Erick estaba cruzado de brazos frente a la puerta del baño de la habitación que compartía con Anna. Elizabeth estaba acostada en su cama, en diagonal y con la cabeza colgando del borde.
—¿Puedes dejar de mirarme como si fuera un fenómeno de circo? —preguntó la chica cubriéndose el rostro con las manos.
—¿Puedes dejar de hacer crecer árboles en medio de mi alcoba? —exigió Erick.
El enorme árbol que Lizzy había creado, salía del medio del descanso de la escalera y había destrozado todo el cuarto de su hermano y su novia. Hans y Helena habían hecho lo posible por hacer regresar todo a la normalidad luego del desastre causado por Lizzy, aunque al final dependió de ella encoger el árbol hasta dejarlo en un tamaño más o menos aceptable.
Hans le explicó que nunca iba a poder hacer desaparecer lo que había creado, así que le pidió que no se esforzara por destruirlo, sino solo por ajustarlo. Jensen opinó que la escalera se veía un poco más animada con el mini-sauce, aunque solo fue para que la chica no se sintiera aún peor por lo que había hecho.
—No fue a propósito... —intentó excusarse Lizzy.
Tampoco era que hubiera causado un daño irreparable, pues Hans y Helena regresaron todo a su lugar tan rápido como ella encogió el árbol y dejaron las habitaciones destruidas como nuevas.
—Ni gastes tus fuerzas, Lizzy —se encogió de hombros Anna que estaba en la misma posición que la chica, pero en sentido contrario—. El problema de Erick no es por el destrozo de la alcoba.
—Erick está justo aquí y puede escucharte hablar —respondió él con un exagerado sarcasmo.
—¿Cuál es tu problema entonces? —se levantó Lizzy.
A Erick le costó aceptarlo, pero no había nada que se escapara de Anna, así que supuso que la chica no había pasado por alto la ansiedad que parecía consumir a su novio cada vez que posaba sus ojos sobre Elizabeth. Al final, no había otra cosa que hacer que ir de frente con su hermana.
—Estoy preocupado por ti, Lizzy.
Anna salió de la cama y caminó hacia el otro lado de la habitación. Quizás, pensó en salir, pero la mirada de Erick le pidió que no lo hiciera. Ella asintió en un gesto y cerró la puerta.
—¿Por mí?
—Por lo que te haya sucedido dentro de ese infierno —explicó el chico y el rostro de Lizzy se ensombreció por el recuerdo del beso de Persephone—. No me tomes a mal. No tienes la menor idea de cómo estaba yo en aquellos días.
Elizabeth a veces olvidaba que ella y su hermano con frecuencia sentían el dolor del otro como propio. Por primera vez, se permitió pensar que su madre también había muerto en un accidente de tránsito y el horrible estrés que había acompañado a Erick los años posteriores.
—Lo sé —se apresuró ella a tomar las manos de su hermano—. Pero ya todo eso pasó, Erick.
—¿Eso crees? —el chico volvió las manos y atrapó las de Lizzy en su lugar—. Estos nuevos poderes no se sienten bien para ti. Hay algo más que solo eso, y lo puedo sentir por las noches.
Lizzy sentía algo diferente en ella todo el tiempo, desde que había despertado, más se abstuvo de confesárselo a su hermano.
—Es solo... —intentó justificarse, pero ninguna palabra de alivio salió de su boca.
Anna fue encargada de tranquilizarla a Erick con el toque de su mano en el hombro del chico.
—Es entendible, Lizzy —habló ella—. En estos últimos tiempos ha sido una sorpresa desagradable atrás de otra.
Elizabeth solo asintió y su pensamiento fue directamente al más reciente problema que se cernía sobre ellos: ¿bajo la influencia de quién estaban Dylan y sus nuevos amigos?
—Quizás ambos necesitan enfocar sus mentes en algo diferente para variar —les aconsejó Anna a los dos hermanos—. ¿Pudiéramos darnos el lujo por un día de tener preocupaciones normales?
Erick se disponía a regresar a las pinturas que esperaban inconclusas frente a la ventana de cristal.
