Detengo mi auto poco a poco cuando llego a su lado, en su rostro está enmarcada una sonrisa gratificante. Mis mejillas no pueden estar más sonrojas porque es imposible. Por el espejo retrovisor noto como los hombres de mi padre, intentan acercarse. Rápidamente tomo mi celular y les repico, indicándoles que estén donde están, por tanto que estén atentos a cualquier percance. Al detener por completo mi auto, sin llegar apagarlo noto la gran altura que porta el hombre. Debe sacarme unas tres cabezas más o menos. Bajo la ventana de mi asiento, para poder saber que necesita.
—¿Sí? —Le digo, intentado que mi voz no titube por notar la masculinidad de este hombre.
Dios, si fuera mujer estuviera más húmeda que la misma arena de la playa.
—Disculpa. Es que necesitaba saber dónde queda la manga de Coleo —¡Por Dios, su maldita voz es más sexy que la de todos los hombres con los que me he acostado!—. Y… pues recurrí a ti, porque mis acompañantes están igual de perdidos que yo, y la gente aquí no se ve muy confiable.
¡Le parezco confiable!
—¿Qué te hace pensar que no te puedo robar, o darte una dirección incorrecta? —Le cuestiono con una de mis cejas elevadas.
Parece pensárselo un poco, y lo dice afablemente: —Un chico lindo, no podría robarme ni darme una dirección incorrecta —su maldita sonrisa es hermosa.
—Ujum —carraspeo intentando alejar los pensamientos que se estaban avecinando en mi mente.
¡Muero lentamente!
—Hagamos esto, tú me dices la dirección y te doy un beso —abro los ojos sorprendido por sus palabras directas— ¿Qué dices?
—¡Sí! Digo, está bien… de todas formas te lo iba a decir.
Los nervios a flor de piel se comienzan a notar.
Este hombre sí que es sexy. El condenado sabe lo que me está causando. Pero si quiere jugar, juguemos pero yo no seré el que terminara quemándose.
—Es al norte, detrás del hotel —le señalo donde están sus amigos que conversan ausentes de lo que su amigo está haciendo.
—Bien, gracias —se acerca con las intenciones de darme un beso. Pero subo rápidamente el vidrio de mi ventana.
—De nada, disfruta tu estadía. —me despido arrancando rápidamente. Noto la confusión y la sonrisa torcida en su perfilado rostro— ¡Que idiota soy! ¡Ese tipo me iba a besar y yo huyo!
Niego con la cabeza. Volteo mi mirada notando que estoy terminando de salir de pueblo, y el hombre quedando atrás, los hombres de mi padre me siguen por detrás. Golpeo el volante varias veces frustrado. El hombre es bastante apuesto, tiene una linda sonrisa, tiene lindos dientes, lindos labios. Parece ser un hombre con dinero (que es lo importante). Mi mente era un caos en este momento. ¿Por qué fui tan idiota en no recibir aquel beso? ¡Estaba para chuparse los dedos! Inhalo con fuerza y luego exhalo. Bueno… no es el único hombre en este mundo. Varios minutos después, paso por una cafetería. Me bajo del auto para ir a comprar un café con leche y unas marquesas de fresa. De solo ver que la señora me entrega mi pedido mi boca se derrite ante lo delicioso que se ve las cosas. Les hago una seña a los hombres de mi papá para que compren algo antes de irnos. Debes estar hambrientos por estar todo el día siguiéndome a todos lados.
¡Qué ladilla!
