La mañana siguiente la licenciada, portentosa seguía comiendo helados con su amigo Carlos, Teniendo en cuenta que tenía en su corazón una mescolanza de sentimientos, por un lado la emoción de tener cerca a Carlos. Pero miedo por parte de su familia mafiosa, que le podía hacer daño al pobre hombre. Ella con parsimonia buscaba la galleta sin animo que contenia su helado, de galletas oreo. Él la veía atento del como tenia el tenedor y masacraba a las galletas sin dejar una en el platillo, en su mente pensaba, en como ella podía ser tan linda. Aun con algunas manchas de helado sobre su barbilla
—No te vayas a atorar por comer tan rápido, jefa.—Giño el ojo.
—Tranquilo no me voy a atorar, además me gusta mucho comer helados.
—Piensas que voy a morir por culpa de tu familia. Pues no es asi.
—Yo no dije eso. —frunció el ceño
—Pero lo pensaste así que ten claro una cosa. Yo no me voy a dejar matar tan fácil si viene alguien de tu familia me voy a defender.
—Ok pero debes cuidarte no quiero que nada te pase.
—Obvio solo déjame mover mis palancas. Sabes tengo un amigo policía así que puedo hacer algo para que me pongan alguna escolta. —Le quito las sobras de la cara— Sabes no soy un hueso fácil de roer. —Se dio un golpe en el pecho.
Carlos no sabía lo peligrosa que era la mafia China, tampoco sabía que su hermano mayor era el más prepotente, tanto como para dejarlo en un contenedor de basura, con el cuerpo medio quemado y llenos de agujeros. Ella quería explicarle que todo no era tan simple, como la sonrisa que el hacía. Que aunque tuviera brazos de acero no servirían para detener una bala. Pero aun así ella solo disfrutando el ambiente y la compañía de un buen hablador.
Los papeles ya llamaban a la jefa, cuando el teléfono de Any sonó, ella vio la pantalla de su móvil y nada más y nada menos, que Alexandra, —ella contesto al ras.— llevándose el celular a la oreja pudo escuchar, como los clientes esperaban en su oficina y ella con una afirmación afirmo su presencia en cinco minutos. Así ella terminando de comer el helado, le dijo a su querido Carlos, que la llevara a la oficina.
En su auto no tardaron nada, y la patrona se fue a la oficina a recibir a unos clientes muy importantes para el bufete. Mientras que Carlos firmaba algunos papeles para la secretaria del trabajo. Oficina que era muy estricta en sus límites de tiempo. Alexandra paso un par de veces, por la oficina del abogado, taconeando con orgullo con su posición rígida y orgullosa. > pensaba Carlos con una ceja arriba de la otra. Pero le presto poca atención, su teléfono móvil sonó de un momento a otro. El abrió el mensaje, poniendo una cara muy seria partió de la oficina.
Busco a Alexandra antes de salir del bufete, diciéndole que tenía una emergencia y que le avisara a la jefa, cosa que hizo al rato con mucha obediencia, el salió disparado a buscar su carro, y surcaba las calles del centro con dirección a un restaurante. En un barrio de mala muerte paro el coche, y puso el techo. Estando adentro del carro, de la guantera saco unos lentes de sol oscuros. Y de atrás del carro una chaqueta negra. —Se la puso con la velocidad del rayo— y bajo del auto en dirección a un edificio con fachada rocosa.
En la entrada del edificio dos hombres esperaban su llegada, uno extranjero alto, vestido con traje, —De color n***o— y otro con de nacionalidad china con una camisa, con decoraciones hawaianas y un reloj dorado en su mano izquierda —Los dos llevaban lentes de sol— Estos hombres al ver a Carlos, se hicieron a un lado y le abrieron la puerta. el interior del edificio era oscuro y se podía distinguir los gemidos de prostitutas haciendo su trabajo, mientras que hombres armados pasaban por los pasillos, —Como incitando— pero sin ninguna intención de confrontación. Mientras que Carlos se abría paso entre la multitud de bandoleros.
Los hombres le indicaron a Carlos que esperara en la puerta, del pasillo, mientras avisaban a su jefe que ya había llegado. Los hombres pasaron a la oficina, al instante dos mujeres chinas salieron de la habitación, carentes de ropa. Carlos estaba pensando en que este lugar estaba podrido hasta la medula, un leve escalofríos le recorrió por la espalda, presintiendo que lo que venía no era nada bueno, sus dedos inquietos se aferraron a la idea que podía morir, sabía que lo podían matar si daba un paso en falso, una palabra que no era necesaria o una metida de pata, le aseguraría un viaje a la tumba, con un pre escrito en su lápida.
