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4144 Palabras
Patrick se proponía buscar información de quien había matado a su amigo Tao, el jefe de una mafia, muy cercana a él, los rumores corrían rápido, y algunos de sus informantes le había dicho, que un hombre de aspecto tenebroso, con un bate y unas pistolas había irrumpido en su casa, para hacer estragos. Patrick Conocía a Tao desde la infancia y habían crecido en el mismo barrio con las condiciones de pobreza más infrahumanas que pueden existir. Los mafiosos se había separado de sus vidas por un tiempo pero siempre se veían una vez por mes, para ver como seguían eran hermanos que criaba la calle. Una de las computadoras de Tao también había sido robada junto a un chica que estaba haciendo un trabajo para ellos, A Patrick le pareció muy extraño esto, nadie tenía problemas con su amigo, y si los hubiera tenido se lo habría contado inmediatamente. Estaba en su auto, decidió bajar de él, por un momento a buscar pista de esta famosa silueta. Este hombre que se había ganado la muerte. Abrió la puerta balaceada, y vio los restos de los muebles rotos, entre cintas de seguridad que la policía había puesto solo para echarle tierra al asunto. Las paredes estaban repletas de agujeros creados por las balas de las armas. El vio atentamente cada cosa, empezando por los muebles, viendo sus partituras, viendo cómo se habían roto, viendo como estaban de dañados, pero no encontraba nada que les pudiera ser útil. Subió al segundo piso, el barandal de la escalera estaba muy malgastado. Le daba lastima, en realidad estaba encolerizado. Lo primero que le dio la bienvenida al segundo piso, fue una mancha gigantesca de sangre en el pasillo. Y las balas que aún estaban en las esquinas de las paredes. Donde la silueta había se había cubierto. Utilizándolo como muro de Troya. Asumió el con inteligencia, que los suyos estaban disparando desde el pasillo. Siguió el corredor y llego a los cuartos, también estaban manchados de sangre, así que presumió que estaban levantándose cuando el asesino llego. Dio la vuelta y por el mismo corredor, vio algunas sillas rotas. Se agacho en el piso y recogió un bate de metal. Miro el bate con detenimiento, y lo llevo en sus manos hasta el piso tres. Estaba donde el resto de los hombres habían escapado, por la paliza que la silueta les había dado. Vio varias cajas de madera —Donde guardaban cosas—con magulladuras, las magulladuras eran hasta el nivel de sus hombros, así que el hombre era un poco más bajito que Patrick. El resto de las armas habían sido saqueadas por él. Finalmente subió al piso tres, con la seriedad que era algo distinguible en su actitud, algo que nunca le iba a fallar. El bate estaba en su mano izquierda, pero llegando a las escaleras del piso tres lo tiro a un lado, vio la puerta sin un rasguño. La silla donde estaba la guardiana estaba boca abajo. Y la mesa tirada hacia un lado. La perilla de la puerta estaba también en perfecto estado, nadie había forzado la entrada para pasar. Entro a la pequeña biblioteca, la silla giratoria de su amigo le dio la bienvenida, el siguió con tranquilidad hasta la mesa. Reviso los cajones del escritorio, donde encontró los relojes de oro, que tanto le gustaban, pero que su amigo Tao nunca le quiso vender. El los tomo entre sus manos, y los elevo al cielo —Te voy a vengar hermano— tomo el otro reloj y lo puso en su bolsillo derecho, reviso los demás cajones pero no encontró gran cosa, las estanterías llenas de libros, estaban bien cuidadas, y ni un sucio en el suelo ni rastro de forcejeo, simplemente el bandido le había puesto una bala entre cejas, o el corazón. El con cansancio en sus hombros se recostó en la estantería un momento, y encendió un cigarrillo para liberar el estrés. Desde la estantería pudo ver un reflejo que se incrementaba con la salida del sol, algo que le daba de lleno en el ojo, y que estaba tirado en el piso. El hombre frunció el ceño con interrogo. Y después de un momento fue hacia el objeto en el piso, se agacho y tomo el objeto. Y en el vaivén de la vida, una pulsera de color dorado con plateado, hacia la lápida de la silueta extraña, de la cual ya había sido desvelada su identidad y que se iba escribir con el Nombre de: “Carlos” en cursivas y con un sinfín de siluetas hechas a mano… Capítulo 20: Me voy a casar con su hija, Señores Ming y Wang EL carro que iba atribulado de gente, desde el chofer hasta las dos parejas de cotejo, Any estaba a un lado de su hermano, mientras que Carlos estaba sentado con Sofía, el carro era muy estrecho, algo pequeño para el gusto de los chicos y los comentarios sobre el susodicho tampoco se hicieron esperar. —¿Dan no podías buscar un carro de payasos?