Nunca nos separaremos

1681 Palabras
ALMA Apenas el señor se fue, la amiga de mi mami salió del baño con cara de preocupación. —Tranquila, estuve muy bien acompañada —le dije mientras le tiraba una sonrisita. Ella me miró raro. —¿Acompañada de quién, niña? —De mi nuevo tío —le solté, bien orgullosa, —Se fue a trabajar, pero vuelve. Te lo voy a presentar, ya verás. ¡Es mi nuevo mejor amigo! —¿Y desde cuándo tienes un “tío” nuevo? —Desde ayer, señora —le conté, casi brincando de emoción. —Es lo máximo. Me escucha como nadie. A Alma sí que la entiende. Ella sonrió. Mientras hablábamos, yo andaba inquieta, esperando ver de nuevo al señor. Apenas lo vi venir, con esa sonrisa, salté de la silla. —¡Tíooo! ¡Aquí estoy! —le grité, agitando la mano como loca feliz. Él me vio y se le iluminó la cara. Se vino rápido y yo, ni tonta ni perezosa, le jalé la manga a la amiga de mi mamá. —Mire, ya llegó. —Tío, ella es la amiga de mi mami —dije, orgullosa de hacer la presentación. Él le dio la mano, bien caballeroso. —Un gusto conocerte. —El gusto es mío. Alma no para de hablar de usted —le dijo, sonriendo. El señor me miró y me revolvió el pelo. —Alma es lo mejor que me ha pasado esta semana. Nos sentamos los tres. Él y yo de un lado, la amiga de mamá del otro. Y yo, de la nada, sentí una emoción que me explotó adentro. Empecé a brincar en el sillón. —¡Guau! ¡Yuju! —grité, aplaudiendo. Los dos me miraron. —Ey, baja un poco esa intensidad, que te vas a ir de boca al piso —me dijo el señor, sentándome en sus piernas. Le agarré la cara con las dos manos, bien seria. —Tus ojos... son preciosos. Igualitos a los de Alma —le dije mirándolo directo. —Sí, tenemos los mismos ojos —me dijo, y me plantó unos besitos suaves en los párpados. Me hizo reír como si me hicieran cosquillas. —Ahora Alma también te da besitos en los ojos —le avisé, y le di uno en cada ojo, con todo el amor que tenía guardado. —¡Alma y su tío tienen ojitos hermosos! —canté mientras aplaudía. Él se rio y me estiró las mejillas con cariño. —Tenemos que hacernos una selfie —le dije—. Este momento merece foto, ¡sí o sí! Yo lo quiero un montón, casi casi como a mi mami. Me hace sentir así, amada. —Alma, mami ya viene. Hay que irse —dijo mientras yo me llenaba de emoción: ¡iba a ver a mi mami! Y seguro traía premio, como siempre. —Oki, dame un segundito —me volteé al señor—. Fue lindo estar contigo. ¿Mañana después de la escuela te puedo ver otra vez? —Claro que sí, pequeña terremoto —me dijo, dándome otro tirón de mejilla. La amiga de mamá se levantó y vino por mí. —Un placer, de verdad —le dijo ella al señor mientras me subía en brazos. —¡Adiós! —le grité, mandándole un beso volador. —Hasta mañana, Alma —me respondió él, devolviéndome el beso. Mientras nos alejábamos, yo no dejaba de mirar atrás. Quería quedarme un poquito más. Ya en el coche, la amiga de mamá se sentó adelante y me miró con cara de duda. —A ver, Alma… me dijiste que solo le dabas besos a tu mami. ¿Entonces por qué al señor le diste en los ojos? Me encogí de hombros. —Porque Alma lo quiere un montón. —¿Entonces a mí no me quieres? —me dijo haciendo pucheros. —Me caes bien. Pero el señor es especial. Y la más especial de todas... ¡mi mami! ¡La número uno del planeta! —le dije, muerta de risa. * MAYA Resoplo bajo mientras revuelvo el bolso buscando el celular. Lo saco y le mando un mensaje a Ella: que regrese ya a casa con Alma. La necesito ahí cuando llegue. Yo: “Trae a Alma, porfa. La quiero ver apenas pise la puerta.” Ella responde con algo que me desconcierta: Ella: “Espera un momento, Maya. Estoy teniendo el mejor día de mi vida.” ¿Perdón? ¿Qué me está diciendo? Frunzo el ceño, más confundida. Tecleo: Yo: “¿Cómo que el mejor día? ¿Qué estás diciendo?” Y salta con esto: Ella: “No sabes, estoy frente a un tipo que está tremendo.” ¿Eh? ¿Tremendo? ¿Qué tipo? Yo: “¿Estás jodiendo? ¿No estabas con Alma?” ¿Acaso se le ocurrió llevarse a mi hija a una cita improvisada? Me empieza a hervir la sangre. Pero... no, no puede ser. Ella no es tan irresponsable. Conociendo a Alma, imposible