Había dos pensamientos dentro de la cabeza de Lizzy que eran tan cercanos como la pólvora y el fuego. El primero: él hizo lo que necesitaba para sobrevivir; el segundo: lo voy a matar.
A pesar de su descontento con las decisiones que Sam había tomado en su estancia bajo el mando de Alexandra, Elizabeth era bastante cuidadosa en no exteriorizar su cólera, que estaba en un nivel que rayaba la frustración. Jensen, por otro lado, era rencor puro.
A nadie le sentaba bien saber que evidentemente Sammuel y Alex habían compartido cama, aunque a cada uno de los chicos le molestaba por razones diferentes. La única que, si acaso, podía estar recelosa de la decisión del chico, era Helena, y a ella no podía importarle menos lo que Sammuel hacía o dejaba de hacer. Anna y Erick decidieron no opinar al respecto, aunque al hermano le Lizzy le apetecía bastante irse a los golpes con el lobo, que desde que había aparecido en la vida de la chica no había dado otra cosa que problemas. Hans era el apaciguador por excelencia y su punto de vista era el más acertado para la situación, aunque últimamente no paraba de molestar a Lizzy hasta el cansancio para que ella comprendiera lo innecesario y superficial de su molestia.
—Míralo de esta forma —le decía el brujo a Lizzy a la vez que intentaba crear un portal al vacío en medio de la sala de estudio de Jensen—, no hay posibilidad alguna que Alex pueda convencer a Sam para que comparta sus mismos intereses. Si acaso, espero que el chico la haya ganado para nosotros, pues, según lo que vi la noche del fallido revolcón entre ustedes, nuestro lobito puede dar suntuosos argumentos en la cama para convencer a cualquiera de hacer cualquier cosa —bromeó él.
El comentario de Hans le costó que Lizzy le tirara un libro en la cabeza, pero la molestia de la chica solo hizo que el brujo se carcajeara aún más fuerte.
—No tiene gracia.
—¡Por supuesto que sí! —afirmó dándose por vencidos con los portales—. Lo que no tiene gracia alguna es que ustedes estén aquí con el rostro fruncido y de brazos cruzados, mientras el pobrecito de Sammy se sacrifica...
Iba a recibir otro librazo en la cabeza, pero la voz de Helena desde la escalera del recibidor detuvo su risa y sus bromas.
—Estás pasando mucho tiempo con Lachlan otra vez, Hans —habló la pelirroja con voz estridente, como para que el príncipe la escuchara en cualquier lugar de la casa que estuviera—. Te recordaba más sobrio y con más clase que esto. Definitivamente, las bromas pesadas no son tu fuerte; déjalas para el payaso de tu novio.
Helena, como siempre, se pasaba de sincera y rozaba el límite de hiriente. El brujo dejó caer sus ojos en Elizabeth, hasta cierto punto expectante por su reacción, pero la muchacha solo parpadeó y ladeó la cabeza con una sonrisa. No le sorprendería que ellos dos ya estuvieran a punto de retomar sus andanzas.
—Ni creas la ponzoña de esa bruja —le pidió Hans a la chica—. Está agria porque hace rato no tiene con quién pelear.
La verdad era que hasta Lizzy se había dado cuenta que Helena estaba más amable que de costumbre con ella. Bueno, quizás no más amable, sino menos insufrible.
—Elizabeth, ¿vienes o no? —la llamó la bruja desde la puerta que daba al porche y por su tono no estaba haciendo una pregunta, sino dando una orden.
La chica solo atinó a mirar a Hans y pedir su aprobación en una silenciosa súplica, pues estaba tan confundida por el repentino pedido de Helena que no estaba segura si seguirla o hacer como que no había escuchado nada. Hans, asintió en un gesto exagerado y escribió en el aire con unas lengüetas de fuego que salían de sus dedos: "trata de no morir otra vez", ante lo que Lizzy rodó los ojos y salió arrastrando los pies detrás de la pelirroja.
Helena no dijo nada en todo el trayecto, solo se aseguró que Elizabeth siguiera caminando junto a ella. Ambas pasaron cerca del lago, donde la cola de pez de Lachlan brillaba en la superficie de vez en vez, y se internaron en el bosque detrás de la mansión de los Amell. Lizzy nunca había visto la casa desde aquel ángulo. Su habitación en el segundo piso estaba orientada hacia ese lugar, pero por los grandes ventanales de cristal, la chica pensó que podría ver todas las habitaciones que también estaban en esa ala. La realidad, sin embargo, era que el vidrio era un espejo, justo como los cristales escondidos de los salones de interrogación de las comisarías.
—No me esperaba eso —se sorprendió Lizzy admirando todavía la extraña construcción y luego se dio cuenta que había dejado escapar aquellas palabras en voz alta.
