Soy tu princesa traviesa

1355 Palabras
MAYA Alma brinca sobre la cama como si tuviera resortes en los pies. Está loca de felicidad. —¡Yujuuu! ¡Mañana es mi día especial! Después de que volvimos del cole, la ayudé a cambiarse, almorzamos tranquilas y la llevé a descansar un rato. —Con cuidado, mi amor. Si te caes, me vas a sacar canas verdes —le digo sin despegar mucho la vista del portátil, sentada en el sofá. Ella se ríe, chispeante: —¡Mami! Estoy tan contenta. ¡Mañana estaremos juntitas todo el día! —Ay, mi vida, yo también estoy feliz. Va a ser un día solo para nosotras —le respondo, sonriéndole antes de volver al trabajo. Pero ni dos minutos pasan y ya la tengo encima, dándome golpecitos en las piernas. —¿Qué pasó, mi cielo? —Vengo a informarte algo de suma importancia —me dice con una pose seria, manos en la cintura. —Dígame, señora —le contesto, conteniéndome la risa. Si me río, me hace drama. —Cualquier cosa que estés haciendo, termínala hoy. Alma va a hacer lo suyo también. Porque mañana no hay más que juego y diversión. ¿ENTENDIDO? —me dice, alzando un dedito mientras el otro brazo le cuelga en la cintura. —Entendido, mi comandante —le pico la nariz con cariño y ella estalla en carcajadas. Su risa es mi canción favorita. Es el mejor regalo que me dio la vida. —Eres la mejor mamá del universo —me lanza un beso volado y me abraza rapidito. Antes de que diga otra cosa, sale disparada por el pasillo, cantando. * ALMA —Mami, Alma no puede comer esto. Está todo aguado —digo con cara de asco, dejando los plátanos sobre la mesa. —No está aguado, Alma —responde ella, frunciendo el ceño. —Estás haciendo show porque quieres una tortita, ¿verdad? ¡¿Cómo supo?! Me quedo congelada. —¿Eh? Nooo, mami. Alma no está haciendo show. Alma es una niña sincera. Ten fe en mí. Mami me mira, toma un trago de café. —Tu plan me parece sospechoso, señorita —me dice, se que no me a creido del todo. —Hora de usar el as bajo la manga —susurro bajito, y saco mi mejor carita de angelito triste. —Está bien, te doy otro. Alguno debe estar bien, ¿no? —me dice con una sonrisa que da miedo. No puedo con ella. Es demasiado lista. —No, mami. Todos están feos. Créeme, son como baba. Pero no hay que desperdiciar, ¿verdad? Así que, mejor... ¡hagamos tortitas de banana! —le digo con mi sonrisa de dientes expuestos. Esa que nunca falla. —Ay, qué viva que eres —me da un toquecito en la nariz y se va a la cocina riéndose. —¡Wii! ¡Las tortitas vienen en camino! —canto mientras coloreo feliz en mi cuaderno. * Esa noche, vuelvo a brincar sobre la cama. No puedo con tanta emoción. Ya cansadita, me acuesto en la cama suavecito. —Estoy agotada, mami —le digo con voz de peluche, mientras ella se me acerca con un vasito de agua. —¿Y por qué tanto salto, amor? —Porque estaba feliz... tan feliz que se me saltaban los pies solitos —le explico. Ella se sienta a mi lado, me da el vaso. Tomo un poco y se lo devuelvo. —Ahora a dormir, mi princesa —me acaricia el pelo. —No, mami. Hoy me acuesto tarde porque mañana es feriado —le contesto con una sonrisa de oreja a oreja. —¿Pero de dónde sacas tanta energía, criatura? —murmura ella, sin creérselo. * Amaneció. Mamá me dijo que tenía que ir a trabajar y que no podía llevarme. ¿Cómo que no? ¡Si yo solo quiero estar con ella! —Mamá, llévame contigo, prometo portarme bien. Mira, hago así—, le dije poniendo el dedo en mis