Me siento en una mesa lo suficientemente alejada de las personas que entran a la cafetería que está integrada en el supermercado. Vengo cada diez días aquí, todo lo que preparan es súper delicioso. Hasta los vasos de agua son buenos. Estoy cansado de comer un solo tipo de comida en la finca de mi papá. Siempre es arepa, hamburguesa, perros calientes, carne en vara, pastelitos de yuca, pizza. Lo extraño es que no engordo por todo lo que como, ¡por lo que trago! Sonrió ladeado cuando la cuchara de plástico se pierde en la marquesa de fresa. Comienzo a comerla prontamente. En mi paladar se siente una fiesta cuando la pruebo, me excita la manera en la que la marquesa es saboreada por mis papilas gustativas. Mis ojos se colocan en blanco por el placer que está recibiendo mi boca, y eso que no es precisamente a lo que todos seguro debe estar pensando. Varios minutos (que fueron bastantes), me retiro de la cafetería, llevando en mi mano derecha una torta de chocolate para mi papá junto a una merengada de fresa. En el auto se hacen más de quince minutos para poder llegar nuevamente a la finca. El cielo ya está oscuro, se notan las muy escasas estrellas en el cielo. El sonido de los grillos suena al compás de los ladridos de los perros de mi padre cuando el auto se está aproximando al recinto del estacionamiento. Mi auto siempre lo dejo en el ala derecha, porque mi padre acostumbra a salir a muy tempranas horas de la mañana y siempre están moviendo el auto, y odio que toquen mi auto. Por lo que decido dejarlo en ese lado. Mi padre me espera en el marco de la puerta de entrada con las manos extendidas. Le sonrió dándole un beso en la mejilla.
—De nada —ironizo mis palabras.
—Gracias, hijo —toma la bolsa de mis manos adentrándose a la pequeña mansión.
Antes de entrar les hace una seña a los hombres que me seguían, para que fueran arreglarse, para ir al coleo. Yo estoy más emocionado que las demás personas. Pero mi emoción tiene un propósito. Y es volver a ver al hombre misterioso de la dirección.
—¿Y esa emoción? —habla mi padre, probando un bocado de su torta.
—Porque tengo ganas de ir al coleo. Humbert no fue con la mamá para España, ¿puedes creerlo? ¡Yo estaría feliz de volver allá!
—¿Enserio? —pregunta confuso mi padre—, quien lo diría. Mis hombres me avisaron de que un hombre te hablo, pero no lo conocían. ¿Me quieres comentar?
Entre cierro mis ojos alzando mis ojos sin darle importancia.
—Es un hombre que me pregunto, hacia donde quedaba la manga de coleo, se notaba adinerado. Y supongo que es cantante de esa “música” que escuchas o es coleador. Pero es muy guapo, y varonil… es perfecto, en pocas palabras.
Mi padre me mira con una gran sonrisa en sus labios.
—Música llanera.
—Si eso.
—¿Qué? —le pregunto confuso de que no me haya quitado la mirada encima, y además mantiene una sonrisa en su rostro.
—Es que, desde que comenzaste hablar del “tipejo”, no dejabas de sonreír como un enamorado. ¿Debería investigarlo? —termina de masticar la torta, tomando la bolsa con su mano haciéndola una bolita.
—¡Qué va! —me burlo—, admito que estaba muy bueno, pero más nada. Es capaz que no lo vuelvo a ver. Al coleo va mucha gente y no lo lograría ver.
—El destino hace muchas cosas, unas agradables y otras desagradables.
—Papá —digo un poco exhausto del tema y a dónde quiere llegar con ello—, yo te aprecio demasiado, pero no creo que el amor sea para mí, o no por el momento. ¡Soy joven!; me gusta salir con mis amigos a rumbear, me gusta leer hasta tarde, me gusta hacer muchas cosas siendo soltero y no darle respuestas a un hombre que está detrás de mí celándome, prefiero estar así y disfrutar de mi juventud, todo a su tiempo.
—Las palabras tienen poderes adversos —termina de decirme esas palabras y se retira de la mesa—. ¡Arréglate que nos iremos en cuarenta minutos!
Miro la robusta espalda de mi padre alejándose por el pasillo que lo conduce a su habitación. Me levanto de la mesa, no sin antes botar la bolsa que dejo mi padre en ella. Su machismo a veces me exaspera en ese tipo de cosas. Me alejo del comedor subiendo por las escaleras de caracol para poder llegar a mi habitación, así poder alistarme e ir al coleo.