— Dijo Any en tono sarcástico, poniéndose lo más violenta que Carlos había visto, con la cara corrugada y los brazos cruzados entre sí. —Los carros de payasos solo los alquilan los lunes, y hoy es viernes— Dijo dan en su tono más sarcástico y sacando una sonrisa vivida. El auto no tardo más de media hora de salir del distrito de Shangai, las amplias calles de una auto pista se dejaron ver, y como en veinte minutos más los chicos estaban llegando a la casa de los señores Wang Y Ming, una casa de tradición, con fachadas de la dinastía Ming, tejas de color azul y amplios corredores, al ver esta construcción Carlos no pudo negar sorprenderse pero a la vez un aire de sospechas se llenaban dentro de él. El suspenso de cómo lo iba a recibir la familia de su novia era más que intenso y las múltiples decenas de pensamientos desfavorecedores pasaban al ras por su sien. El conductor mando a bajar a los muchachos con rapidez, pues tenía que ir a hacer otra carrera en la ciudad, Dan le pago lo que pedía, y con rapidez ellos salieron del auto, —Es gigantesca— Dijo Sofía. Con mucho asombro en su mirada. El resto de muchachos se quedaron en la acera la calle viendo como esa majestuosa casa se imponía antes las demás, que eran comunes al lado de la mansión de los Jun con sus extravagancias. La mansión tenia animales por todos los lados, desde pájaros exóticos hasta un leopardo enjaulado, una fuente de agua más grande que la de la misma plaza central, con tubos para que las aguas danzaran y hasta un helipuerto en la parte trasera, sin mencionar las lujosas camionetas y los autos que estaban en el amplio estacionamiento, pórticos donde almacenaban armas, y una gran escultura de un hombre pensador, pero en versión asiática en medio del amplio corredor de la entrada. Y de colmo, el apellido de la familia en unas letras gigantescas encima del tejado en plata que se leía perfectamente a kilómetros: > Carlos no pudo evitar cruzar miradas con Any, pero ella le daba aliento con varias señales que solo ellos entendían y entre ellas un giño de ojo algo pícaro. El grupo estaba en la entrada de los muros externos de la casa, parados uno al lado de otro, viendo como si lo que tenían enfrente fuese un enemigo mortal. > era la palabra perfecta para definir esta situación. Ninguno pudo decir ni una sola palabra, estaban mudas antes las maravillas de la casa. —Entremos— Dijo Dan con voluntad y sin titubear ni un segundo. —¡Vamos! —Acompaño Carlos con energías —Si no nos morimos en el carro menos lo vamos hacer aquí. Dijo Any con sarcasmo entrando a la conversa. Carlos rio con parsimonia. —Vamos adentro chicos. Dijo dan guiando al grupo. Todos con valentía entraron por el portón del patio central, la gran puerta se movió por si sola, al Dan presionar un botón, los ruidos eran inclementes, porque la puerta era de como tres metros de altura y seis de longitud. —¿Any estas segura de que tus padres nos van a recibir bien? Carlos estaba preocupado por aquel infame escenario. —Tranquilo estamos unidos La Chica entrelazo sus manos con las del abogado y siguieron caminando a la basta casona. Pero aunque los intensos pensamientos de inseguridad brotaban de la mente de Carlos también vacilaba con las ganas de decir aquellas palabras inefables cuando estuviera frente a sus suegros. Unas palabras que nadie sabía que él iba a decir, una pequeña tontería que si bien, salía de buena forma se quedaría con el premio “Any” pero que si salía un poco mal… le costaría la mismísima vida. El abogado estaba magnificado con las vista de la hermosa casa, alucinando con la existencia de una casa tan completa como esa, en sus pensamientos decía que era un castillo, pero también pensaba en las múltiples cargas que suponía para la familia mantener tal maravilla. El grupo completo llego a la puerta de la casa, y un hombre con traje apareció saludando a Dan, diciéndole que pasara a la sala de visitas, Dan dijo unas palabras en chino, Carlos no las pudo interpretar por la rapidez con la que los dijo. Entonces todos pasaron a la sala, asombrados por los interiores lujosos de la misión. El