Sigo mi camino con la dignidad bien en alto, omitiendo el dolor en mi pecho a causa de sus palabras. No entiendo que fue todo eso.
Quizás el dolor era solo producto de mi imaginación.
En los últimos tiempos, no he sentido esa desagradable sensación.
A pesar del día agitado, había reservado una pequeña parte de mi cerebro para dedicarlo a mi guardarropa así poder darme cuenta de que es lo que debo conservar y lo que debo desechar a la basura. No creo que alguno de los hombres a los que les trabajan a mi padre o a sus hijos les guste mi ropa, por lo cual apartó la idea de regalárselas. El tal Iván, que aunque no lo quiera aceptar estuvo presente en la otra parte de mi cerebro. Mi dignidad, mi coraje y mis emociones, parecen que fueran tiradas en el suelo, porque ese hombre a pesar de lo que me había dicho, sigo sintiendo esa atracción hacia su persona. Me duele solo detallar mis legados pensamientos hasta el curioso espécimen de hombre con el que me acosté solo una hora atrás.
¡¿Desde cuándo me importa lo que la gente opine de mí?!
Atraso mi paso por el suelo arenoso. El bullicio quedo atrás; delante se puede apreciar un hermoso paisaje, que está poco iluminado por las largas farolas. La finca queda lejos de donde estoy. Pero no me interesa (por primera vez) caminar hasta allá. En este momento lo único que quiero es estar rodeado de la soledad de las personas y estar rodeado de la naturaleza. La madrugada esta esparcida desde todos los horizontes. Me fascina esa manera en la que el sol está oculto hasta el siguiente día. Prefiero mil veces la espesa noche que el liviano día.
Muchas veces deseo sublimar. Quiero sacar todo lo negativo que existe en mi cuerpo, en mi mente, en mis emociones. Me hacen daño y ese daño se lo voy hacer también a los que me rodea. Tengo miedo. Miedo de mí mismo. En ocasiones me he dado cuenta lo vulnerable que me he convertido en los últimos días. ¿A qué se debe todo este cambio? ¿O acaso es una transformación? Estar al lado de Iván me di cuenta de algo que no me daba cuenta. Y es que tengo miedo a la autoridad que emerge.
Ocultamos lo que somos, dejamos la luminosidad de lado. Sin saber que nos estamos haciendo daño.
Creo que voy a sufrir una iatrogenia.
Bufo fuertemente. Mis pies duelen, he camino más de cuarenta minutos. Pudo notar desde donde estoy la finca de mi padre. Inhalo y me acerco. Cuando llego noto que todos los hombres que trabajan con mi padre están agitados.
Llego sigilosamente. Todos notan mi presencia y abren los ojos como platos. Uno de ellos se acerca y me examina con la vista. ¿Qué sucede?
—¿Qué pasa? —pregunto.
Todos permanecen en silencio. El mismo hombre que me examino habla: —Su padre pensó que fue secuestrado, ninguno lo conseguíamos.
Ruedo los ojos y me abrazo a causa del frio. Algunos rallos de luz se asoman desde el horizonte. Esta amaneciendo.
—Ya estoy aquí —el hombre duda en alejarse—. Estoy bien. Tome el camino largo.
—¡¿Dónde estabas?! —la voz de mi padre se escucha. Temo por un momento.
Me encojo de hombros. En este momento es que me doy cuenta de que mi padre me es intimidante.
¿Qué me sucede?
—Estoy bien. Vine caminando.
Mi padre me mira con pánico cuando no lo miro al hablar. Estoy sofocado.
—¿Seguro que estas bien? —su voz se dulcifica.
Asiento un par de veces.
Paso por su lado y subo hasta mi habitación.
Al llegar, me permito llorar. Me siento mierda. Me siento sumiso. Me siento vulnerable. No entiendo que sucede conmigo. ¡Yo no soy así!
Sin poder detenerlo me quedo completamente dormido.
~***~
Me cuesta abrir los ojos. Es como si algo me lo estuviera impidiendo. Me duele la cabeza. Siento la luz impactar con mucha fuerza en mi rostro. Mi boca tiene un sabor amargo mañanero. Cuando por fin mi sistema nervioso central se pone de acuerdo con mi cuerpo, abro los parpadeados. Los cierro por la intensidad de la luz impactando en ello. Mierda.
Siento algo húmedo a mí alrededor.
Me levanto de golpe de la cama al notar que esta mojada. Me sorprendo que mi pantalón está húmedo. ¿Acaso…? ¿Yo…?
—Buenos tardes —dos golpes en la puerta me sobresaltan. Mi padre asoma la cabeza por ella.
El pánico atenaza mi garganta. Mi padre me observa confuso.
—¿Qué sucede?
—Yo…
Agacho la mirada y luego de tantos años lloro delante de él. Se acerca rápidamente, me abraza fuertemente. Escondo mi rostro en su amplio pecho. Lloro como un niño pequeño. Lloro como si no hubiera un fin. Lloro por el colapso mental que estoy viviendo en este momento.
—¿Qué está mal?
—No sé —admito.
—¿Qué no sabes? —cuestiona.
Intenta que nos sentemos en la cama pero el pánico vuelve atenazar mi garganta.
—¡No!
Se sobresalta y me mira sin entender.
—Hijo. Si no hablas no te voy a entender.
El silencio cae sobre la habitación.
Mi respiración se apacigua poco a poco. El pánico desaparece, todo mi estrés desaparece.
