Realmente ella no podía quedarse en ese lugar más tiempo. Cuando comenzaba a tener alergia por culpa del polvo, le costaba más respirar y no tenía junto a ella su medicina. El lugar anterior tenía humedad, pero no mucho polvo y eso había mantenido a raya su alergia. Pero estar allí, era un bomba de tiempo que desencadenaría en su muerte. El hombre rodó los ojos y la tiró en un colchón que estaba en el suelo, levantando aún más el polvo del lugar. Elizabeth comenzó a estornudar y trató de levantarse, pero él la detuvo, sacando un pequeño frasco de su bolsillo que contenía un líquido. — Voy a limpiar tus heridas —gruñó el hombre y vertió todo el contenido en sus heridas, haciéndola gritar. Era alcohol, pero trago. El olor llegaba sus fosas nasales con lo poco que podía oler. —

