Era como si Elizabeth tuviera sangre en la boca y la estuviera degustando. Aún así, no disfrutaba el sabor, cómo se suponía que un vampiro debía hacer, sino que las arcadas amenazaban con comenzar cuando Lizzy se puso de pie y se tambaleó hasta el patio.
—Vámonos de aquí —ordenó Anna y entre ella y Katherine se dispusieron a llevar a la chica al baño que estaba afuera del comedor central.
Dylan, el antiguo amigo y compañero de equipo de Erick, entró a la cafetería justo cuando ellos iban de salida y el hedor pareció acrecentarse incluso más. Él iba acompañado de una joven y otro muchacho. Los tres estaban con semblantes enojados y en ningún momento dirigieron su mirada hacia Lizzy y su grupo, lo cual le extrañó un poco, porque el chico siempre había sido muy cercano a ella a pesar de todo el drama que siempre parecía existir entre Kate y él. El muchacho de los amables ojos verdes solo le dirigió una recia mirada por encima de su hombro a Erick y en ese solo gesto, el hermano de Lizzy pareció comprenderlo todo. Su poder después de todo era ese: prever futuros completamente seguros.
—¡Es él, Anna! —sentenció Erick haciendo que Katherine se aferrara al brazo de la chica escuchar la acusación de su hermano.
—¿Dylan? —inquirió Katherine, pero Anna le tapó la boca para que no siguiera hablando.
—¡Afuera! —balbuceó ella con el rostro tenso—. ¡Ahora!
Prácticamente a rastras, los chicos llevaron a Lizzy hasta el auto de Erick donde entraros, cerraron las puertas y subieron la radio a más no poder. El ruido, se suponía, alejaría los oídos de cualquier ser sobrenatural que intentara escuchar la conversación que tendría lugar en el carro.
—¡¿Qué diablos?! —exclamó Katherine, quien estaba tan ajena a la realidad como mismo lo estaba Lizzy.
Oliendo el frasco aromático de lavanda que estaba pegado al sistema de aire acondicionado del carro, la chica logró al fin desechar el hedor a sangre de la nariz y recuperar un poco sus colores.
—¡¿Qué sucedió con Dylan?! —le preguntó Kat a Erick con un enojo claramente palpable.
—Lo que Elizabeth olió allí adentro fue sangre humana —respondió Anna haciendo que la chica rubia comenzara a sacar conclusiones apresuradas—. Supongo que ahora también tus sentidos se han agudizado como parte de este nuevo set de habilidades otorgadas por Persephone— continuó volteándose a Lizzy, que no sabía si tomar aquello como un regalo o un repulsivo castigo.
—Tienes que soportar el olor, Lizzy —asintió Erick pasando sus manos por la espalda de su hermana para ayudar a tranquilizarla.
—Estamos en un instituto lleno de jugadores de fútbol americano que literalmente se rompen hasta huesos en la cancha en cada entrenamiento —intentó restarle importancia al asunto Katherine.
—No, Kat —negó Erick. Era demasiada sangre. No era solo de una herida, sino de una persona desangrada.
La revelación obligó a Lizzy a sufrir arcadas otra vez al imaginar que su olfato sería sensible a tal cosa.
—¿Qué quieres decir? —la sola insinuación de Erick hizo que la rubia se estremeciera en el lugar—. ¿Qué Dylan es un vampiro ahora? ¿Qué Alex o Sienna lo convirtieron en un en uno de ustedes?
La chica se abstuvo de decir la palabra que verdaderamente estaba pensando, pero aún así sabíamos que monstruo iba perfecto en su discurso.
—No. Dylan no era igual a Anna o a Erick —habló Elizabeth intentando asignarle un recuerdo a aquello que su nariz había captado en el comedor—. Era algo más que no recuerdo haber olido en mi vida.
—Olía a hombre lobo, Elizabeth —aclaró Anna haciendo que un sudor frío subiera por su espalda tan pronto pronunció aquellas palabras.