—Creo que lo que Lizzy menos necesita en este momento es pensar en dramas adolescentes. Su ex está en una etapa de celos tóxicos y con ganas de tener sexo con alguien más y su casi-algo-nunca-nada, Sammuel, está muy ocupado dándole sus atenciones a su archienemiga jurada —bromeó Erick mientras Lizzy volteaba los ojos en blanco y se dejaba caer sobre la cama otra vez.
Erick estaba receloso de la reacción de su hermana hasta cierto punto. No le cabía en la cabeza que ella pudiera estar tan tranquila luego de que Hans le hubo explicado lo que el lobo había hecho para conseguir ese perdón sobre su vida. La realidad era que, por muy molesta o herida que pudiera estar, Sam no era suyo para reclamarlo en ningún modo.
—No estoy de acuerdo con lo que él hizo, Erick —lo aseguró mientras lo observaba enfrascado en uno de sus dibujos. Pero no me corresponde estar incómoda por nada.
Si solo Erick supiera que se estaba recomiendo por dentro con tan solo imaginar a aquella mujer con sus manos sobre él... Por primera vez estaba agradecida de que las brujas lo hubieran aislado a él de su mente, pues Elizabeth no soportaba siquiera imaginarlo, así que mucho menos podría verlo cumplir su parte de aquel retorcido trato con ella.
—No necesitas fingir conmigo, Lizzy —sonrió el vampiro—. Te conozco demasiado.
Era cierto. Ella emulsionaba por dentro cada vez que recordaba a Sammuel, pero no se permitiría a sí misma exteriorizar aquel enfado que estaba, en última instancia, causado por sus propios celos y su reprimido deseo de poder estar con Sammuel.
—Anna tiene razón —se apresuró a cambiar el tema Lizzy cuando vio a Anna riendo a espaldas de Erick—. Necesitamos una fiesta, con bastante alcohol de por medio.
—Una noche de chicas al seguro —sugirió la pelinegra mientras jugueteaba con unos de los pinceles de Erick—. A mí no me importaría en lo absoluto alejar un rato mi mente de todo este drama.
—¿Y tiene que ser solo de chicas? —prácticamente rogó el chico con sus enormes ojos de cachorro—. Entiendo que Lach y Jensen no son buena compañía ahora mismo, pero ni Hans ni yo hemos hecho nada agravar este lío. No tenemos culpa. Helena es harina de otro costal...
En el momento, Lizzy no respondió a la petición de Erick, pero sus palabras le dieron una idea que podría utilizar como ventaja. La chica se quedó pensando en cómo aprovechar mejor la noche, tanto para divertirse, como para resolver los problemas relacionados con las nuevas sospechas acerca de Aiden y Crystal.
Si preparaban una fiesta de chicas, solo podría invitar a Crystal, suponiendo que la chica no fuera recelosa con el súbito interés de Anna y Lizzy por ella. Además, no tendrían certeza sobre la verdadera naturaleza de Dylan y Aiden. Si hacían una reunión pequeña donde solo ellos fueran los invitados, sería muy obvio el nuevo interés sobre sus personas. Por otra parte, si habilitan una fiesta donde todos los alumnos de último año estuviesen presentes, sería la coartada perfecta para saber el juego de esos tres finalmente.
—Elizabeth, ¿tú qué opinas? —preguntó Anna señalando graciosamente a los pucheros que intentaba hacer Erick.
—Creo que lo mejor sería hacer una fiesta con los chicos de último año en los próximos días —sugirió ella como si no fuera un gran problema—. Piénsenlo. Puede hacerse aquí sin ninguna dificultad. Esta mansión es lo bastante grande como para todo el mundo, y está lo suficientemente alejada del pueblo, así que dudo que la policía llegue a intervenir —propuso con una doble intención que ninguno de los dos pudo avistar.
—¡Y ha hablado la chica de California! —rió Erick recordando que, en sus días pasados, Elizabeth había disfrutado de su buena cantidad de fiestas de instituto.
A Katherine le encantó la idea tan pronto se lo dijeron al día siguiente en la escuela, y para el fin de esa tarde, ya Anna había hablado con Jensen acerca de la fiesta y este había aceptado marcharse a Bismarck junto a Becky sin muchas objeciones. Lo único que faltaba era invitar a los muchachos y el principal ayudante en esa parte del proceso de la creación de la fiesta era Erick, el cual estaba considerado en el instituto como el chico popular perfecto.
