Prólogo y La huida
La seda le rozaba los tobillos mientras caminaba descalza por el mármol frío. Las flores que colgaban del techo caían como lluvia muda sobre su pelo suelto, como si aquel altar improvisado quisiera parecer sagrado. Pero no lo era. Nada lo era allí.
Frente a ella, Rafael la miraba con una devoción que dolía. No era amor lo que él sentía. Era necesidad, obsesión... un hambre violenta de posesión. Y, sin embargo, Abril sintió cómo el corazón le latía como si aún creyera en el amor.
Le habían quitado la libertad, pero no los recuerdos. Ni los sueños.
—¿Aceptás? —preguntó el cura, sin convicción.
Ella tragó saliva. Miró hacia el jardín, donde una vez creyó poder escapar. Recordó las manos de Matías temblando al entregarle el pasaporte falso. Su sonrisa temerosa. Su cuerpo colgando días después.
—Acepto —dijo ella, y su voz no tembló.
Porque ahora, más que nunca, sabía que para escapar... primero debía sobrevivir.
1
Abril Santamaría tenía veintisiete años y una vida que, desde afuera, parecía ordenada. Tenía un departamento alquilado en Caballito, un sueldo fijo como administrativa en una agencia de turismo, una pareja desde hacía casi cinco años y la rutina perfectamente planificada de alguien que hacía todo “como se debía”.
Pero dentro de ella, algo estaba roto. Y lo había estado desde hacía mucho tiempo.
Cada mañana se levantaba con la alarma del celular, preparaba café instantáneo, se maquillaba lo justo, y caminaba hasta la parada del colectivo sin mirar el cielo. Su vida era una secuencia automática de decisiones que no la representaban.
Había dejado de leer. Había dejado de bailar. Había dejado de soñar.
Y ni siquiera sabía en qué momento exacto se había perdido.
El día que renunció fue el mismo día en que su jefe, Sergio, le dijo con una sonrisa cansada:
—Abril, ¿podés quedarte una hora más? Mariana faltó otra vez y vos sos la única que no se queja.
Ella no dijo que no. Solo asintió. Se quedó. Y cuando volvió a casa esa noche, al abrir la heladera, encontró su tupper con lentejas hinchadas de moho.
Se quedó mirando el recipiente como si fuera una bomba. Sintió náuseas, pero no por el olor, sino por la certeza asfixiante de que nadie la cuidaba, ni siquiera ella misma.
Renunció al día siguiente. No hizo escenas. No explicó. Solo dejó la carta en el escritorio, apagó su computadora y se fue.
Afuera llovía, pero por primera vez en mucho tiempo sintió que estaba viva.
No volvió a su casa esa noche. Se fue directo a lo de su amiga Malena, la única que aún conservaba de su adolescencia.
Le contó todo, menos lo más importante: que tenía ganas de desaparecer.
—Andate —le dijo Male, con una certeza que la desarmó—. No te vas a encontrar acá. Y tampoco lo vas a encontrar a él.
Él.
Su pareja. Su sombra. Un hombre que no era malo, pero tampoco bueno. Que le decía "te amo" sin mirarla a los ojos. Que a veces no volvía a dormir, pero siempre tenía una excusa. Que no le pegaba, pero la desarmaba en silencios.
Esa misma noche compró los pasajes. Buenos Aires – Ciudad de Panamá. Ida. Sin regreso. Una mochila, un cuaderno nuevo, un par de libros, un protector solar y una cámara vieja que le había prestado su hermano.
No sabía cuánto tiempo estaría fuera. Ni adónde iba exactamente. Solo sabía que tenía que irse.
No por valentía. Por necesidad.
Panamá la recibió con humedad pegajosa y una sensación de vértigo en el estómago que no se le fue en días. La primera semana se dedicó a caminar por el Casco Viejo, comer arepas en la calle, hablar con desconocidos y dormir siestas eternas bajo ventiladores de techo que sonaban como hélices.
Se volvió adicta al café n***o y a las postales. Llevaba un cuaderno donde anotaba frases que escuchaba por la calle, cosas que le llamaban la atención, recuerdos que no quería olvidar.
> "Me fui para volver a mí."
"No quiero más amores tibios."
"Tengo miedo, pero no me voy a detener."
Desde Panamá viajó en micro hasta Costa Rica. Allí se enamoró de la selva, del verde que no termina nunca, de los monos que robaban frutas de los mercados, de las tormentas eléctricas que estallaban sin aviso.
En Monteverde conoció a una pareja de franceses con quienes compartió una caminata nocturna entre luciérnagas. En Tamarindo, se animó a bailar salsa en un bar abierto al mar.
Por momentos, se sentía liviana. Casi feliz.
Luego llegó a Nicaragua. Un país del que no sabía casi nada, pero que la atrapó desde el primer momento.
La ciudad de Granada la recibió con un calor abrasador, pero también con una belleza antigua, de paredes color pastel y balcones con geranios. Se hospedó en una posada sencilla, administrada por una mujer que cocinaba gallo pinto y le hablaba como si la conociera de siempre.
Fue en Granada donde sintió, por primera vez, que estaba empezando de nuevo.
Iba al mercado todas las mañanas. Compraba mangos, pan dulce, café en polvo. Sacaba fotos a los niños, a los perros dormidos, a los carritos de colores.
La gente era cálida, pero también reservada. Le decían “mucha cuidaíta”, con una sonrisa ambigua.
Ella se reía. No entendía. No imaginaba.
Una tarde, mientras compraba una pulsera de hilo en uno de los puestos del mercado central, sintió una mirada pesada clavada en su espalda. Se dio vuelta.
Un hombre parado a pocos metros la observaba sin disimulo.
Alto, moreno, con lentes oscuros y una camisa blanca abierta en el cuello. A su lado, dos hombres más bajos, con radios y manos en los bolsillos.
No era un turista. No era local. No encajaba.
Él no desvió la mirada cuando Abril lo miró. Tampoco sonrió. Solo bajó lentamente los lentes hasta la punta de la nariz, como si quisiera verla mejor.
Ella sintió un escalofrío que no supo explicar.
Volvió a su posada esa noche con una sensación de inquietud, pero no se lo comentó a nadie.
Se duchó, escribió en su cuaderno, y pensó en que tal vez estaba cansada, sensible, impresionable.
No sabía que alguien ya había preguntado por ella.
Que alguien ya había dicho su nombre en voz alta.
Y que, para él, eso bastaba para hacerla suya.