que esté en medio de algo así. Yo: “¿Dónde estás? ¿Por qué no contestas?” Le mando otro mensaje porque el silencio ya me está comiendo viva. Ella: “Ay, ya calmate. Te dije que estoy teniendo un día increíble. Y sí, estoy con Alma. Ella me presentó a su tío, lo conoció saliendo del cole. Maya, el tipo parece sacado de una telenovela.” ¿Su tío? Yo: “¡Vale, no te pongas a coquetear con un desconocido cuando estás con MI hija!” Y va la descarada y me tira esto: Ella: “No estoy coqueteando. Estoy chorreando por él.” Me quedo con el celular en la mano. ¿Cómo puede decirme eso tan campante? Yo: “Ubicate, Ella. No hables así mientras estás con Alma. En serio. Vuelve a casa. Te veo allá.” Siento que se me sube la cólera. No sólo por lo que dijo, sino porque ese tal “tío” es alguien que Alma claramente admira. Y ella ahí, babeando. Ella: “¡Bueno, ya voy! Tranquila.” Yo: “Gracias por el favor. En serio.” * Apenas cruzo la puerta, me quito los zapatos, me suelto el cabello y me cambio esa ropa que ya me tenía harta. Necesito sentirme yo otra vez. Me meto directo a la cocina y me pongo manos a la obra: la pasta favorita de Alma, con esa cremita blanca que le encanta. Apago la hornilla justo cuando escucho su vocecita: —¡Maaaamá, ya llegué! Y ahí está. Mi niña. Con esa energía que me inyecta. Salgo volando de la cocina. Apenas la veo con Ella, mis ojos se prenden. Alma corre, y yo la alzo sin pensarlo. Le planto un beso en la mejilla, suave. —¡Te extrañé un montón, má! —me dice entre risitas y besos. —Yo más, mi amor. —¿Adivina qué? Te hice tu pasta con salsa blanca —le digo, llevándola de la mano. —¡Uffff, qué rico! —y se lame los labios como si ya se la estuviera comiendo. —Es toda tuya, princesa. —Le acaricio la pancita, y no me aguanto las ganas de hacerle unas cosquillitas. Su risa... es como el sonido más bonito que existe. —¡Ey, no se olviden de mí! —dice Ella entrando, riéndose. Le sonrío de verdad. —Gracias por estar con ella. De corazón. Sí, tuvimos nuestras discusiones, pero Ella quiere a Alma y yo lo sé. —Cuando quieras —responde, y se nos acerca. —Mamá, Alma quiere comer ya —dice mi niña. —Ya va, reina. Mamá te está sirviendo. Ella le da un beso y se despide. —¿No comes con nosotras? —le pregunto. —No, ya comí. Chao, Alma, la pasé increíble contigo. —¡Chao! —le dice Alma, con la boca llena de pasta. La veo irse y me siento al lado de mi hija. —¿Y tú, mamá? ¿No vas a comer? —Mamá ya tiene la panza llena, mi vida. Y ahí empieza. —Mamá, volví a ver al señor que me salvó. Ella me llevó a tomar un batido y él estaba ahí. Me gusta mucho, mamá. Tenemos cosas en común… a los dos nos encanta el helado de chocolate… y… ¡tenemos los mismos ojos! Mi corazón se me para. Mi cabeza se inunda de un nombre: Elías. No, no, no puede ser. Eso es imposible. Él no sabe. No puede saber. —Alma… —trato de mantener la voz estable—, ¿cómo se llama ese señor? —¡Se llama señor! —me responde, entre carcajadas. No estoy para chistes. —En serio, Alma. ¿Cómo se llama? —¡Ay, má! Espera… —pone su dedito en la sien. Mi ansiedad no coopera. Quiero saber ya. Necesito saber que no es él. —¡Ya sé! ¡Se me olvidó preguntarle! Pero tranquila, se lo pregunto mañana. Mi sonrisa es forzada. La cabeza me da vueltas. No. No puede ser Elías. Si es él y se entera… se entera de que Alma es suya… se acabó todo. Me la quita. Me la arranca. Trago saliva. Respiro. —¿Dijiste que lo verás mañana? —Sí. Va a ir a buscarme. Te lo presento, ¿sí? Mi corazón se cae al piso. Pero no dejo que se me note. Por Alma, tengo que actuar normal. —Perfecto, mi vida. Mañana lo conozco. La veo comer y trato de convencerme. No tiene que ser él. * Esa noche la acuesto. Le doy un beso, la arropo, me acuesto con ella. La abrazo fuerte. Muy fuerte. No quiero volver a ver a Elías. No después de todo lo que hizo. Me destruyó. Y si vuelve, me quita a Alma. Me mata. —Él no puede entrar a nuestras vidas. No lo voy a permitir —susurro, con la voz quebrada y los ojos llorosos. Porque si pierdo a Alma, me pierdo a mí.
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