—¿Ahora si me vas a comentar que está sucediendo? —asiento.
—Desde antier he estado un poco desequilibrado emocionalmente…
—¿Es por Cañas? —me interrumpe.
—Supongo… —musito alejándome de el—. No entiendo que me está sucediendo con su presencia. Hay veces que me incomoda pero termina agradándome. Anoche camine más de doce kilómetros. Nunca lo había hecho —hago una pausa para poder verle a los ojos, sus ojos me miran intensamente atento a mi charla—; no sé qué horas será. Pero por las buenas tardes que me dijiste, debo suponerlo. Sin embargo, me desperté con algo que no me sucedió desde hace diecisiete años —tomo aire, no es que me avergüence de haberme orinado, sino el miedo a la reacción que mi padre pueda darme—. Me he orinado…
Bajo la mirada. Espero un golpe o un grito por parte de mi padre, pero nada de eso llego. Sin embargo siento como su áspera mano toma mi mentón y me hace verlo a los ojos no se en que momento volví a dejar que las lágrimas descendieran de mis ojos. Sus ojos trasmiten todo el amor de padre que jamás le había visto darme.
—Llora si lo necesitas —me abraza nuevamente, su voz es apaciguada.
Lo no necesito. En este momento no hay quien rompa nuestra burbuja.
Hasta llegar al yo sin mí. Para poder ser yo con todos y siendo todos menos yo.
Duramos un rato en esa posición.
Me encanta la forma en la que puedo llegar a ser niño a mi edad de veintitrés años. Amo la manera en la que mi padre parece arreglar las cosas con un abrazo y con las palabras adecuadas en el momento inadecuado.
~***~
Ha pasado dos meses desde mi iatrogenia. La psicóloga que visite ese mismo día, me había dicho que así se llama el colapso psicológico que sufrí por la presión del nuevo hombre en mi vida. Mi padre me prohibió rotundamente volverlo a ver. Y eso intente hacer, pero me fue imposible. A los tres días el vino a mi casa, pidiéndome perdón por sus hirientes palabras. Luego volvió a venir en los siguientes a visitarme. Luego de aquel día no hemos intentado volver a enlazar esa emoción.
Me sorprende que no me haya dado esa hambre s****l que acostumbro a tener. Ahí es cuando puedo comprender que mi situación fue crítica. Iván, se ha comportado muy caballerosamente, me ha mostrado una faceta que no creí que tuviera. Ha sido totalmente encantador. Me ha llevado a bailar en el pueblo algunos fines de semana. Me ha traído algunos regalos que intento negar pero que no me deja devolverle. Otras ocasiones fuimos a cabalgar por los campos de la finca de mi padre.
Lo más extraño de todo esto, es que algo dentro de mi pecho ha crecido por ese vasto hombre. Cada vez que llega me pongo completamente nervioso. Me sonrojo con más facilidad uy siento mis piernas flaquear cuando besa mi mejilla en el saludo o despedida. Mi corazón galopea cada vez que se retira su camisa a causa del calor que emana esta temporada del año.
Ahora estamos acostados en el césped de la parte trasera de la finca. Acabamos de llegar de cabalgar. Me encanta su forma de reírse, su ronca voz al pronunciar su nombre. Me fascina como le queda la barba, en cómo le luce el sombrero de vaquero en su cabello. En como su gran altura me sobrepasa. En como sus músculos se comprimen en cualquier movimiento.
Por primera vez. Siento que me he enamorado de alguien particular.
—… entonces le dije que todo estaría como lo quería pero que se alejara de mi establo —le sonrió ampliamente cuando termina de relatarme una de sus discusiones con uno de sus empleados de su hacienda en Barinas.
—¿No se enojó? —niega divertido.
—¿Debería? —sus blancos dientes resplandecen. Muerdo mis labios conteniendo mi entusiasmo.
—No lo sé —me encojo de hombros.
—Claro que no —simplifica volviendo su vista al desalojado cielo.
El día está caluroso, como todos. Pero la brisa esta siento un poco fría, cosa que me encanta. Algunos de los hombres de mi padre están alejados.
—¿Cuándo vuelves a Barinas?
Barinas es la capital del estado que también lleva el mismo nombre ‘Barinas’. Es un estado totalmente llanero. Como por aquí. Sin embargo ese es un estado completamente abastecido por la ganadería y agricultura.
—Mañana… —resopla molesto. Asiento un poco triste.
—¿Cuándo volveras? —temo su respuesta.
—No lo sé. Tengo que estar en mis fincas. Tengo ir a supervisar que todo este yendo bien, no les puedo dejar todo a mis empleados.
—Cierto.
—Aunque… —giro mi vista para verlo—. Quisiera que fueras conmigo.
Abro mis ojos sorprendido.
—¿Hablas enserio?
Asiente y responde: —Claro, me gustaría que conocieras mis fincas, los caballos… todo.
Pienso un poco, la idea suena tentadora. Pero es muy pronto, además puedo aceptar que me da miedo.
—No creo poder.
—¿Por qué?
—Comienzo la universidad la otra semana —asiente con los labios fruncidos—. Será para la próxima.
—¿Y por qué no estudias en Barinas?
—Bah, no creo. Mi padre no me dejaría. Además, no pienso estar viajando todos los días allá.
—Te podrías quedar en mi casa —todo suena tan fácil.
—No sé.
—Piénsalo.