Primero saco el contenido de la bolsa que me compre en la tienda, para ubicarlas en la cama, así poder bañarme. Al entrar al baño, me dejo llevar por el agua artificial que esta fría, como me gusta. Me encanta ducharme con el agua fría. Paso el jabón de baño por todo mi cuerpo limpiándolo del poco sudar que transpiro, gracias al típico calor que se asciende por los horizontes del pueblo. Por eso prefiero quedarme en mi habitación encerrado, ya que el aire acondicionado me mantiene frio por todo el día, sin embargo, uno sale de la habitación y de inmediato el calor impacta en todo tu cuerpo. Ya vestido, peinado perfectamente, tomo mi celular y me posiciono frente del espejo para sacarme una fotografía de cuerpo completo. Tomo la fotografía, sonriendo hacia la cámara. Miro la fotografía quedando encantado con esta. Dos toques a mi puerta me hace sobresaltar, esta se abre mostrando la cabeza de mi papá. En su cabeza reposa un sombrero llanero beis, me sonríe viéndome de pies a cabeza. Lleva una camisa de cuadros rojos con n***o, con una blue jean y unas botas altas. Todo un hombre llanero.
—Te ves bien —le digo dándole un abrazo.
—Tú te ves hermoso, hijo —deposita un beso en mi mejilla y me palpa la espalda un poco.
—Siempre, papá. Siempre —le sonrío.
Se carcajea mientras salimos de la habitación. Los hombres de mi padre visten similarmente a mi papá, la diferencia son los colores y la textura. Porque la calidad es la misma. Por eso siempre visto diferente a los demás. Porque tampoco la copia.
Todos me sonríen al verme pasar. Mi padre se siente orgulloso de tenerme como su único hijo. Los hombres me desean, la libertad en este pueblo me encanta. Me gusta sentirme deseado, me gusta sentirme bien conmigo mismo. Me gusta brillar por luz propia.
Ya en el auto, mi papá va manejando la 4x4, hasta la manga de coleo. Mientras que mi padre maneja en silencio, arreglo la foto que me había tomado para subirla en mis r************* . Le coloco un poco de filtro y color. ¡Listo! Se ve genial. La subo rápidamente a mi f*******:, a mi i********: y a mi Twitter. Me encanta subir en seguidores, me hacen sentir alagado de uno u otra forma. Más los comentarios calientes de los hombres y de mis amigas. Noto varios seguidores nuevos, pero uno en especial llama mi atención, primero porque le dio like a todas mis fotos y segundo por el irreconocible rostro y tercero, comento algunas de mis fotos, no solo con emojís, sino que también con palabras como: “que hermoso”, “me encantó”, “te ves divino”, “upa bebé”….
No entendí.
Entro en el perfil de la persona notando que era el hombre que me pidió la dirección del coleo. Mis mejillas se encienden al ver su fotos de perfil en el i********:, posa con un vaso de ron, esta sin camisa mosteando su trabajado abdomen y en su cabeza reposa un sombrero vallenatero. Su cuenta está bloqueada por lo que le doy enviar solicitud para que después me acepte y así stalkearlo. Mi padre, nota mi rostro iluminado.
—¿Algo nuevo? —me cuestiona.
—Este es el hombre que te habían comentado los hombres. —le paso mi celular con toda la confianza.
Mi papá entrecierra sus ojos arrugando el ceño.
—Se me hace conocido. Tiene bastante seguidores el pendejo. Te gano. —se burla y efectivamente tiene más seguidores que yo ¡¿cómo no?! ¡Si está buenísimo!, tiene veinte mil seguidores en i********: y solo sigue a cuarenta. Incluyéndome.
¡Ha! ¡Este hombre me volverá loco!
—Ya llegamos —me dice papá sacándome de mis pensamientos.
Noto rápidamente que el lugar esta abarrotado por muchas personas, muchos coches, unos con sonidos guturales y otros que solo está estacionados.
¡Llegue yo perras!
Nahil, llego dándola, como siempre lo ha hecho. Mi padre termina de estacionarse al lado de unos todoterreno. Bajo del auto, observando mi entorno, la música llanera sonada estruendosamente. Había muchas personas paseándose con el estilo de vestuario conocido en este tipo de “deportes”. Camisa manga larga de cuadros, blue jean, sombrero llanero y botas altas.
Ugh, que estilito.