papel tapiz era de color rojo muerto, algo apagado, las columnas era de color gris, una línea frontal dividía la pared en dos, como decoración. Un chimenea en medio de la sala, y cuadros a montones por las paredes. Any se sentó a un lado de Carlos. —Cuanto tiempo tenia sin venir a casa. —¿Te criaste aquí? Pregunto Carlos —Si, pero siempre estábamos de viajes entonces no pasábamos aquí más de dos semanas. —Aquí se pueden hacer buenas fiestas. La mujer rio un poco. —Tu solo piensas en fiestas abogado loco. Agarro el brazo de Carlos de forma cariñosa y juguetona. Además ya tenemos que cuidar a Vanessa no te pongas de divertido. —Buen punto jefa. Pero nunca es tarde para relajarse un poco. Ya sabes soy latino a nosotros nos gusta la fiesta —Carlos se acero un poco a la chica echando sus cuerpos, quedando a centímetros de sus labios. —Además podemos dejar a Vanessa con Alexandrita… La chica se molestó un poco al oír el nombre en diminutivo, de su secretaria y le provoco una acidez en el estómago. —Con que Alexandrita… eh —¿Te molesta que le diga así a la pobre chica? —No para nada. —Ella cruzo los brazos y se alejó un poco— además no es pobre, es una chica normal y corriente como cualquier otra. —¿Te pusiste celosa? Al abogado le fue inevitable reír levemente y volver a establecerse en control —No para nada estoy celosa de Alexandrita… hizo énfasis en el nombre de la secretaria. —Bueno pero no te pongas enojada, es que solo quería distraerme un rato, para apaciguar los nervios. Giño el ojo De la nada salen dos hombres de traje, por un lado de la sala, todos quedaron en silencio, detrás de ellos estaba un hombre con un kimono encima, mientras que una mujer vestida con un vestido largo le acompañaba agarra de su antebrazo. Carlos pensó > en forma descontrolada de pies a cabeza. Dan que estaba a un lado de ellos se sentó inmediatamente en el sillón agarrando la mano de Sofía. El hombre se sentó en la silla central, que parecía ser un trono, y la mujer a un lado. El hombre tenía el pelo largo, hasta los hombros le llegaba la cabellera, su color era n***o, sin una cana en él, su altura era de como un setenta, la piel era oscura parecía quemada por el sol, en la cara una cicatriz de derecha a izquierda en el ojo. Y una sonrisa a maquiavélica. —el propio mafioso— a su lada la hermosa dama, una mujer mayor pero con buenos atributos —aun tenia algunas curvas— y bien pintoreteada con amplios maquillajes rubor y muchas otros accesorios de joyería y estética. Carlos ya sabía de donde había sacada Any ese buen gusto por arreglarse tanto. Los señores estaban en sus lugares, entonces el viejo rompió el silencio. —Cuanto tiempo que no nos visitabas Dan… —Si perdona mi descuido padre. ¿Madre como estas? —Bien hijo, además has venido con tu hermana que alegría. Dijo la señora —Si madre cuanto tiempo padre estas igual de fornido que siempre, has estado bien en el gimnasio. Dijo Any confiada —Pero preséntenos a sus acompañantes, seguro que eso es a lo que han venido. —Papa… Mama… Ella es mi pareja. —Papa… Mama… Él es mi pareja Dijeron Dan y Any en perfecta sincronía. Carlos estaba impactado con la facilidad que les decían las cosas a sus padres. El aspecto de asesino de su suegro daba mala espina, y también algo de sospecha que al dar una vuelta, una ráfaga de tiros iba a venir por detrás. —¡Ja! Los polluelos han crecido ves Ming… ya tienen parejas. La señora afirmo con la cabeza. —Si Wang ellos ya crecieron. La señor examino a Carlos de pies a cabeza dándole múltiples vistazos. —¿Cómo te llamas muchacho? Pregunto la mama de Any. —Me llamo Carlos… soy abogado. —Que bien la misma profesión de mi querida Any… El viejo le preguntaba a Sofía un sinfín de cosas. Ellas las respondía a todas sus preguntas con facilidad. No se trababa y concordaba con lo que dan les había dicho antes. Dan solo se sentó en el sillón viendo como su padre intentaba coquetear con su novia sin que Ming lo viera. El viejo se cansó de hostigar a los chicos así que se volvió a sentar en la silla. Se abrió un poco el kimono y se dejó ver una daga de color rojo en fajada a su pecho. —Carlos ven acá, hablemos unas cosas que tienes que entender. Carlos se acercó rápidamente, pero su mirada estaba en la pensativa Any que se hacia una sola pregunta en su mente. > Cuando el chico ya estaba cerca, el viejo agarro su brazo y se acercó al oído del joven —Vamos para otro lugar lo que vamos a