No esperaron a que terminara la jornada de clases. Solo se marcharon en medio del almuerzo y Erick no puso un pie en los frenos hasta llegar a la mansión Amell, donde se encontraron con Hans pegado a un grimorio en el despacho de Jensen. A Lizzy le llamaba la atención que, de todos los visitantes e inquilinos permanentes de aquella casa, el brujo era el único que no tenía ninguna inclinación por beber whisky.
Erick le explicó a Hans todo lo ocurrido en el comedor del instituto, pero solo con rememorar el olor, Lizzy sintió mostrarse otra vez.
—Necesito alcohol —se apresuró a decir la chica tan pronto entró en el salón y vacío el fondo de una botella en un vaso de cristal.
Ya entendía el aprecio de los vampiros, Sam y Lach por aquel whisky. Hacía que se evaporara de su paladar el sabor a sangre.
—Y yo necesito unas vacaciones —repuso Hans quitándole el vaso a Lizzy de las manos y tomando un sorbo.
No hizo ninguna mueca, pero ella pudo notar que no apreciaba el sabor.
—¿Y ustedes conocen a los chicos que estaban junto a Dylan o ambos son nuevos? —preguntó el brujo con impaciencia.
—No son nuevos —negó Kat—. A ella yo la he visto.
—La chica está en nuestra clase de francés. Creo que se llama Crystal Sí, Crystal Kane, o algo —afirmó Lizzy tratando de recordar el rostro de aquella muchacha.
La garganta le ardía por la bebida y decidió dejarla a un lado
Crystal se notaba muy poco en las clases, pero la conocían desde el año anterior. Era más bien retraída y de pocas palabras, aunque siempre estaba atenta y obtenía excelentes resultados en casi todos los exámenes. La nueva amiga de Dylan era muy poco popular en el instituto, pero conocida entre todos por ser una de las sobrinas de la gobernadora de la ciudad. Era de una belleza sencilla y espontánea, de cabello y ojos igualmente castaños que siempre se mantenía al margen de todos los eventos sociales.
Al otro chico también lo reconocieron como alguien a quien habían visto en los pasillos del instituto en repetidas ocasiones. Aunque estaba en último año como Anna y Elizabeth, no concordaba con su horario ni siquiera en una clase. Su programa era solamente de ciencias aplicadas y según sus clases avanzadas, era uno de los mejores estudiantes de la escuela y el más propenso a ganar la beca completa que ofreciera cualquier universidad prestigiosa en este pueblucho.
—Es Aiden —aclaró Erick haciendo un esfuerzo sobrehumano para recordar el nombre del chico—. Aiden Smith y ha estudiado con nosotros desde el primer año.
Él también era uno de los poco populares e incapaces de pertenecer al reducido grupo de chicos estrella de aquella escuela. ¿Qué más daba que fuera de cabello castaño y ojos negros? Un Adonis que solo era bueno en experimentos de química no era suficiente para los adolescentes en ningún lugar en la historia de los superficiales institutos. Ser inteligente y práctico no se incluía dentro de la definición de atleta de los jugadores de fútbol de aquella escuela, con la excepción de Dylan, por supuesto.
—¿Solo oliste sangre, Lizzy? —preguntó Hans ofreciéndole un té herbal, pues todavía tenía el estómago revuelto.
Ya ella ni siquiera sabía lo que había olido.
—Apestaba allí adentro —afirmó Erick sorbiendo una bolsa de plasma sanguíneo a modo de aperitivo—. Olía justo como a Sam.
—¿Qué? —se extrañó Elizabeth al escuchar la comparación de su hermano. No había estado particularmente cerca del chico como para centrarme tanto en su aroma, pero definitivamente en su cabeza, no olía como Sammuel en lo absoluto—. No olía como él para nada.
Kat también negó con la cabeza, pero Erick y Anna mantuvieron su posición.
—Elizabeth, tú no puedes reconocer su olor porque todavía eres humana a pesar de tus recién descubiertas habilidades, pero así es como los vampiros huelen a todos los hombres lobo: como perro mojado —aclaró Anna haciendo estresar el punto de que, en efecto, ella no era del todo una sobrenatural como los otros lo eran.
—Pero esto sería de locos —se atrevió a hablar Kat—. Por lo que sé, los hombres lobo no pueden ser transformados como los vampiros, sino que tienen que descender de la línea de sangre de los Van der Berg, y para convertirse, deben matar a alguien siendo aún humanos.
—La línea de Edvard es demasiado extensa, Katherine —explicó Hans—. Tiene miles de años y aunque es cierto que muchos de sus descendientes nunca despiertan la maldición en su vida, no es nada descabellado que existan cientos de miles de hombres lobo caminando justo debajo de nuestras narices. Hubo un tiempo donde realmente llegaron a hacerlo.
No era imposible, después de todo y Lizzy tenía una corazonada que le decía que Aiden, Crystal y Dylan nunca habían sido tan cercanos entre los tres. La razón de su recién forjada amistad era un asunto turbio y si, efectivamente y como Katherine les había dicho antes, Christian no se había marchado de la ciudad, cabía la opción de que él estuviera utilizando a esos muchachos para llegar a ella o consolidar una manada donde él pudiera ser el Alfa.
Era bastante lógico pero no estaban del todo seguros, así que decidieron buscar más pruebas para poder consolidar su suposición antes de condenar al pobre de Dylan, que parecía haber quedado atrapado en medio de fuego cruzado, como la propia Katherine.
Jensen y Helena llegaron a la mansión en un apresurado andar. Los chicos los escucharon entrar en la casa gracias a un terrible portazo que dejó detrás el vampiro, mientras la diosa caída marcaba sus pasos con cautela detrás del insultado rubio, que fue directo al su despacho sin siquiera mirarles a la cara a los que esperaban allí dentro.
Por la calma con la que Helena se fue a la cocina y sacó una botella de burbon de las alacenas, supe que la molestia de Jensen era meramente personal.
—¿Qué sucedió? —se apresuró Elizabeth a interrogar a la pelirroja al ver el sumo estado de agitación con el que estaba el vampiro.
El resto de la comitiva siguió sus pasos y también esperó por una respuesta de parte de la bruja. Incluso Lachlan, quien había estado en el lago hasta la llegada de Jen y Helena, se adentró en la cocina por la puerta trasera para escuchar la explicación de la mujer con respecto al comportamiento del vampiro, quien caminaba de un lado a otro de su despacho. Ni siquiera Becky se atrevía a entrar y molestarlo en su visible rabieta.
—¿Está bien Sam? —preguntó Anna y aunque aquella cuestión había sido la primera que se le había pasado por la cabeza a Lizzy, sabía que de haber sucedido algo con Sammuel, la pelirroja no estaría tan calmada.
—Apuesto a que él está bien —habló Lachlan con algo de desdén desde la puerta, informando a todos de su presencia en la habitación—. ¿No es así, Helena?
—Está más que bien, si me preguntas a mí —sonrió la bruja levantando el vaso en el aire en un brindis hacia Elizabeth—. Supo jugar sus cartas de la forma más inteligente posible. Y nosotros le enseñamos eso. ¿Cómo pudiéramos juzgarlo?
Al escuchar aquellas palabras, Anna terminó cubriendo su rostro y balbuceando todo tipo de maldiciones contra aquellos dos.
—¿Qué se supone que debe significar eso? —quiso preguntarle Lizzy a Anna, pero la chica dudó acerca de responder la pregunta o no.
—Yo te explicaré lo que es —se ofreció Lachlan con una sonrisa torcida sobre su rostro, mientras sus ojos brillaban de la forma más perversa posible.