Le doy un beso en la mejilla a mi padre, quitándole un poco (bastante) dinero, de su coala. Recibo un mensaje de mi amigo Humbert, preguntándome donde estaba. Le contesto que estaba donde siempre. Antes de guardar mi celular unas manos se posan en mi cintura, me estremezco por los fríos labios que me besan el cuello. Gimo bajamente dándome vuelta dándole un beso en los labios a Humbert.
Siempre hacemos eso. Y para papá era totalmente normal.
—¿Acabas de llegar? —le pregunto notando un vaso licorero en su mano derecha.
—No. —efectivamente no acabo de llegar, su aliento a whiskey lo afirma por si solo— ¿Y… si nos perdemos? —propone besando mi cuello. Me causa gracia su “amabilidad” al pronunciar las cosas.
—Es muy temprano y no quiero dañar mi look. Sera más tarde cariño —le doy un beso en la mejilla comenzando caminar.
Soy diva, soy arrecha, soy poderosa.
Soy Nahil.
Humbert, me sigue a mi lado, intenta tomar mi mano pero falla todas las veces, no parece rendirse. Bufo molesto ante su insistencia de que seamos “más que folla-amigos”, pero no, todavía no quiero algo serio.
Si quiere tener sexo conmigo, bienvenidos seas, pero nada más que eso.
Y todo eso lo dejo totalmente en claro.
Caminamos encontrándonos con algunos conocidos. Nos acercamos a un grupo que son los amigos de Humbert. Les guiño un ojo a todos, todos están buenísimos. Tanto que con todos me acosté. Ninguno lo suficientemente interesante como para volver a repetirlo.
Nacos.
—¿Cómo están? —les doy un beso a cada uno junto a sus novias. Idiotas, mientras que él te sonríe por un lado por el otro se coge, a otro o a otra.
La gente de por aquí son así. Esa misma razón influye en que no sienta cabeza con algún hombre, la única forma en que lo haga es que sea porque de verdad valga la pena y que no me será infiel, como todos lo hacen, porque yo soy adicto al sexo, pero si me enamoro, estoy dispuesto a mejorar, no cambiar, porque es mentira que uno cambia, nosotros como seres humanos mejoramos.
—¡Hola, bien! ¿Y tú? —me pregunta una chica de cabello recogido por una alta coleta.
—Bien, gracias por preguntar. Nora.
Ruedo los ojos ante tanta hipocresía. Los únicos que no son hipócritas son los hombres; simplemente, sé, que ellos quieren lo que yo quiero: pasarla bien. Nada más.
De solo sentir el aroma a zorra barata de estas tipas me hace estornudar. Miro directamente a un hombre que está montando un caballo. No puedo distinguir su cabello porque lleva esos sombreros que usan para este tipo festejos. Pero sus penetrantes ojos me mantienen cautivado, puedo distinguir unos ojos chocolates mirándome con deseo. Le guiño ojo recibiendo uno de vuelta.
—¿Qué harás mañana? —El aliento alcoholizado de mi amigo Humbert impacta en clavícula.
—No lo sé.
Mi respuesta parece abstenerlo. Hay veces que soy muy tajante. Pero, ellos a veces no logran entender que solo es una vez. Ruedo mis ojos impaciente, ante la mano de Humbert en mi cintura apretándola posesivamente.
Si supiera que con sus amigos también me acosté.
Alejo con cuidado su brazo enroscado en mi cadera, y me alejo despacio. No me gusta tratar con los borrachos. Me estresan. Recorro un poco la manga de coleo saludando algunas personas que conozco, de mi antiguo colegio, o de las tiendas de ropa. Me detengo abruptamente cuando observo al hombre que me había pedido la dirección besándose con una chica bajita, de cabello castaño corto.
¿Por qué siento esta molestia en mi estómago?
De seguro es hambre.
Paso por su lado, sintiendo su penetrante mirada. ¿Espero me siga? No debería sentirme de esta manera… me dan nauseas de solo imaginar que esos mismo labios que besa a la chica, pudieron besar los míos. A esto me refiero cuando no quiero entablar una relación seria, aun.
—¿Celoso?