón principal de la residencia robada estaba atestado de parejas que danzaban al compás de un violín. La vampira y el resto de mis engendros se daban un festín en algunos pobres diablos que habían llevado para la ocasión. Los humanos desnudos estaban tendidos sobre una mesa, en el jardín donde el árbol con extremidades deformes y hojas escarlata crecía a toda prisa. Los vampiros mordían la carne con tanto apremio que casi me hacían reconsiderar el no matar a todos y cada uno de ellos cuando volviera a la vida. Que básicos se habían vuelto los de mi sangre; tan estúpidos como cualquier otro animal. —¿Seguro no te apetece tomar algo más que whisky? —presionó Alexandra haciendo que la mente de Sam regresara a aquella deplorable habitación. La vampira llevaba tan poca ropa que hubiera sido mejor que simplemente se paseara desnuda por el lugar y mordisqueaba el brazo de uno de los humanos que todavía lograba mantenerse en pie. Los que morían, los tiraban bajo el árbol. Sam, en contraposición, estaba completamente vestido de n***o y solo la camisa abierta sobre el pecho y las mangas subidas hasta los codos era lo que le restaba un poco de sobriedad. —Estoy bien —habló resoplando al caer de vuelta en aquel infierno a causa de Alexandra. —No luces bien —repuso ella soltando la carne de su presa—. Luces aburrido. —Y es porque estoy aburrido —sonrió Sammuel enarcando las cejas y sonriéndole irónicamente—. De ti. De tus juegos. De esta matanza. El lobo se levantó con hastío de su asiento y se dispuso a subir a su habitación. Él podía vagar libremente por cualquier lugar de aquella mansión, más no podía poner un pie afuera, bajo amenaza de las brujas. Quizás en su cama podría volver a soñar con ver a Lizzy. —No parecías aburrido anoche —replicó la vampira, pero no esperó que Sam se volteara a ella, sonriera y ladeara la cabeza. —No lo estaba —afirmó—. Anoche tú eras la que estabas atada a mi cama en mi habitación. Hoy soy yo el que no quiere estar atado a tu silla en este salón. Otra vez en la cabeza de Sam todo lo que retumbaba era la voz que prometía muerte para todos los que habitaban bajo ese techo. Alex sonrió y lo dejó ir. Sin duda, más tarde repetiría lo que sea que le hubiera hecho la noche anterior. Taewon fue el que se apresuró a seguir a Sammuel por el pasillo que llevaba a su alcoba y el brujo, que siempre había sido tan sutil como una bomba, no perdió el tiempo para hacer notar su presencia. —No puedo dejar de notar lo mucho que me equivoqué contigo —habló el blanco y a Sam se le desencajó el rostro en una mueca de asco que duró una milésima de segundo—. Me sorprendiste cuando aceptaste un pacto de sangre con Alexandra. —¿Qué puedo decir? Un hombre tiene sus necesidades —mintió él encogiéndose de hombros, pero aun así alzándose por encima del brujo como para imponerle su estatura. Una sombra se había posado sobre el rostro de Sammuel. Parecía que el chico había crecido mucho más en dos meses que en los últimos años, y algo dentro de él se había endurecido. —Ahórrame el numerito de perro cachondo. Ambos sabemos que no eres así —sonrió Taewon y bloqueó el paso del chico a su habitación colocándose en la puerta—. Eres como dos personas completamente distintas entre sí. Está Sammuel, el insufrible; el que prefiere hacer daño primero a que lo lastimen. Que aparenta que disfruta del cuerpo de cualquiera y responde con sarcasmo, una sonrisa y un movimiento de cejas a todas las cuestiones importantes, quitándoles la seriedad o el impacto para él. Y luego está Sam, el real; el que se protege bajo esa coraza de chico malo lleno de tatuajes y cicatrices. El que se esconde en su habitación a dormir o a soñar con Elizabeth, busca constantemente los espejuelos que no tiene en su cabeza para leer, (aunque a Alex no le gusta los libros en tu habitación), y se odia a sí mismo por hacer lo que hace, sin excepción. Sammuel apretó la mandíbula y atigró los ojos. Por primera vez se sentía realmente acorralado por alguien dentro de aquella casa. —Quien iba a decir que me estarías prestando tanta atención, Kang Taewon. —Le presto atención a cualquiera que puede suponer una amenaza para mis planes —asintió el brujo. —Bien —aceptó Sam y se cruzó de brazos. Parecía que volvía a ser el chico pragmático que era en presencia de Jensen—. ¿Qué quieres de mí? El brujo blanco perdió la atención a las palabras del lobo por un momento. Algo cruzó su cabeza, pero no le dio importancia al asunto. —Cuando el momento sea correcto, voy a necesitar una cosa de ti. —No me van los chicos —sonrió Sam. Estaba intentando que Taewon pusiera sus cartas sobre la mesa antes de aceptar cualquier trato. —A mí tampoco me van los que ya están enamorados de alguien más —secundó