Ese hombre fue un ángel

1296 Palabras
ELÍAS No sé cuánto tiempo llevo viendo a Alma, pero ya ni importa. Me tiene embobado. ¿Qué tiene que me tiene así? ¿Por qué siento esto tan fuerte? Tal vez es por cómo me recuerda a Maya. Ese cabello igualito, esa misma energía suave. Hay algo en Alma que me calma el alma. Pero… ¿merezco esta paz? ¿Tengo derecho a sentir algo bonito? Con todo lo que he hecho, con todo lo que he sido, ¿puedo siquiera soñar con algo parecido a la felicidad? He pasado años alejándome de todo lo que me hacía bien. Me he castigado como si eso fuera a redimir algo. Siete años escondiéndome de cualquier atisbo de alegría. Y aún así… me está costando seguir con esa condena. Porque empiezo a desear, a necesitar, algo distinto. Quiero sentir tranquilidad. Quiero ver a Maya. No tengo idea de dónde esté ni si está bien. Ojalá haya encontrado un poquito de paz. Pero, Dios, pensar que tal vez ahora ame a otro me revuelve todo por dentro. No tengo ningún derecho sobre ella, lo sé, pero eso no le quita lo que me duele. La voz de la maestra de Alma me saca de mis pensamientos. —Alma, vámonos, mi amor. Tu mamá ya viene. Siento un vacío en el pecho. No quiero que se vaya. No todavía. Maya me amó de verdad. Y yo... yo arruiné todo. Fui un idiota. Un monstruo. Rompí algo puro, algo que nunca me merecí. Y por eso estoy así, por eso cargo este peso. Pero incluso con ese dolor, hay algo en Alma que me da ganas de seguir. Y entonces, sin esperarlo, siento sus dedos pequeñitos en mi mano. Me mira con esa carita seria. —¿Qué pasa, Alma? —le pregunto, forzando una sonrisa que apenas se me arma. Ella niega con la cabeza. —Nada. La ayudo a ponerse de pie, y no me suelta con la mirada. Esos ojitos me clavan en el lugar. Siento algo que no sé cómo explicar. Una ternura que me quiebra. Estoy a punto de decirle que la voy a extrañar, pero la maestra interrumpe otra vez. —Vamos, Alma. Tu mamá llega en minutos. Pero Alma se frena, como si no quisiera irse. Y de repente, corre hacia mí. Me agacho por instinto y ella se me cuelga del cuello con esos brazos chiquitos. No son muchos metros los que recorrió, pero su abrazo se sintió como si viniera desde muy lejos, directo al centro de mi pecho. —Señor, quiero pasar más tiempo con usted —me dice con un puchero que me saca una sonrisa real. —No te pongas triste, Alma —le digo, acariciándole el cabello. Le tomo la carita con las manos—. Te prometo que voy a volver a verte. —¿De verdad? —me pregunta, esperanzada. —Claro, chiquita —asiento y le pellizco la nariz con cariño. —¡Qué emoción! ¿Cuándo? —Después de…—me quedé callado. —¿Cuándo? —Pronto, te lo prometo. —¡Eres lo máximo! Me caes re bien —dice, dándome otro abrazo apretado. La rodeo con los brazos, sintiendo su cuerpo calentito contra el mío. Esa conexión es algo que no sentía hace años. —Y yo a ti, Alma —le susurro con el alma en la voz. Se separa y me lanza una sonrisa que me derrite. —¿Quieres ser mi amigo? —Obvio que sí. Sus ojitos se iluminan. —¡Si! ¿Y vamos a comer más helado, no? Me río sin poder evitarlo. —¡Un montón! Nos levantamos y ella no me suelta la mano. Caminamos juntos hacia la maestra, que nos mira con ternura. —Gracias por cuidar de Alma. —Fue un placer —le digo, y luego le hablo más serio—. Pero para la próxima, ten más ojo. Los papás te confían lo más valioso que tienen. No puedes fallarles. —Tiene razón. Voy a estar más atenta. Alma se me cuelga de las piernas. —¡Chao! ¡Nos vemos pronto! —Chao, Alma. Cuidate mucho, ¿sí? —le acaricio el pelo. —Tú también —me responde con esa sonrisa tan suya, tan llena de inocencia. * MAYA Llego a la escuela de Alma con el alma en un hilo y los nervios comiéndome viva. Voy rezongando sola, como si eso cambiara algo. ¿Cómo se me hizo tan tarde? Me bajo del taxi a las apuradas, y ahí está ella. De pie con su maestra, cara larga y ojitos tristes. Me parte el corazón. La hice esperar. Otra vez. Apenas me ve, su carita se ilumina. Me agacho y la envuelvo en un abrazo. —Perdón, mi amor. Mamá no quería hacerte esperar tanto. —Te extrañé mucho, mami —dice, pegándose a mí como si no quisiera soltarme nunca más. Las lágrimas se me escapan sin pedir permiso. Ella me mira con esos ojazos redondos. —¿Por qué lloras, mamá? —Porque me duele que me hayas esperado solita —le digo bajito, con la culpa pintada en la cara. —No pasa nada, mami. Fue el tráfico, no tú —me dice con ternura, secándome las lágrimas con esas manitas suaves. Me arranca una sonrisa. Le beso las manos, agradecida, mientras me enderezo y miro a su profesora. —Gracias por cuidarla, Laura. En serio. Pero antes de que pueda decir algo, Alma me jala del vestido. —Mamá —dice con su vocecita firme—. Tuve buena compañía mientras no estabas. —Sí, mi amor, la profe es muy buena contigo... —No, mamá —dice, palmándose la frente, como si yo no entendiera nada—. No hablaba de ella. Frunzo el ceño, intrigada. —¿Entonces quién? —Te cuento en el coche. Estoy sudando. Hace un calor terrible —responde, abanicándose con la mano. Y me saca otra sonrisa. —Vamos, mi cielo —la alzo y le doy un beso en la frente. —Gracias otra vez, señorita Laura. —Cuando guste, Maya —me dice, mirando a Alma—. Cuídate, pequeña. Hasta mañana. —¡Chao, profe! —saluda Alma agitando la mano, mientras yo la llevo al coche. * Ya en camino a casa, Alma va en el asiento de atrás. —¿Mami, sabes qué pasó hoy conmigo? —¿Qué pasó, mi amor? —le digo mientras le acomodo el pelito rubio tras la oreja. —Vi un camión de helados mientras te esperaba con la profe —cuenta con emoción—. No aguanté. Mis piernas solitas me llevaron. Y cuando crucé la calle, ¡zas! Un coche venía directo hacia mí. Pero... Se me paraliza el corazón. La sola idea me revuelve el estómago. No, no, no... —¿Estás bien? ¿Te pasó algo? —le reviso el cuerpo de arriba abajo. —Estoy bien, mami. Un señor alto me salvó —me dice como si nada, yo por dentro estaba nerviosa. —Y encima me compró helado —sigue, con los ojitos brillando—. ¡Mi favorito! El de chicle. ¿Y sabes qué? A él también le gusta ese sabor. Es un señor muy dulce. Me cayó re bien. No sé quién es, pero quiero encontrar a ese hombre y agradecerle con el alma. —Sí, mi amor. Ese hombre fue un ángel. Te cuidó cuando yo no estaba —le digo, abrazándola fuerte y dándole un beso suave en la cabeza. Y mientras ella sigue hablando del helado, yo solo pienso en que algún día quiero mirar a ese desconocido a los ojos y decirle: Gracias por salvar lo más valioso que tengo.
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