Capítulo 16: Ojos Color de Fuego

1987 Palabras
—Yo tampoco quiero esto, Elizabeth, pero se supone que soy la que más conoce los antiguos poderes de mi hermana, así que debo guiarte para que controles lo que sea que te haya otorgado Persephone. —Soy Elizabeth, reencarnación de Artemis, pero no soy tu hermana —sonrió la chica estrechando los ojos—. Tu lógica me pierde a veces, Helena. La pelirroja amenazaba con perder los papeles e incluso Hans lo notaba desde su asiento junto al fuego. En cualquier otra situación, la bruja hubiera abandonado la tarea que Jensen le había dado porque no tenía tanta paciencia para soportar a Elizabeth, sin embargo, aquella vez, ella solo posó sus ojos sobre el rostro de Lizzy y examinó cada uno de sus rasgos como absorbiéndolo todo. —No eres mi hermana —dijo finalmente con el entrecejo fruncido, pero dolor en su voz—. Luces como ella, hablas como ella, pero nunca serás mi hermana. —¿Podemos al menos ser aliadas, Helena? A la pelirroja le dolió aquel nombre. Por un momento Lizzy creyó que quería que la llamara por su verdadero nombre: Hécate; pero ella dudó en hacerlo. —Quizás aliadas —sonrió la bruja—. Ahora enséñame tus manos —ordenó y Lizzy obedeció al momento—. Idealmente, hay mucho más que puedes hacer. Tú estabas ligada a la tierra, las plantas, los animales. —¿Y tú? —interrumpió Lizzy. Elizabeth notó que nunca se había preocupado lo suficiente como para averiguar qué era en realidad Hécate. La bruja pareció agradecérselo y levantó la mano en dirección a una de las habitaciones de la casa. Un aullido de dolor retumbó en los oídos de la pelinegra y descubrió a Lachlan saliendo de la ducha con el cuerpo humeante y lo que parecían ser quemaduras que se sanaron al instante sobre su piel. —¡Puta perra de mierd....! Helena sonrió y cerró el puño, haciendo oídos sordos a todo lo que él pudo haber gritado después. —Seguro que puedes hacer más que solo freír sardinas —rió Hans y Lizzy casi podía oír a Lachlan gritando más improperios contra el brujo. —Yo era la diosa del fuego y reinaba sobre la mente de los humanos —sonrió Helena con nostalgia—. Selene dominaba el agua y las emociones. Tú; la tierra y todos los animales y plantas en ella. Cuando caí, mantuve todos mis poderes celestes. La habilidad de hacer portales fue lo primero que se agotó. Tuve que escribir las palabras para invocar cada uno de los hechizos y hacer los grimorio para contenerlos todos. Mi mente no podía mantener el ritmo, y mi cuerpo, mucho menos. Lizzy escuchaba a la pelirroja con cautela de que su rostro no la traicionara y le mostrara la profunda lástima que sentía por ella en aquellos momentos. Helena era orgullosa y no permitiría que nadie sintiera por ella algo menos que absoluto respeto o desprecio. La compasión nunca sería una opción para ella. —Leí en uno de los diarios de Jensen que te estabas debilitando cerca del momento en el que encontraron a Anna —recordó la pelinegra—. Supongo que era uno de tus poderes más importantes. La bruja rió y se encogió de hombros. —De seguro es el que más necesitamos ahora mismo —bromeó—. También solía ser muy capaz controlando las mentes humanas. Me costó un tiempo averiguar cómo hacerlo desde la Tierra y comprendí que aquí todo es diferente. Desde el plano celestial no tenemos que esforzarnos. Aquí solo podemos llegar a un humano a través de su piel. Tocar a la persona es importante para nosotros. —¿Por eso ayudaste a Sam? Sammuel era un punto débil para Helena, por mucho que ella se negara a admitirlo. Lizzy lo vio en sus ojos, algo más que un vínculo carnal había entre ellos. Si acaso, avistó un agradecimiento. —Sammy no era humano cuando llegó a nosotros —explicó la pelirroja—. Tenía 14 años, vivía en una jaula y le impedían regresar a su forma regular, mientras lo alimentaban de restos humanos. ¿Sabes que pasó cuatro meses encerrado en el ático de Jensen, atado de pies y manos? Ni siquiera él podía entrar en su cabeza porque era un animal salvaje a todos los efectos. Elizabeth no quería escuchar aquella parte de la vida de Sam. Le dejaba un sabor amargo en la boca y no podía lidiar con el dolor que le provocaba remover su pasado, como si a causa del extraño vínculo que los unía, podía experimentar cada uno de los miedos y dolores que el chico había sufrido durante aquellos años. —Eventualmente, Anna y Lachlan intentaron acercarse a él, pero yo le mantuve alejada todo lo que pude. Sabía que no tenía nada que hacer con un hombre lobo en aquel estado —continuó—. Juraría que Lachlan y él se fueron a los golpes todos y cada uno de los días que pasaban juntos. Con Anna también fue igual. Era su forma de liberar energía en esos días; ahora medita y eso —rodó los ojos en blanco—. Jensen solo iba y hablaba con él. Se sentaba al frente de ese animal y le contaba todo lo que había vivido; cada cosa maravillosa o dolorosa que había visto; cada libro que había leído. "Poco a poco, él comenzó a reaccionar. Sabía hablar y recordaba como leer al menos, aunque ese negó a comer comida cocinada en largo tiempo. Dormía en el suelo, entre abrigos de piel que Anna le dió de su ropero y pasaba más tiempo convertido en lobo que en humano, pero había un avance. Solo quería leer los libros que Jensen le dejaba y se autoconvenció de convertirse solo en luna llena. La realidad es que muchos de los lobos odian la conversión porque es extremadamente