el brujo, pero notó que nunca iba a conseguir nada de Sam si no demostraba que compartían un interés común—. Voy a necesitar que mates a Alexandra por mí. A él le brillaron los ojos verdes en un destello dorado intenso. En aquel momento no había nada que deseara más. —¿Qué obtengo a cambio? —¿Necesitas algo más que la satisfacción de matar a esa perra rabiosa? —repuso Taewon y luego añadió—. No te preocupes, nadie nos está escuchando. De hecho, nadie sabe que estoy aquí contigo ahora mismo. —Solo aceptaré si me respondes una cuestión con absoluta sinceridad. Taewon encontró su condición un poco sosa, por lo que asintió haciendo un ademán de hombros. Con lo que no contaba, sin embargo, fue que Sammuel lo lanzó contra la pared a sus espaldas y metió la mano en el pecho hasta llegar al corazón del brujo y dejó escapar un alarido de dolor que, de haberse escuchado por toda la casa, ya el lugar estuviera atestado de brujas y vampiros. Sam retorció la mano y agarró el corazón de Taewon, quien sentía como las uñas del chico crecían y se convertían en garras. Él se acercó al oído del brujo y le susurró. —¿Ya estás listo para mi pregunta? —presionó Sam—. Y trata de no mentir, brujo. Puedo oler las mentiras en los de tu clase. Mucho más si tengo tu sangre en las manos, y de hecho, tengo tu corazón. —¡¿Qué...?! ¿Qué demonios quieres...? —Alex dijo que para revivir a William no era necesario matar a Elizabeth. ¿Estaba diciendo la verdad? —preguntó el lobo. Estaba tan cerca del cuello de Taewon que sentía hasta el olor del sudor que corría por su rostro. La sangre de la herida en el pecho del brujo formaba un charco en el suelo y no había forma en la que él se arriesgara a mentir. —Es cierto. Es cierto. Solo necesito una gota... El lobo inspeccionó la cara de Taewon y retorció más su garra sobre el corazón latente del brujo. Convencido de que no había mentido, sacó la mano, degustó la sangre de sus dedos sin premura alguna y asintió. —Quiero mi libertad de este infierno —exigió Sam—. Y quiero tu palabra de que no vas a hacer nada en mi contra o en contra de ella... —Tu Elizabeth está a salvo —lo interrumpió el de los ojos avellanados intentando recuperar el aliento mientras la herida del pecho se cerraba lentamente, más al lobo no le importó y se impuso. —Quiero que me asegures, por tu diosa, que Elizabeth va a estar a salvo de todos ustedes. —Ella estará a salvo —rugió Taewon, pero al ver que Sam no estaba tan convencido, y con miedo a que fuera a intentar algo más, continuó—. Por Selene, juro que los de mi clase o los vampiros no se podrán acercar a Elizabeth. Yo mismo le pondré una protección si quieres. Sin embargo, no puedo hablar por William... —Yo me encargaré de William. Sí. Ya quisiera ver cómo lo intenta... Taewon respondió en maldiciones, aunque al final aceptó que necesitaba más la ayuda de Sammuel de lo que quería admitir, por lo que cerró el trato con el lobo y levantó el hechizo que los mantenía aislados del resto de la mansión. Sam finalmente entró a su habitación y se dispuso a darse un baño, aunque pensó en hacerlo después de terminar con Alex, quien no tardó en aparecer en la alcoba del chico para recrear con él cualquier antojo que tuviera. Ella siempre intentaba llevar las riendas, pero era casi patético ver la facilidad con la que Sammuel terminaba humillándola en la cama y plegándola para que ella hiciera lo que él ordenaba. Aún así, no se podía negar a que Alex durmiera junto a él, aunque agradecía que ella no lo tocara o pidiera que le diera algo de afecto real. Sam lograba dormirse con los primeros albores de la mañana, cuando la vampira se retiraba a su habitación, aunque aquella madrugada ni siquiera pudo hacer eso, cuando a los pocos minutos de cerrar los ojos, un grito lo hizo saltar de la cama. Bajó las escaleras, descalzo y sin camisa, y trató de ubicar el lugar de donde provino el grito de Alex. Una parte de él lo único que pedía era que no le hubiera sucedido nada a la vampira, solo para tener la satisfacción de poder matarla él, antes de caer en cuenta de que nadie podría ponerle un dedo encima en aquella mansión. La certeza de su razonamiento, sin embargo, se esfumó al entrar al jardín del yokai y ver la mueca de horror en el rostro de Alexandra y las lágrimas es Taewon. Comprendió en ese momento que, quizás, ni dentro de la fortaleza de vampiros, ellos estaban a salvo. Entre las raíces del árbol, que ahora estaba pudriéndose y escupiendo sangre por todas las ramas, una bruja estaba empalada mientras las manos blancas del árbol salían de sus entrañas. Sobre su cabeza, una corona de hojas de yokai cubría su cabello, y un cuervo le comía los ojos.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR