¿Cómo resistirse a una hermosa sonrisa de su parte? En ocasiones mi rostro era simplemente enmarcado por una bobalicona risita cada vez que nos mirábamos fijamente. Tal vez, estaba experimentando el amor entre dos individuos que no se conocían. Pocas formas podía darme cuenta del sentimiento que estaba comenzando a emerger en mí. Mis mejillas se sonrojaban con facilidad, mi respiración se agitaba con un rosa de manos, mi corazón galopaba tan fuerte cuando me besaba la mejilla y aunque no estaba conforme con ello me bastaba una milésima de su trato.
Iván Cañas se convirtió en un tormento agradable. Simpático de los pies a la cabeza y arrogante de la cabeza a los pies.
Luego de la conversación que tuvimos hace una semana, y de su ida a su estado me he sentido vacío ¿eso es justo? Cada vez que conversamos por texto o w******p me sentía un poco lleno pero aún seguía el vacío en mi estómago. Los mensajes ni los w******p bastaban para llenar el pequeño vacío que dejo. Aunque los días en los que llevamos escribiéndonos pudieran bastar no lo hacían.
—¿Quieres conversar conmigo sobre tu repentino apego a tu celular? —dejo el aparato electrónico a mi lado y miro avergonzado a mi papá. Tanto como yo nos sorprendemos de mi vergüenza, como si fuese un crio siendo descubierto masturbándose por su padre.
—Bueno… yo —hago un mohín pero eso no dejara que mi papá deje de preguntar—. Estoy conversando con un hombre…
—¿Iván? —pregunta sin dudar, pero su voz sale tosca. Ese hombre le fastidia.
—He… —asiento nervioso. Bufa enojado—, nunca me he metido en ninguna de tus aventuras y he respetado tu espacio personal y s****l —sé por dónde va esto—; pero, no me gusta ese hombre en tu vida. Pero no puedo decidir en tu vida. Ya eres mayor de edad.
—Papá —tanteo el ambiente, parece melancólico—, Iván es un buen hombre, con defectos como cualquier otro.
—Quiero protegerte —como me duele verlo de esa manera. Me acerco y lo abrazo.
—Yo soy mayor de edad —me burlo. Ambos reímos bajamente.
—No uses mis palabras.
—No me atrevería —le digo.
El silencio entre ambos es sereno. Nuestra relación de padre e hijo es muy estrecha. Nos llevamos excelentemente bien. Y aunque seamos padre e hijo nos contamos cosas muy íntimas que se haría con tu mejor amigo (a). Me agrada la completa confianza que existe entre ambos. Y aunque nos cueste a ambos aceptarlo estoy creciendo. Y quiero hacerlo de buena manera, obteniendo responsabilidad en mis hombros. Sentir ese ahogo por una vez en mi vida. Sentir que la vida pasa a mi lado del modo que quiero construirla. Decidir sensatamente. Obtener objetivos en mente que no sea solo estar en mi celular conversando con un hombre que crea sentimientos latentes.
—Quiero estudiar en Barinas —suelto la bomba. El abrazo deja de ser vehemente a ser inflexible—; he estado investigado sobre universidades allá y me he dado cuenta de que esta la carrera que quiero comenzar a estudiar.
La excusa perfecta. Aunque, también me encanta la idea de poder estudiar algo con que pueda valerme. No quiero seguir siendo solo un mantenido por mi padre, y también sé que él no flaquearía a ello.
—¿Estás seguro que es por la carrera? —su duda aparece en mi cabeza.
—Absolutamente.
~***~
Observo con un poco de excitación por la ventana de mi auto. El hermoso paisaje que me regala la naturaleza. Mi país, sin duda alguna tiene los mejores paisajes del mundo. Me fascina la idea de poder observarlo en vivo y directo y no solo por imágenes o videos. Antes rechazaría la oferta de poder mirarlo porque aunque parezca mentira le he tenido cierto pánico a los lugares remotos.
Solo quedan algunos minutos para poder ingresar a la capital del estado donde viviere por un largo tiempo. Donde estaré formándome. Donde estaré disfrutando de todo. Prácticamente no he cambiado de aire, ya que, Barinas es un lugar llanero. Con las mimas costumbres y gastronomías de dónde vengo. Y podría visitar a mi padre cada quince días. Noto como las grandes estructuras de la capital se hacen presentes en como avanzo. Mi departamento queda muy céntrico por lo cual no me es difícil llegar. Con mi GPS es fácil localizarlos. Aquí si sirve esa aplicación no como en mi pueblo.
Al fin y al cabo existe la gran diferencia entre pueblo y ciudad.
Me acerco a un portón eléctrico n***o. Llamo por un interlocutor al portero.
—Buenas tardes, soy el nuevo propietario del tercer piso. Nahil Rosa.
—Por supuesto, joven Rosa. Enseguida le abro.
Y cuando dice enseguida me sorprendo porque es así. El portón comienza a elevarse. Miro sorprendido el parqueadero. Hay diferentes plantas a los alrededores. El estacionamiento de cada piso está divido por números y colores. El mío es de color naranja y por supuesto está el número tres. Me alegra notar que en él puede ingresar cuatro autos pequeños. O dos camionetas grandes. Aparco el coche con cuidado. Me bajo de él no sin antes de poner al alarma. Un hombre alto delgado de edad un poco avanzada se acerca.
—Bienvenido a la urbanización Valle —me tiende la mano. Se la estrecho—. Estas son las llaves de tu departamento. En el departamento estará un teléfono fijo que sirve para llamar al del agua, la luz, y a los porteros que este de turno.
Agradezco gratamente. Abro el maletero de mi auto sacando las cinco maletas grandes que están en pesadas. En mis hombros reposan dos bolsos. Suspiro un poco frustrado. Me tocara hacer más fuerza de lo común.
—¿Necesitas ayuda? —me pongo nervioso al poder escuchar una voz que no oía desde hace un mes y medio. Giro sobre mis talones para poder ver al irresistible hombre que me observa con adoración.
—¡Iván! —chillo. La emoción se enmaraña de todo mi sistema nervioso central.
Me lanzo a sus brazos. Lo abrazo fuertemente, como extrañaba a este hombre. Sus brazos me rodean. Totalmente a la perfección.
—No tenía idea de que vivías aquí —le digo con la boca abierta por la sorpresa. Los rayos de sol lo hacen lucir más atractivo de lo que es. Sus ojos negros me miran tan intensamente que me daría un patatús—. Ósea, pensé que un hombre como tú vivías en una finca o algo así.
—Solo los fines de semana voy a mi finca que queda a unos treinta y siete minutos de aquí. No sabía que te habías residenciado aquí. Cuando me dijiste hace una semana que te venias a vivir aquí en Barinas no pensé que vivirías en esta urbanización.
—Es cierto. Pues tenía planeado que cuando tuviera mi departamento en orden te iba a llamar para que nos viéramos. Pero ya que estas aquí.
Ríe mostrando sus blancos dientes. ¿Por qué tiene que ser perfecto?
—Bueno, venga. Te ayudo con tu equipaje. Por algo tienes el apellido Rosa. Porque eres una.
Mis mejillas toman un fuerte color carmín.
—Gracias —tartamudeo.
Inspecciono rápidamente su vestimenta. Trae unos vaqueros jean, una camisa manga corta blanca, unas botas deportivas negras. Trae unos accesorios que me hacen suspirar, unos lentes de sol, un reloj en su muñeca izquierda y una cadena que rodea firmemente su cuello. Este hombre es tan varonil que me hace babear.
Ágilmente toma mis maletas. Me pongo frenético cuando una de ellas se abre saliendo algunos conjuntos de ropa interior bastantes íntimas. El me observa de vuelta con una sonrisa bastante incitadora.
—Vienes preparado para todo —me rio un poco aligerando el calor en mis mejillas.
—Uno nunca sabe.
Recojo todo con cuidado y lo ingreso a la maleta. Caminamos hasta toparnos con un ascensor. Intento oprimir el piso pero él lo hace rápidamente. Me sorprendo cuando marca mi piso.
—¿Cómo sabes que vivo en el tercer piso?
—Tu auto estaba en el color anaranjado y tenía el número tres en todo el suelo.
—Cierto —me golpeo mentalmente.
Cuando las puertas del ascensor se abren muestran un hermoso departamento totalmente amueblado. La paredes son blancas con algunos tapices de color n***o. La decoración es de blanco y n***o. Cuando note que el color anaranjado era parte del estacionamiento me imagine que también iba ser el de mi departamento pero me equivoque. Suelto un chillido para nada masculino.
—¡Me encanta! —recorro todo el lugar dándome cuenta de que mi habitación es simplemente fabulosa. Para una diva como yo.
Un par de manos rodean mi cintura empujándome hasta dejarme caer en la cama. Unos labios atacan mi boca. No quedo atrás y le sigo toda la cuerda. Puedo sentir su barba rosarme mis pómulos. Sus manos cincelan mi cuerpo. Me encanta su toque, sus besos, su voz, su cuerpo, todo de él me encanta.
—Es bueno tenerte aquí.