dolorosa. Para él, no representa nada. Lizzy recordaba la primera conversión que vivió vinculada a Sammuel. Lachlan tuvo que contenerla entre sus brazos y terminó desmayada a causa de la agonía que se apoderó de ella. Si aquello era algo rutinario para Sam, no quería saber qué tan alto era su umbral de dolor. —Para ese tiempo, yo comencé a interactuar con él —continuó Helena—. Mi trabajo era hacer de Sam una persona otra vez y fue jodidamente difícil. Me tomó años bloquear todo el trauma de su cabeza, pero comprendí que él era extremadamente fuerte. Sammuel no es un Omega, no es un Lobo Solitario; es algo más, pero aún no sé qué, aunque desde que lo conocí supe que estaba destinado a grandes cosas. —¿Alguna vez llegaste a amarlo? —la pregunta de Lizzy fue directo a remover algo en la bruja. —Hubo un tiempo, pero lo hice olvidar —se sinceró ella—. Hace par de años atrás, quizás. Estuvo con alguien y terminó a punto de despedazar a la chica, así que entró otra vez en un pánico total. No quería sentir nada ni estar cerca de nadie, así que lo ayudé a ver que él podía mantener cualquier situación bajo control en todo momento. Antes de que supiera lo que hacía, ya estábamos juntos. Me desligué emocionalmente de él cuando ví que él me estaba haciendo lo que yo siempre hacía con los otros. —¿Manipular a cualquiera y obligarse a no sentir nada? —arremetió Elizabeth. —Fue por su propio bien, Lizzy —respondió Helena y era la primera vez que llamaba a la chica de aquella forma, con algo de cariño, pero con algo de dolor también—. Yo lo obligué a ser así. Lachlan lo enseñó a separar lo que quería de lo que podía tener. De Anna vio que podía reprimir ese deseo de sangre que siempre es más fuerte que todo lo demás. "Puede que Jensen ahora esté dolido con lo bizarro de la situación, pero todos lo hicimos así. Él solo tiene 19 años y nosotros, siglos. Tú y Erick tienen 18 y están aprendiendo a olvidarse de ser humanos. Había pesar, dolor, incluso ira, en sus palabras. Más que todo, sin embargo, había cansancio. Lo que sentía Helena era un hastío general con lo torcida que se había vuelto su vida entre los mortales y como todos alrededor de ella habían sido corrompidos por la mano sobrenatural, arruinando cualquier posibilidad de encontrar un ápice de la felicidad que merecían. —¿Y qué hay de ti? —inquirió Lizzy, que comprendía como Helena veía el mundo y, por primera vez, pudo ponerse en su lugar. —Creo que eventualmente, mi destino es convertirme en humana. Envejecer y morir como el resto —rió la pelirroja—. Vaya broma de mierda. Todos a mi alrededor quieren vivir como humanos y no pueden. Sin embargo, tal opción solo me es posible a mí. —Pero Freyr... —Los Vanir están protegidos por Shesmu; otro de nuestros dioses. Mientras él esté en Equior, Freyr y Freyja continuarán con todos sus poderes intactos. —Pero no pueden salir —se aclaró Lizzy recordando que Freyja había dicho que no podían acompañarlos a Valley City. —Pueden hacerlo, por un día o dos, quizás, aunque se arriesgan a que el Alfather los encuentre o a perder todos sus poderes y consumirse —se encogió de hombros la pelirroja. —Yo te llevaré a Equior —habló súbitamente Lizzy—. Te mantendré a salvo a ti y a Hans cuando todo esto termine. No deberías perder tus poderes, Helena. Si no quieres vivir como una humana, no deberías hacerlo. Quizás puedas ser un poco egoísta en ese aspecto. Creo que después de todo lo que has hecho por nosotros, lo mereces. Helena volteó el rostro hacia Elizabeth y ella vio como sus ojos centellearan en rojo. La pregunta que se levantaba en su mirada era "¿Realmente harías eso por mí?", como si la bruja no supiera que Lizzy haría todo por proteger a los que estaban a su lado. —No eres nada como mi hermana, Elizabeth —repitió Helena, más, esta vez, la pelinegra comprendió que no había reproche en la voz de la bruja, sino alivio. Después de todo, había sido Artemis quien había asesinado a Hécate—. Y ahora haz lo que te digo y enséñame tus manos de una vez. Lizzy volvió sus palmas a la diosa caída y ella las tomó entre sus manos. Introdujeron los dedos en la tierra y Elizabeth se sintió viva por primera vez desde que había despertado en Noruega. Era como si todo el bosque le besara las manos; como si sintiera cada ardilla trepando los troncos, cada rama moverse al compás del viento y el aleteo de los pájaros más allá del horizonte. Cuervos. Siempre cuervos. —Ahora, comencemos por algo sencillo —asintió Helena y el tono maternal se le escapó casi sin querer—. Intenta hacer brotar una planta en cualquier lugar de este espacio. Solo con que germine será suficiente. Lizzy lo intentó. Justo como lo había hecho la primera vez al poner toda su atención en los oídos, puso todo lo que llevaba dentro de ella en las manos. Se imaginó un bosque aullando en la noche, pues creyó que si visualizan un árbol naciendo desde la semilla y adentrándose en años con cada vuelta de los anillos de su tronco. Solo se detuvo cuando escuchó el grito de Anna y abrió los ojos, divisando que un sauce completamente maduro se había abierto paso a través de la mansión de los Amell y unos cuervos bajaban a posarse sobre sus ramas más altas. —Quizás —murmuró Helena abismada por el poder que rebosaba dentro de Lizzy—. Quizás deberíamos comenzar con cosas un poco más pequeñas...
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