MAYA
Después de dejar a Alma en el colegio, me fui directo al café de siempre. Danelia, la señora que lo lleva, es puro corazón. Tiene más o menos la edad de mi mamá, pero la siento más cercana que muchos de mi sangre. Siempre me trata como si fuera su propia hija. A pesar de que la vida le arrebató a su esposo y a su hija en un choque espantoso, jamás la he visto quejarse. Al contrario, cuando habla de ellos, lo hace con una sonrisa que te deja pensando en lo fuerte que puede ser alguien.
La conocí cuando recién llegué al barrio. Estaba embarazada y perdida, y ella sin pedírselo, se convirtió en mi apoyo. Me cuidó como si me conociera de toda la vida.
Primero fue Ella, después Danelia, y luego vino la noticia de Alma. Desde entonces, solo espero que este lugar siga siendo mi amuleto de la suerte.
Pero no estoy lista para volver a mirar atrás. El pasado, sobre todo Elías... prefiero dejarlo enterrado.
Me acomodo en mi mesa favorita, saco la libreta y trato de despejar la cabeza. De repente, escucho su voz cálida, como siempre.
—Maya, te traje tu cheesecake con frambuesa. El de siempre.
—Gracias, Danelia —le digo, sonriéndole mientras deja el plato frente a mí. Aunque tenga mil cosas que hacer, siempre se toma el tiempo de servírmelo ella.
Se sienta a mi lado y me despeina con cariño. Yo solo huelo ese pastel recién hecho.
—¿Estás bien, hija? Te vi rara cuando entraste.
¿Cómo lo hace? ¿Cómo sabe siempre que algo no cuadra?
—Pues… —trato de decir algo, pero me cuesta. No soy de contarle a nadie lo que viví con Elías. Solo saben que me separé y ya.
—Estoy algo preocupada por Alma. Ando buscando un trabajo fijo y me da vueltas la cabeza pensar en cómo se adaptará sin mí —le suelto. Es verdad, aunque no es toda la verdad.
—¿Eso es todo? —pregunta, como si ya supiera que hay más.
Solo asiento y doy un trago de agua. Siento la garganta seca.
—No te preocupes —me dice, y yo levanto las cejas—. Alma se puede quedar conmigo.
—¿Qué? No, no quiero causarte líos...
—No digas tonterías, Maya. Tu sabes cuánto amo a esa chiquita. Para mí es como una nieta. Me encantaría tenerla conmigo si te toca trabajar —dice, tomándome la mano. Yo solo la miro, sorprendida. Qué mujer más linda.
—Si quieres, pon cámaras aquí, así la puedes ver todo el día —dice entre risas, y eso me saca una carcajada también.
Su propuesta me alivia más de lo que imaginaba. Saber que Alma va a estar con alguien que la quiere me da paz.
—Gracias, Danelia —le digo, con la voz temblando. —De verdad, no sé cómo agradecerte esto.
Ella aprieta mi mano.
—No hace falta que digas nada. Tu y Alma son mi familia. Y la familia se cuida.
Se me humedecen los ojos. Familia. Esa palabra que duele cuando pienso en la mía, que me cerró las puertas cuando más los necesitaba. Pero aquí está Danelia, sin ser de mi sangre, dándome lo que nadie más me dio.
La abrazo con fuerza. Por un rato, me olvido de todo. Incluso de Elías.
*
ELÍAS
En cuanto puse un pie en la cafetería, sentí como si alguien me hubiera dado un golpe seco en el pecho. Ahí estaba ella. Maya. La mujer que una vez fue mi todo… y que también destruí.
¿Qué carajos hacía acá?
Me quedé quieto, congelado. Siete años. Siete años sin verla, y ahí estaba. Tan igual, tan distinta. Su pelo claro, su mirada. No había cambiado ni el gesto de morderse el labio cuando escribía, ni el tic de guardarse el bolígrafo tras la oreja.
Y yo… yo era el mismo cobarde de siempre. Me venían recuerdos pesados. La vez que quemé su diario solo para hacerme creer que no me importaba. Lo hice mierda, como a todo lo que tocaba. Y ella aún así... seguía amándome. O eso quiero pensar.
Decía que la odiaba. La traté como nadie se merece. Pero la verdad es que lo que sentía era miedo. Puro miedo. De amar, de confiar, de soltar el veneno que me tragaba solo porque sí. Mi odio no era hacia ella. Era hacia algo que ni yo entendía. Y ella pagó los platos rotos.
La miraba y todo me ardía por dentro. La culpa, el remordimiento, esa sensación de que ya era tarde para todo. Pensé en acercarme, decirle algo, lo que sea. Pero los pies no me respondieron. Algo dentro de mi dijo: "Este es tu castigo". Porque sí, me merezco esta distancia. Me merezco no tener derecho a pedir perdón.
Me fui. Así, sin más. Dejé plantada la reunión por la que había venido. Afuera, en el auto, me quedé horas mirando a la nada, reviviendo cada momento, cada error.
Más tarde, llegué al colegio de Alma. Esa nena tiene algo que me cambia el día. Apenas me ve, corre como loca y me lanza los brazos. Yo me agacho, la abrazo fuerte.
—Te extrañé un montón, pequeña —le digo.
—¡Alma también te extrañó! —me responde con esa vocecita.
—Hoy conocerás a la mejor mamá del mundo —dice mientras me agarra la mano con fuerza.
—Seguro que no es tan genial como tu —le digo, haciéndole una caricia en la mejilla.
Ella se ríe y niega con la cabeza.
—No. Ella sí es genial, como Alma. La mejor.
Y entonces… la veo.
No puede ser.
Es Maya.
La madre de Alma es Maya ^p.
Y ahí… se me frena el alma. Todo encaja. Todo. Esos ojos, esa sonrisa que tanto me sonaba, esa conexión rara que sentía desde el primer día… ¡Es mi hija! ¡Alma es mi hija!
Los ojos se me llenan de lágrimas. Pero esta vez no por culpa, sino por algo más profundo. Por alegría. Por amor. Por ese pedacito de Maya que tengo enfrente.
Y sí. Es nuestra hija. No necesito pruebas. Lo sé. Lo siento en la sangre.