—Todo listo para esta noche. La fiesta comienza a las nueve y se termina cuando no quede nadie en la casa. Será el viernes más inolvidable de este pueblo —dijo Erick sentándose con Kat, Anna y Lizzy en la mesa en el comedor a la hora del almuerzo.
—Perfecto —sonrió su hermana entusiasmada, aunque estrechando los ojos con cierto brillo malicioso en ellos.
—Nunca te había visto tan emocionada por una fiesta antes. Pensé que no soportabas estar en grandes multitudes de personas —comentó Kat extrañada de su actitud.
—Técnicamente no va a ser una multitud. Son nuestros compañeros de clase y además, no voy a estar en un lugar cerrado, la casa de Anna es bastante espaciosa, en realidad —le aclaró tratando de disipar cualquier duda que la muchacha pudiera tener.
—Además, cuando ella era una californiana, no le importaba una buena fiesta —rió Erick en su gracioso intento de molestar a su hermana menor.
—Claro que no —bromeó—. Mis traumas comenzaron cuando llegué a Valley City.
Los chicos se marcharon temprano a casa de Jensen para alistar los espacios que usarían para la fiesta. Los del equipo de Fútbol llevaron las bebidas y el grupo de teatro se encargaron de la música.
—¿Crees que estos vasos alcanzarán para todos los chicos? —preguntó Anna registrando en la alacena en busca de más vasos plásticos. Ya se había encargado de guardar toda la vajilla de cristal y la coctelería de Jensen.
—Puedo darte una mano con eso —escuchó Lizzy desde la puerta de la cocina el inconfundible tono de Lachlan, quien se había negado a salir de la casa como Helena lo había hecho—. Puedo conseguir treinta o cuarenta vasos desechables más, pero necesito que alguien me ayude a traerlos —dijo sonriente sin moverse de su posición inicial.
Anna se ofreció voluntaria para no poner a Lizzy en la incómoda situación de salir con él, dado que ella todavía continuaba apilando cuestiones que no le gustaban mucho de su errático actuar en los últimos días. Lach no le era del todo apático, solo no quería dar el brazo a torcer y ser la primera de los dos que cediera.
—Sinceramente espero que tu plan funcione —escuchó ella desde el otro lado de la mesa de la cocina. La intuitiva mente de Hans ya había descifrado el punto de toda aquella farsa.
—Es terrible saber que no es solo Jensen el que puede hacer eso conmigo —comentó Elizabeth tratando de mostrarse un poco malhumorada, pero no funcionó porque él sabía que verdaderamente estaba feliz de no tener que cargar el secreto sola.
—Yo no uso ningún tipo de expresión, Lizzy —rió él—. Solo mi sentido común.
—Tenemos que buscar una forma de descubrir si verdaderamente Christian está con ellos o si son peligrosos para nosotros, pero sin que nadie salga herido. No sabemos cómo podrán reaccionar si les preguntó directamente, y si cuento con Anna o Jen, tengo miedo que Aiden y Crystal se sientan emboscados.
—Sabes que te puedo ayudar, y por lo que me han dicho ustedes cuatro, creo que lo más seguro es que Dylan también esté en el medio de todo este problema —dijo el brujo en un tono un poco consternado. Lizzy estaba completamente consciente de que ese podía ser el escenario real de todo aquello—. Solo asegúrate de que se tome este suero —continuó dejando un pequeño frasco con un líquido amarillo sobre la mesa de centro de la cocina—. Esto le hará hablar libremente sin esconder nada de lo que piensa. A los lobos no les gustan las brujas, así que estaré en mi habitación. El segundo piso de la casa y el sótano está asegurado con un hechizo de cerradura. Nadie podrá entrar a ninguna de las habitaciones, y si quieres encerrar a Lachlan en su alcoba, solo mándame un mensaje de texto y con mucho gusto confinaré su hablantín trasero en cuatro paredes.
Lizzy sonrió de buena fe al escuchar sus palabras y el pelirrojo se fue después de darle un cariñoso beso en la frente.