—Pasa, —Escucho a la distancia.
Acto seguido Carlos camino con determinación dando largos pasos. Y la silueta que vieron sus ojos, parecía traída del mismo infierno. Entre el humo del cigarrillo y los hombres armados, él se aproximaba a una cueva llenas de lobos sedientos de sangre.
—Vaya, Vaya —Dijo el hombre— Tu sí que eres un macho.
Finalmente Carlos entro a la oficina, —El frunció el ceño— No tardó mucho en que los demás hombres salieran del cuarto, dejando al señor Del mal, y al abogado solos.
—Tenemos que hablar algo viejo Amigo Carlos.
—Hay muchas cosas que te tengo que decir. Lee Jun. —Sonrió.
—Entonces siéntate estamos entre amigos.
—Si me estas llamando es porque me necesitas. —Carlos tomo asiento— Debe ser grave para que después de mi exilio, me volvieras a llamar.
— ¡Ja! Eres muy creído sabes, pero si hay una misión, —El calo un cigarrillo— y es con relación a mi hermana, o mejor dicho la mujer que te estas tirando.
—Oye no le digas así a Any. —Señalo con el dedo— Dime en que te puedo ayudar. —Mira no quería arruinarte tu dulce historia de amor, pero mi padre, está buscando casar a mi hermana con un mafioso, de algún lugar de china. —El frunció el ceño— Así que eres el más apto para cumplir con la misión.
—Tu padre está loco.
—Si lo está. —Lee se paró de la silla. E hizo una sonrisa— pero una cosa si te voy a decir. —Se acercó a Carlos— ¿Ya te acostaste con mi hermana? ¿Cómo lo hace?
—Hey eso si no te lo paso amigo, cállate de una vez. —Agarro el cuello de la camisa de Lee— Respeta más a tu hermana. O te voy…
—¿Me vas a qué? —Lee le pone una pistola en la frente a Carlos.
—Así me apuntes con ese arma, no tengo miedo, jala el gatillo. —El abogado miro a los ojos de Lee sin inmutarse. —¡Ha! ¡ha! ¡ha! Así que tienes huevos, pero solo era una pregunta, es que mi hermana es muy conservadora, quería ver si tú ya le habías echo la maldad. —Le quito la pistola de la cabeza.
—Pues sabes que no me interesa, eso.
—Que santurrón, ¿cuento contigo? —Estiro la mano— Amigos otra vez.
—Por eso me hice este tatuaje, —Señalo a un pequeño tatuaje con un dragón dentro de un circulo— Claro que te voy a ayudar. —Estrecho la mano de Lee— Pero apóyame con seguridad, cuando este con Any.
—Si estoy claro, en eso.
—Ahora dime que hay con eso, de las mafias del norte. —También encendió un cigarrillo— ¿Se han puesto más ariscas?
—Todo empezó por que un loco, quería más territorio y además estaba lleno de avaricia, encima te nos fuiste en ese momento y no pudimos contenerlo. Ahora es un jefe, y se hizo con una mafia grande, quiere quitarnos del camino y encima quedarse con lo que mi familia ha levantado por generaciones, tu me tienes que ayudar. No cabe duda que no es el mejor momento para mí, y si no lo hago bien mi cabeza rodara. —se pasó la mano por la cara— Ayúdame una última vez si.
Carlos afirmo con la cabeza ante el demonio sentado tras el escritorio. Manteniendo la mirada fija en la ventana, donde escasa luz solar atravesaba las amplias cortinas.
— ¿Cuánto son? —Pregunto el con valentía
—Son Quinientos. —Respondió lee.
—Estas en problemas amigo, tu mafia es de apenas Dos cientos cincuenta. La mitad.
—Calo el cigarrillo— Dame algunas armas y la dirección de sus casas, hare el trabajo por la noche.
— ¿Cuantos hombres necesitas?
—Ninguno —Respondió— Solo dame las armas, ten en cuenta que lo hago, primeramente por Any, y después por Ti, ya que eres un viejo amigo, que me ayudo bastante. —Sonrió con melancolía. —Entonces, te tengo que decir algo. —Él se rasco la cabeza— esa mafia es peligrosa, se hacen llamar los ojos del Tigre. Ellos están en la ciudad buscándome, tal vez no me quede mucho tiempo, por eso te mande a llamar —Carlos miro a Lee— No digo que me vayan a matar, pero si me descubren si me podrían bajar muchas, cosas. Y perdería hombres, lo que digo es que si no puedo salir de esta, o si la policía me atrapa cuidad de mi hermana. —Lee se postro en el piso con la cabeza pegada al suelo. —Levanta la cabeza —Carlos con la vos ronca— No me ruegues, no soy así, Ya verás cómo saldremos de esta. —Gracias amigo. —Oye ya te dije que tu hermana tiene un trasero gigante. —¡Ha! Eres un pervertido. Te puedo denunciar es mi hermanita ¿sabes? —No me jodas, si tu empezaste.
Con una copa de vino los dos terminaron los asuntos, que como había dicho Lee se iban a quedar en esas cuatro paredes, Carlos se comprometió con su vida a cuidar a Any. Pasará lo que pasara él la iba a cuidar con su vida. No se iba a separar de ella de ahora en adelante, pero eso no le disgustaba para nada, al contrario se sentía cada vez más emocionado de tener esos ojos grises posados en él. Ya eran las seis de la tarde, y un mensaje llego a su celular, no lo abrió en el momento porque estaba manejando el auto, pero se estaciono dos calles más arriba.
> Su jefa le había mandado un mensaje, y como un relámpago, salió a toda velocidad a su departamento, para cambiarse de ropa, mientras que en su mente buscaba la excusa para decirle, a donde había ido, jamás en la vida le iba a decir, que estaba con su hermano el mafioso, y que había pertenecido a la mafia, eso ahora solo le traería problemas, ya que la palabra > fluctuaba el carácter emocional de su jefa.
Carlos estaba llamando a la puerta del condominio donde estaba su jefa, como siempre la bella dama salió con un deslumbrante vestido n***o, con las mismas joyas que se puso la velada anterior, —Te ves bella Jefa— con un alago Carlos robo la atención de su patrona. —Sobra decir que, usted me dejo plantada en la oficina cosa que me dio mucha rabia, además no estaba en su derecho de abandonar el trabajo.
—¡Perdóneme usted Madan! —Agacho la cabeza— No volverá a ocurrir. Pero es mejor que me tenga en sus pensamientos a que no me piense nada.
— ¡ja! Que chistoso es, —le agarró del brazo—Vámonos. Ya hice una reserva en un restaurante de cerca.
—Como usted diga mi patrona.
En el carro de Carlos salieron disparados al restaurante, la patrona se vía espectacular el n***o le sentaba bien, ni una pisca de grasa se veía en el abdomen y en la cara, el mejor de los maquillajes, cosa que a Carlos le gustó mucho. Pero hoy la patrona estaba más calmada, y no parecía la niña de quince años con la que había convivido en la mañana. Pero aun así el brillo en sus ojos, le decía que estaba ilusionada, que se le veía feliz con ese chico a su lado. Cosa que no le molesto en lo absoluto a Carlos. El hombre se estaciono en la esquina del restaurante y la dama bajo primero, esperando a que Carlos aparcara el carro.
Ella fue rápidamente a la recepción y pidió su mesa en las amplias ventanas, que iban del piso al techo del restaurante, aprovechando la bella luna que hacía en el cielo, y las distantes estrellas, titilantes, enigmáticas y lejanas. Bellas y peligrosas palabras que ella utilizaba para referirse a lo desconocido. Carlos luciendo un traje fino de color verde claro, casi olivo, se sentó en la mesa, —Disculpe la tardanza Madan— ella lo miro con una sonrisa pícara.
La patrona siguió mirando a la lejanía de las estrellas, perdida en Saturno, o tal vez en mercurio, mirando la distancia admirando la paz, y deseando estar lejos de todos los problemas, pero con el único hombre que podría resistir, en su vida, Carlos.
Por otra parte el abogado miraba el hermoso cuello de la dama, era de volumen perfecto, con una inclinación sutil a veces pensaba que era vampiro, pero le encantaba ese perfil de la dama. Tal vez era la sangre de ella, que le atraía tanto que ni se podía controlar. Sus miradas eran cómplices se buscaban cual ying y yang. Pero ni una palabra salía de su boca, las palabras sobraban en esa mesa, mientras ella contemplaba las estrellas, él la contemplaba a ella, perdido en sus grises ojos. Que brillaban más aun, de como lo hacían en el auto. La única voz que se escuchaba era la del camarero que venía a pedir su orden.
Ahorrándose palabras, Carlos solo miraba la sonrisa encantadora de su jefa, pensando en lo afortunado que había ido en tener un trabajo, como ese. Pero en su mente un pensamiento de muerte. La masacre que debía formar, para ayudar a aquel que en el pasado había sido casi como su hermano, iba a ser una total masacre, tenía que volver a tomar las armas, las cuales había jurado jamás empuñar más. Ahora el destino venía con olor a pólvora, y color rojo sangriento.
—¿Te pasa algo Carlos? —Pregunto la patrona extrañada por la actitud del caballero.
—No nada, jefa solo pensaba. —Miro al platillo— Mi amigo está en un problema grande, por eso tuve que dejar el bufete, —se aflojo un poco la corbata— Solo eso, no te preocupes. —Carlos le sonrío.
—Es tan grave ese problema, Yo lo puedo ayudar. —Dijo sin inmutarse— El dinero no es problema, no le cobraría nada.
—Tranquila, tranquila. Yo me hare cargo de él, además no es un problema legal, sino más bien personal.
—Con la familia —Interrumpió al ras la licenciada.
—Algo así. Pero no vamos a hablar de él, toda la noche. Pero cuéntame, ¿cuantos hermanos tienes? Y cuanto son —Movió la cabeza— Ya sabes… “Mafiosos”
—Somos tres hermanos, y uno que es adoptado, ellos conforman la familia Jun. El mayor se llama, Daniel, El segundo Lee y yo soy la tercera. Pero la que es la más peligrosa, —Miro para ambos lados antes de hablar— Es la chica que adoptaron la hermana menor. —Rebecca Jun Wolgan. Ella nos podría vaciar una carga de pistola aquí misma sin temor a la policía. Y me han llegado rumores que se ha balaceado con la policía en varias ocasiones, —se llevó la mano a la cabeza— y encima su esposo también es da la mafia. Ambos son un dúo muy peligroso.
De repente a la izquierda de la jefa, y por la parte lateral de mesa, apareció una mujer china, con un vestido amarillo, de proporciones sutiles, un escote muy revelador a los ojos de Carlos, y una bufanda de color blanco, el pelo de la mujer era también castaño claro, y en su rostro, había facciones a las cuales se le parecían a las de Any. La patrona al ver el gesto de Carlos, en su rostro y volteo a la izquierda en el acto.
—Hermana
Dejo escapar de su boca Any, con un tono de miedo y vos quebradiza. Carlos fue víctima de un respingo. Al lado de la bella dama, un hombre fornido de un metro noventa tomaba de su brazo, iba vestido con un traje de gala, en el traje una flor blanca estampada que contrastaba en el color blanco del ropaje siendo esta amarilla, un pañuelo en su bolsillo del saco, unos cañones en la barba, y lentes de sol, de los más caros, dejaba ver su pecho, teniéndolo al descubierto donde llevaba una cadena con un dije, este dije con la forma de un dragón y dejando ver su piel bronceada.
—Vaya hermana, no me había dado cuenta que estabas aquí.
—Ahí, hermana —Rio sarcásticamente— Te había visto desde que entre por la puerta, Eres la única con esos aretes en Shangai, pero veo que vienes acompañada —Miro a Carlos— ¿Qué tal si nos sentamos juntas las dos parejas? —Carlos miro a Any y le afirmo con la cabeza que lo podían hacer.
—Si hermana siéntate. —Afirmo Any.
La hermana de Any le dijo unas palabras en Mandarín a su esposo, que Carlos no pudo distinguir. Con ímpetu la mujer china se sentó en la silla, el hombre hizo lo mismo, y se sentó. La china llamo al camarero, —vino enseguida— con una orden del mejor sushi y una botella de champaña los dos mafiosos entraron en calor con la pareja de abogados.
—¿Y cómo se llama usted caballero? —Pregunto Rebecca.
—Carlos pero no es decente que uno pida el nombre de alguien sin presentarse antes. —Replico Carlos con ironía.
Mientras a Any ya le daba un infarto por el miedo que le tenía a su hermana, cosa que no dejo mostrar.
—Muy bien —Dijo ella carcajeándose— Yo me llamo, Rebecca Wolgan Lee. Y el —Señalo al hombre— Es mi esposo Patrick Wolgan. —Saludo en silencio utilizando su mano. —Hermana, ¿porque estas en este restaurante? no frecuentas salir a comer.
—¡AY! hermana uno tiene que darse tiempo para sí. —Comió una uva— Pero tú sí que me sorprende, con un hombre en este restaurante, el mismo restaurante donde murió él. —Carlos frunció el ceño.— ¿Cuánto llevan conociéndose?
—Mucho —¡No mucho! Dijeron Carlos Y Any en perfecta sincronía. —Se miraron entre complicidad— La chica china solo se rio.
—Bueno Señores Mucho —Miro a Carlos— Y no Mucho —Miro a su hermana— ¿Que hacen tan de noche en este “romántico” restaurante?