Capítulo 3: Intrusa

1596 Palabras
Luego de aquella noche llena de confusiones, Jilliane intentó alejarse de su hermano, en el fondo sabía que, aunque ella sintiera amor por él, era algo rotundamente prohibido. Él era un objeto intocable, y por ende no codiciable; por ello, intentó en definitiva ignorarle si tenía la oportunidad. Christopher no era idiota. Cada que veía a la chica sola o se encontraban ambos en soledad en aquel hogar, él aprovechaba de engatusarla, enredarla entre sus brazos, susurrarle al oído, verla sonrojarse era su pago, su motivación en todos los obstáculos que se presentaban. Llegó el punto que la joven no podía resistirse, eso fue una mañana en la que se levantó unos quince minutos antes de lo normal para ir al instituto. La chica al salir de su habitación, pudo ver la espalda fornida de su hermano el cuál se dirigía al cuarto de baño, al quedar total y completamente anonadada por él, dejó que la puerta de su habitación cerrara de golpe, haciendo que el chico volteara. "Su pecho"... no sabía ni tenía la más mínima idea de que su hermano tuviera un cuerpo excelente, o al menos no se había percatado del todo cuando salían en familia a la piscina, además de que tenían mucho tiempo sin ir a una de estas o playa juntos pues él no disfrutaba de esas cosas, por lo que fue una gran sorpresa ver aquel cuerpo de Adonis. ¿Cómo era que no había notado aquel perfecto cuerpo cuando él la abrazaba cada que podía? "Claro... siempre lo rechazaba de algún modo." El hermano mayor al ver su expresión más el muy evidente sonrojo de la chica, se acercó hasta ella, cada paso que daba, impulsaba el corazón contrario a latir como si fuese a explotar. —¿Te quieres duchar conmigo? Un grito ahogado surgió desde la garganta de la chica mientras sus manos empujaban el pecho de aquel sensual hombre, pero esto provocó algo interesante ante ambos. Esos nervios, aquel temblor, su aumentado sonrojo, no eran más que signos de atracción. — Deberías ya rendirte. ¿No crees? La chica volvió la mirada al joven, tenía un buen punto, ¿no? Rendirse de una vez por todas ante el sentimiento de amor que él encendía con fuerza en ella, el deseo de estar siempre entre sus brazos, olfatear su aroma y guardarlo en su memoria. Sin poder resistirse más la chica corrió a su pecho, pasando sus brazos bajo los ajenos y así posar las manos en aquella espalda, sus dedos recorrieron con dulzura y en forma ascendente los fuertes músculos que lo conformaban mientras que apoyaba su mejilla en los pectorales del mayor. El joven entretanto, la rodeó por la cintura de una forma delicada, apoyando su mentón en la cabeza de la chica. No duró mucho, luego de unos tres segundos de aquel abrazo pudieron escuchar el ruido que provenía de las escaleras al subir Hanna. Aunque duró tan poco, fue el momento más importante para ambos, quizás más para Christopher, pues ya Jilliane, se había rendido completamente al amor que sentía. La chica le sonrió mientras se separaba de éste, y el contrario volvió a emprender su rumbo al cuarto de baño. — Oh Jilliane, ya despertaste. — Sí, mamá... un poco antes, por estar de dormida no recordaba que Chris se ducha primero. Iré a acomodar mi cama. Jilliane entró nuevamente a su habitación cerrando la puerta tras ella, su cama ya estaba ordenada, pero su mente no, estaba hecha un lío. Lo que acababa de hacer, su significado ya no tenía retorno. Ya era el momento de considerar realmente a Christopher algo más que su hermano, y no estaba preparada para ello. Pocos días después el joven Becker advirtió que uno de los profesores asignaría grupos de trabajo para un proyecto, por lo que quizás podría llevar a su futuro compañero a casa de trabajo, o se quedaría hasta tarde en la biblioteca de la universidad. No fue un problema para ninguna de las dos mujeres que formaban parte de su vida. El problema comenzó cuando Jilliane supo quién acompañaba a Christopher en el proyecto. La tarde donde inició el conflicto, la pelinegra no tuvo clases, aprovechando el tiempo libre en limpiar y ordenar un poco el piso inferior del hogar Becker. Al estar ya terminando, escuchó con claridad el auto de su hermano, rápidamente culminó de acomodar algunos adornos para luego correr a la puerta, esperando ser abierta por la persona que más anhelaba ver, Christopher. Efectivamente fue él quien abrió la puerta, regalándole una sonrisa a la chica que le había conquistado, de igual forma ella le recibió con una, pero esta sonrisa