hablar es a solas. Susurro al oído de Carlos —Bien. Contesto el en voz baja. Parándose de la silla, el hombre marco la ruta para que Carlos lo siguiera. —¿A dónde vas? Any estaba preocupada. —Tranquila quédate aquí conversando con tu madre. Yo tengo un asunto con tu padre. Ella lo vio a los ojos y se tranquilizó un poco más, pero de apoco le empezaba a surgir un escalofrío que subía por la espalda. —Sígueme. Dijo el viejo. Carlos acatando la orden siguió al viejo de una manera impecable. —La marca que tienes en el brazo derecho… te la hice yo. —¿Qué? ¿Pero como usted sabe que tengo una? —Que tienes una marca en el brazo izquierdo, y un tatuaje minúsculo en el otro brazo. Contesto el viejo completando la frase de Carlos —¿Cómo sabe eso? La duda subía en el abogado —¡fácil! Tu padre te dejo a cargo mío antes que él muriera. Felipe tu papa, era un gran amigo mío, un policía formidable y con honores, el que lo mato solo es un desgraciado. Tú estabas muy pequeño, y para que ese mismo asesino no te matara te envié para latino-América, el único lugar donde no estarías en peligro. Solo tenías cuatro años desde esa entonces, desde ahí tu tomaste tu camino y no te volví a ver. —No puede ser, usted es… —Si el señor Rikardo, que se hacía pasar por tu padrastro. —Diablos. —Aún sigo buscando a ese bastardo pero se esconde bien. —Pero eso fue hace más de veinte años. ¿Cree usted señor que el asesino sigue vivo? —Pues mejor que este muerto, porque si lo encuentro le voy a matar. El viejo se paró en frente de una puerta negra con un dragón graba en la madera. —Pasa —Indico con la mano— Tengo algo para ti. Carlos aun no podía reaccionar por todas las cosas que estaban pasando, pero seguía ordenes, era lo único que podía hacer, ya que su cabeza estaba muy alborotada en pensamientos turbios. El viejo se acercó a un baúl, la habitación estaba oscura y el pasillo silencioso. El buscaba algo con parsimonia. —¡Aquí esta! —Alzo una caja pequeñita al aire— Espera Pero falta aún… Carlos solo miraba pensando que si no hubiera sido por ese señor estuviera muerto desde hace mucho. Habría pasado hambre, y nunca habría podido graduarse de abogado, le debía su vida a su suegro. > decía su mente en un solo pensamiento. —Toma muchacho. Enseño las manos, en una estaba la cajita. Y en otra un kimono. —¿Qué es? —Son las pertenecías de tu padre. Puede rescatar algunas. El tomo la cajita y la abrió rápidamente con curiosidad. En el fondo había una cadena de plata con un dije, un crucifijo pegado a ella. —La cadena era de tu padre, siempre la usaba decía que era para la buena suerte. El guardo la cadena otra vez después de haberla contemplado un poco. —Y el kimono también es suyo… —El viejo musito— Le encantaba los Dragones. El kimono era de color n***o, con arreglos en dorado, las palabras justicia grabad en su parte trasera. Y un dragón de color rojo estampado en bordados delicados en la parte derecha delantera. —Gracias por cuidar sus pertenecías señor Wang. Usted es como… —Como tu padre nunca, muchacho. Completo otra vez las palabras de Carlos. Carlos pensaba que se había convertido en una manía, que Wang le robara las palabras de la boca. —Pero usted me… —Cuido… No para nada, solo estuve al pendiente. La vida te crio. Yo solo te mantuve. Además no podría ver a la cara a Felipe, si dejara al hijo de un buen amigo, pasar necesidades, teniendo tantos lujos. Mejor ponte el Kimono. Además tengo otra cosa que es de tu padre, pero eso sí que lo cuido con toda mi alma. Pero cámbiate primero. Wang salió de la habitación para darle su espacio al joven, para que se sintiera cómodo. Carlos estaba decidido a ponerse el kimono, se quitó la camisa y también los pantalones, estaban algo ajustados en sus piernas así que le costó un poco quitárselos por completo. —Wang esperaba afuera— Carlos se deslizo el suave kimono de seda fina por los brazos, y metió la espalda acto seguido. Con un jalón de cuello acomodo la parte trasera del quimono, también se metió los amplios pantalones que le quedaban volando. En si completando el conjunto de n***o. El kimono estaba perfectamente limpio y bien cuidado. La apertura de la prenda dejaba ver una parte de su pecho al descubierto. Dejando ver su musculatura definida. Algo vergonzoso para él, pero ya no era culpa suya. Doblo la ropa que traía puesta y la metió en el baúl. Se puso la cadena que le dio Wang y quedaba perfectamente en el pecho, donde