—Por supuesto que lo harás tú —le interrumpió Anna queriendo disminuir su segundo de fama—. Estás muriendo por decirle algo como esto desde el primer momento en el que te diste cuenta que Sam y Lizzy estaban vinculados.
Katherine, Erick y Elizabeth estaban tan ajenos a la conversación que solo podían alternar la mirada entre los que discutían sin notar que ellos no entendíamos ni una palabra de lo que hablaban.
Hans fue directo a calmar a Jensen, pero antes de que el brujo llegara al despacho del vampiro, el rubio se adentró en la cocina donde todos se sumieron en un silencio sepulcral.
—¿Qué diablos sucede? —preguntó Lizzy hastiada del secretismo.
—Sammuel hizo un pacto de sangre con Alexandra —confesó el Amell.
—Y creo que no es necesario explicar lo que le pidió la perra de Alexandra, si entienden lo que digo —intentó aclarar Helena en un comentario que hizo que Jensen se pasara la lengua por los dientes para intentar conservar la calma.
—Realmente, yo no entiendo ni una palabra de lo que eso significa —se encogió de hombros Erick, canalizando a la perfección lo que sentían el resto de los que eran completamente nuevos al mundo sobrenatural.
Helena puso el vaso sobre la mesa de centro de la cocina mientras Lachlan volvía a enervar su sonrisa triunfante.
—Alexandra le juró a Sammuel que no iría tras de ti, incluso si sobrevives a William en un pacto de sangre —esclareció Jensen.
—Y es algo extremadamente retorcido por —presionó Katherine que no comprendía la relevancia del asunto como para alterar tanto al vampiro.
—Cuando un vampiro y un cambia formas hacen un pacto de sangre, significa que el que lo solicita bebe la sangre del otro y ambos están obligados a cumplir sus respectivas partes del trato acordado. De no hacerlo, el más fuerte de los dos, (que siempre es el cambia formas), irá tras el vampiro sin descanso hasta matarlo. La sangre que se ofreció para sellar el pacto asegura que el hombre lobo nunca perderá el aroma y el rastro del vampiro —explicaba Hans, quien era por mucho, el único nexo que siempre desenredaba los conflictos que se escapaban del entendimiento de los nuevos.
—¿Eso significa que Sam se sacrificó de alguna forma para asegurar el bienestar de Elizabeth? —infirió Erick intentando darle forma a aquel dilema que carecía de pies y cabeza.
—¡Oh, sí! —exclamó Lachlan divertido—. ¡Te aseguro que se está sacrificando en un calvario eterno todas las noches!
El vaso de cristal de Jensen le picó cerca de rostro al príncipe de los profundos, cuando el vampiro lo tiró contra la pared a su lado al escucharlo hablar, haciéndose añicos al instante.
—Sigue hablando, Lachlan —le amenazó el Amell sin levantar la voz siquiera y el rostro del moreno se endureció como retando al vampiro.
—¿O qué? —lo encaró el de los tatuajes en el cuello con la mala saña reflejándose en sus ojos.
—Creo que ya es suficiente —habló Anna intentando aportar algo de cordura a aquella escena que terminaría de la peor manera si los dos no se daban un poco de espacio.
Becky y Anna se llevaron a Jensen a su despacho mientras que Lachlan se marchó junto a Hans con la promesa de que hablaría con Lizzy más tarde.
—Te aseguro que sigues sin entender una mierda —sonrió Helena alcanzándole un vaso repleto de burbon a la chica y esperando por ella para darse un trago.
—La realidad es que no me afecta al ego tanto como a estos dos —dijo Lizzy aceptando su invitación y brindando a la salud de quien sea estuviera en su mente.
Ella sonrió y se mordió los labios. Sabía que la chica lo había entendido todo a la perfección y estaba mordiéndose los labios de la rabia. ¿Rabia o celos, Lizzy?
—Sam se acostó con Alexandra para que tú logres sobrevivir, y conociéndolo a él como lo conozco, te aseguro que esa perra no lo dejará escapar en largo rato, Elizabeth.