desapareció un segundo después al ver una pequeña sombra tras él. El mayor notó el cambio de la chica, y haciéndose a un lado presentó a su compañera asignada. —¡Hola! Soy Diana — una joven pelirroja, ojos verdes y de aspecto dulce la saludaba con una tierna sonrisa —, tú debes ser Jilliane, Pher no deja de hablar de ti. Mucho gusto. — Hola. — La menor se dio la vuelta dejando a ambos plantados en la puerta. — Adelante, Diana... Jillie es poco conversadora, no te preocupes. — Oh... entiendo, quizás fui muy expresiva, lo siento. El joven cerró la puerta para luego adentrarse a la casa, vio que su hermana adoptiva estaba sentada en la mesa de la biblioteca, leyendo uno de los libros que él más solía leer. Sonrió al ver que aquello eran actos puros de celos, así que evitó decir alguna palabra que la hiciera sentir mal, después de todo, él había sido mucho peor en varias ocasiones. La pelirroja siguió a su compañero sin dejar de parlotear, Christopher se sentó frente a Jilliane, observándola en detalle, mientras que Diana continuó sentándose a su lado. — Bien... Pher, ¿por dónde comenzamos? Jilliane volteó los ojos al escucharla imitando en su cabeza el acento de la chica y el “Pher” con arrogancia dejando que su rostro hiciera una mueca chistosa, esto hizo que él aguantara la risa al ver lo celosa que se encontraba la pobre chica. Los días iban pasando, quizá era una tortura para la joven hermana pues Christopher seguía llevando a Diana a casa para realizar el proyecto, la actitud de Jilliane no cambiaba, cada día sentía más rencor por ella. Incluso en una oportunidad le dio a beber agua con una pizca de sal, el rosto de Diana le resultaba tan gracioso a la menor, que no podía evitar reírse por dentro; en cambio la chica observaba a Christopher y a su hermana beber agua de forma tranquila y amena, que le daba vergüenza decir que su agua sabía mal. Al no poder aguantar la risa, Jilliane sacaba su celular para poder soltar las risillas que le provocaban su acto travieso. Ya iban siete días de las visitas de Diana, Jilliane ya no hallaba forma de intervenir en la biblioteca ya que no tenía tareas escolares. Ese séptimo día, se sentía al borde de los celos, y más aún porque Hanna estaba en casa y no quería que se interrumpiera la labor de la pareja. La adolescente, inquieta, caminaba por toda la casa, de un lado a otro, se sentaba, se volvía a levantar, no hallaba qué hacer para entrar y vigilar qué hacía aquella chica. Ella sabía que Diana veía su amor prohibido de forma amorosa, sus ojos la delataban a cada instante que miraba el perfecto perfil del chico, eso la enfurecía totalmente. — Mamá... voy a llevarles agua, deben tener sed. — Oh sí, eso iba a hacer recién, gracias, hija. La chica tomó la jarra y un par de vasos, yendo directamente y sin perder tiempo a la biblioteca. Sonrió de forma forzada mientras servía ambos vasos, al acercarse a ella, tropezó con la alfombra haciendo que parte del líquido se derramara sobre ella. —¡Ahh! — Eh... lo siento, me tropecé. — Jilliane... — el tono de voz del pelinegro era muy serio, quizá era momento de austarse—. La chica dejó los vasos y salió aquella habitación, subió de forma apresurada las escaleras para ir a su habitación. Antes de poder llegar a su aposento, una fuerte mano la tomó de la muñeca jalándola de regreso al pasillo. — Oye, Jill, ¿qué crees que haces? — preguntó algo enojado—. — No fue mi intención realmente, pero... tampoco me arrepiento. —¿No te bastó con darle agua con sal, patearle, y demás? — Ya.... ya te dije que no fue mi intención. Además, ¡odio que la traigas aquí! — Jillie... ¿Acaso has pensado por qué razón la traigo aquí? — Hizo silencio por unos segundos antes de responder él mismo—. Porque sé que ella gusta de mí, pero ella no me interesa, la traigo para que te conste que sólo me importas tú, mocosa. ¿O prefieres que me quede en la universidad con ella? —¡No! —Refutó inmediatamente—. — Entonces confía más en mí, mocosa tonta. Sin avisar, el chico la tomó del mentón acercándose de forma precipitada a los labios ajenos comenzando a besarlos de forma pasional y lenta, la chica sentía la humedad y suavidad de aquellos labios que la besaban por primera vez. Seguidamente, él se separó a unos pocos centímetros de ella, pudiendo observar de cerca sus sonrojadas mejillas. — No quería que nuestro primer beso fuera así... pero demonios mocosa, tus tiernos celos me volvieron loco.
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