labios para mostrarle que estaría calladita. Ella se agachó y me acarició la cara. —Mi amor, le voy a hablar a mi amiga para que te cuide. Te va a encantar estar con ella. Sí, claro. Yo no quiero a su amiga. Quiero a mi mamá. Punto. —Pero mami, hoy era nuestro día… solo tú y yo—, le dije sacando el puchero más triste. Ella me plantó un besito en los labios fruncidos, pero yo seguía igual de enojada por dentro. —¡Ay, mi chiquita! Mamá lo siente mucho—, me dijo, cubriéndose los oídos con cara de broma. Me dio risa, pero igual quería quedarme con ella. Y entonces… ¡se me prendió el foco! Si lograba hacer que no encontrara sus cosas, no podría salir, ¿no? —Está bien, mamá—, respondí mientras por dentro ya armaba el plan. —Te voy a dejar viendo tu peli favorita mientras me baño—, me dijo encendiendo la tele. Apenas salió del cuarto, salté de la cama y me fui derechito al clóset. Agarré una bolsa grande, de esas que usa para hacer compras grandes, y empecé a meterle todos los zapatos y bolsos que encontré. —¡Listo!—, aplaudí bajito cuando terminé mi misión. Me quedé pensando dónde esconderlos… —¡Ya sé! En mi armario—. Me brillaron los ojos de la emoción. Pero ay, ¡cómo pesaba esa bolsa! —Madre mia, esto pesa un montón—, dije entre dientes, arrastrándola como podía. Con toda la fuerza de mi cuerpito, logré esconderla y volví corriendo a la cama como si nada. Apenas me senté, mamá salió del baño envuelta en su toalla. —¡Ya salí, mi amor!—. Me abrazó fuerte y yo le devolví el abrazo. —Ahora mamá se va a arreglar—, me dijo dándome un besito en la frente. —¡Alma también quiere arreglarse contigo!—, le dije siguiéndola. Me encanta el maquillaje. —Está bien, princesa—. Me sentó frente al espejo y empezó a maquillarse. —Mi princesa linda—, me dijo tirándome de las mejillas. Yo solo sonreí. Me puse rubor como ella, y cuando abrió el clóset para buscar sus zapatos y bolsos... me aguanté la risa viendo todo desde el espejo. —¡Alma! ¿Dónde están mis zapatos y bolsos?—. Me miró con esa cara de enojo. —Y ese colorete, ¿qué es eso? ¡Pareces una payasita!—. Me quitó el maquillaje de las manos. —¿No estoy linda, mami?—, le pregunté. —Pareces una monita. —Una monita preciosa—, le respondí, pestañeando con ternura. —Alma, deja el show. Dime ya dónde están mis cosas. —¿De qué hablas? Yo solo estoy viendo mi película—, traté de sonar muy seria. —Alma, mamá no es tonta. Si no me los devuelves, te quedas sin juguetes un mes— Eso sí me dolió. Bajé la cabeza, hice circulitos con los dedos en la pierna y le dije bajito: —Solo quería que te quedaras conmigo hoy... Mamá se agachó y me habló con esa voz dulce que siempre me gana: —Voy a tratar de volver rapidísimo, ¿sí? ¿Dónde los escondiste? —En mi armario… pesaban un montón, pero los cargué todos. Soy fuerte, ¿verdad, mami?—, le dije mientras presumía mis músculos. —Fuerte y cada vez más traviesa—, respondió mientras sacaba las cosas de la bolsa. —Soy tu princesa traviesa—. Me reí. Me levantó en brazos y me abrazó fuerte. Ahí, cerquita de su pecho, es donde más me gusta estar. —Te voy a extrañar, mami—, le dije con carita triste. Ella me limpió la cara con una toallita y me sonrió. —Yo también, mi reina. Pero el trabajo es importante. Prometo que regreso pronto. —Suerte en el trabajo, mami—, le dije levantando el dedito. Me dio un beso en la frente.
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