estaba la parte descubierta, exhibiendo la hermosa pieza da plata. Viéndose al espejo rio un poco al pensar que parecía un hombre de la cuarta dinastía. —Estoy listo señor Wang. Dijo para que pasara a la habitación. Wang entro enseguida. —Pareces un guerrero. —Es un halago. —No. Digo la verdad. Pareces un guerrero. Solo falta una espada. El viejo rio un poco. Carlos rio con él, e iba a agradecer pero Wang le obligo a callarse lanzando un quejido de anciano. —Esto es lo único que falta… el desenvaino la el cuchillo fajado en la cintura. —Pero eso es… —No es mío… Lee el prescrito. El viejo le dio la daga en la mano. Y Carlos la sostuvo. En un perfecto chino tradicional, en la hoja del cuchillo decía > —Era de mi padre. Por primera vez Wang no completo la frase de Carlos pero afirmo con la cabeza. Carlos se la fajo al cinturón del kimono la daga con toda y vaina. —Pero aprovechando el momento quiero decirle algo. —Dilo hijo. El abogado de postro al suelo y bajo la cabeza en señal de agradecimiento. Como lo hacían en la china tradicional. —Primero que todo gracias… Y segundo Deme permiso para casarme con su hija. —¡Ha! ¡ha! ¡ha! Que peliculero eres, solo debías decírmelo y ya. —¿Pero me da la bendición? El viejo no contesto y en la habitación se creó un silencio profundo, Carlos cerro los ojos pensando que lo había echado todo a perder. —Hijo —Carlos abrió los ojos— Levanta la cabeza del suelo. —Carlos hizo caso— A veces hay que proteger a la familia, estás dispuesto a eso. —Claro Sr Wang. —Mira acá. —El viejo Wang bajo una parte del kimono y le mostro la espalda al joven— a veces hay que partirse el lomo por cuidar a tu mujer y a tus hijos tal como lo hizo tu padre. Esta cicatriz me la hice defendiendo a Ming. Si estás dispuesto a cuidarla como yo cuide a Ming. Carlos vio la cicatriz del viejo y noto que era profunda, que habían pasado años y la cicatriz seguía como si la hubieran hecho un mes antes. Pero cerrando los puños y aferrándose a su sentimiento no dio ni un paso atrás. —Si estoy dispuesto. —Va a doler hijo. Es profunda la herida, y no tengo anestesia. —A carne viva viejo, peor castigo es vivir sin su hija. —¡Ja! Tienes huevos, igual que tu padre muchacho. Entonces lo vamos a hacer con su daga. —Espérame mientras traigo la sutura. EL viejo registro entre las cosas de la habitación. Y saco unas tijeras largas y punzantes y una aguja acompañado de hilo para suturar. —Comencemos chico. Repito no tengo anestesia, debes aguantar el dolor a carne viva. El viejo Wang pasó un trapo a Carlos para que lo pusiera en su boca. Acto seguido Carlos lo puso en su boca. —Esto es como una aceptación a la familia. Después de esto te ayudaremos en todo lo que podamos. Carlos afirmo con todo el peso de su cabeza. Se quito la parte superior del kimono para que no se manchara y además se amarro a los barandales del estantillo de metal. —Aquí vamos. Dijo Wang y enseguida Carlos sintió un frio metal cortando su espalda alta y un calor pon dentro que punzaba variadas puntadas de dolor incesable, lentamente la daga tajaba haciendo una brecha, el dolor parecía interminable, mas en ningún segundo jadeo de dolor, más bien se mantenía firme y con los ojos cerrados, para no asustarse por la sangre derramada al piso. Wang admiro la valentía del muchacho, y hizo el corte un poco más rápido, terminando de crear en su espalda una figura que lo marcaba para el resto de su vida, como de la numerosa familia. Recolecto un poco de sangre del muchacho de la herida viviente, y sin perder tiempo empezó a suturar. —Aquí está listo muchacho. Solo espera un poco más son siete puntos. Y de último pasare el cuchillo caliente para que no se vaya a infectar. Echo los puntos, que para Carlos parecían interminables, Wang calentó un cuchillo y lo paso por la herida dejándolo más adolorido. Carlos no pudo resistir más los constantes dolores y sin más cayo desmayado. El viejo retiro el cuchillo y guardo los instrumentos en su debido lugar, limpio y guardo la daga en la vaina, y le puso la parte superior del kimono al muchacho. —Lo hiciste bien, ahora si tienes la bendición para casarte con mi hija. El dio una palmada en el cachete de Carlos. Lo limpio bien y pidió a dos hombres que se lo llevaran a una habitación para que lo dejaran descansar. Mientras se dirigía a la sala para reencontrase con el resto de invitados.
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