—No creías que íbamos a permitir que cualquiera hurgara en la casa, ¿no es cierto? —levantó una ceja Helena y Lizzy volvió a sentirse tan ingenua como siempre—. Es un hechizo, en realidad —explicó al cabo de un rato—. Ningún sonido llega al exterior y tampoco pueden ver hacia adentro. Nosotros, sin embargo, sí podemos escuchar y ver hacia afuera. Es un modo de proteger la mansión.
—Hans también aisló las habitaciones para tener algo de privacidad —recordó Lizzy.
—Sí, pero continúo creyendo que fue una pérdida de tiempo y no es la mejor estrategia —se cruzó de brazos la pelirroja.
—Es incómodo, Helena —repuso Elizabeth copiando su gesto y su postura—. ¿En serio a nadie más le molestaba tus juegos con Sammuel? Si estuviera forzada a escuchar eso...
—Al final, tú lo viste, que fue peor —arremetió la pelirroja sin darle importancia a su insinuación y levantó la mano derecha hacia la casa mientras a Lizzy se le desencajaba el rostro en una mueca de hastío.
La pelirroja cerró el puño y murmuró unas palabras incomprensibles para la chica a su lado. Luego se volteó a ella y le habló:
—Dime lo que ves y escuchas dentro de la casa.
Elizabeth no entendió lo que la bruja le pidió. Acababa de explicar que un hechizo protector evitaba que los sobrenaturales espiaran a los que vivían adentro. ¿Cómo se suponía que ella lo iba a hacer?
—¿Cómo podría hacer eso? —se encogió de hombros Elizabeth, provocándole el inicio de una migraña a Helena.
—Solo concéntrate, observa la tercera ventana a la derecha, y dime qué escuchas —pidió otra vez haciendo de tripas corazón para no dar media vuelta y dejar a Lizzy sola entre los árboles.
No había mucho que hacer, la verdad. Y Helena tampoco le había pedido algo que supusiera un esfuerzo sobrehumano. Solo tenía que intentar escuchar más allá de los sonidos del bosque en la tarde y ver quién estaba dentro de aquella habitación. Elizabeth se concentró tanto como pudo. De algún modo supo cómo relajar su mente lo suficiente como para despejar todos los ruidos y enfocarse solo en la conversación que tenía lugar allí arriba.
—Lizzy, ¿me escuchas? —preguntó Jensen, más ella no sabía de donde salía su voz—. ¿Puedes escucharme hablar? ¿Lizzy?
—Te escucho —respondió ella y vio a Helena asentir con el ceño fruncido.
Poco a poco la imagen de la habitación fue aclarándose. El vampiro surgió de entre el reflejo del bosque en el cristal y lo vio en medio de su habitación monocromática. Lizzy podía ver todas las habitaciones de la casa y dónde estaban cada uno de sus habitantes: Hans continuaba en el estudio, Erick registraba una de las neveras del ático en busca de dos bolsas de plasma mientras Anna estaba meditando (o algo parecido) en el piso de su habitación; Lachlan, por otro lado, subía las escaleras hacia su alcoba aún envuelto en una toalla empapada.
—¿Dónde está Becky? —preguntó Lizzy al no sentirla en la mansión.
—Búscala —la retó Helena y ella lo hizo.
Registró cada centímetro de la casa con sus ojos, pero sentía que de alguna forma no era suficiente, así que aguzó sus oídos. Escuchó la voz de su tía pidiendo por dos docenas de huevos y algunos vegetales para añadir a su compra, y un chico que pasaba los productos por una caja registradora.
—Está en el supermercado —se asombró Lizzy abriendo los ojos de par en par—. Becky está a un kilómetro de aquí; en Leevers Food.
La sonrisa de Helena sorprendió más a Lizzy que conocer su nueva habilidad.
—Buen trabajo —asintió Jensen desde su alcoba.
—¿Cómo...?
—Nos imaginamos que tenías más habilidades que solo ser inmune a todos los autos que Lachlan pueda lanzarte por despecho —explicó Helena y Lizzy escuchó a Hans reírse dentro del estudio—. Necesitamos saber qué más puedes hacer.
—¿Y tú vas a enseñarme?
Helena frunció el ceño. Definitivamente no había sido la primera voluntaria ni mucho menos. Conociendo a Jensen como lo hacía, Lizzy sabía que el vampiro había presionado a la bruja a ayudarla muy en contra de su voluntad y la confirmación de su sospecha vino cuando la pelirroja explicó el porqué de su compañía
—Yo tampoco quiero esto, Elizabeth, pero se supone que soy la que más conoce los antiguos poderes de mi hermana, así que debo guiarte para que controles lo que sea que te haya otorgado Persephone.