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1061 Palabras
Aaron continúa el camino minutos luego. El calor que hace es insoportable, aunque una linda brisa corre por el cementerio. No sé si soy yo, o el lugar, solo que me es imposible no escuchar voces susurrantes y ver sombras blancas en las esquinas de cada tumba. Últimamente me siento extraña, ya saben. De ese modo en el que sabes que algo tiene que ocurrir para que te levantes de la cama. O peor, cuando tienes ese mal presentimiento de que algo malo ocurrirá tarde o temprano, que el tiempo sereno en el que te encuentras va a llegar a su fin en un par de días. O solo soy yo y mis sextos sentidos. —¿Cómo lo logras?—pregunta él—Vivir sin tus seres queridos. Al principio tuve la gran idea de responder que los olvidas y ya, que te obligas a no pensar en ellos. Sin embargo, pensándolo mejor, solo sé que no puedo darle una respuesta exacta o coherente. Vamos, uno pierde familiares, se da cuenta de que su persona falta, que esa tarde ya no será la misma que antes, que sin ella ya no será lo mismo. Al principio le quise decir que con práctica todo se logra. Pero no es así. Tú no quieres a alguien con la práctica. Nadie nos enseña a querer, olvidar, a vivir. Nadie nos enseña a ser padres o ser hijos. O incluso a morir. Entonces…¿cómo olvidas a alguien? —Todavía estoy tratando de comprender eso—digo al fin. Aaron se mantiene callado, tal vez a la espera de algunas palabras más de mi parte. Me dejo caer al suelo, entre la sombra más próxima del árbol detrás de nosotros y una lápida con forma de cruz, un tanto partida en los bordes del granito. Él también se sienta, y entonces me encuentro mirándolo fijamente, como cuando plantas la mirada en un punto fijo pero tu mente está en otro lugar. —Tu hermana…—dice dudando y se rasca la barbilla. Me mira de reojo, y yo vuelvo a la realidad—¿El caso sigue abierto? —Lo cerraron hace tres meses. ¿Por qué? Se encoge de hombros. —A veces los policías tienen ese descaro—implora—De cerrar casos que no están bien investigados. Levanto una ceja. —¿Qué sabes tú de mi hermana? Y él ataca con casi la misma pregunta: —¿Qué sabes tú de ella? —¿Me estás poniendo a prueba? Se encoge de hombros y eleva la comisura de la boca solo un poco hacia arriba. Y cuando lo hace, el hoyuelo en su mejilla se ve dulce, e incluso, sexy. Llamativo. . —Estoy comenzando a pensar que hay algo más detrás de su muerte. Algo que los polis no quieren que se sepa—el corazón se me acelera—¿No sientes lo mismo? Y me apresuro a decir, tanto, que incluso se me traban las palabras. Y él lo nota. —Creo que...que...que el culpable ya se descubrió. Esa es la verdad—la sonrisa en su rostro desaparece y me mira de arriba abajo, a lo largo de mi cuerpo. Por eso pronuncio:—¿Qué miras tanto? —¿Sabes que los más prestigiosos detectives usan mucho el lenguaje corporal para saber quién miente y quién no? Es una buena técnica, si me lo preguntas. Ante esa advertencia, porque no puedo tomar sus palabras como otra cosa, mi mente reacciona. ¿Y si es uno de ellos? ¿Y si resulta que, después de todo, yo tenía razón en cuanto a que algo más me viene persiguiendo desde que todo...terminó? ¿Y si por alguna razón de la vida, Aaron resulta ser uno más del enjambre de enemigos? Me inclino solo un poco hacia su figura. Él también lo hace, aunque mira mis ojos como si haya encontrado algo estupendo, algo que estuvo buscando por mucho tiempo. —No me das miedo. Y él contesta sin pánico, relajado diría yo. —No estoy aquí para darte miedo. —¿Ah, no? ¿Por qué la advertencia, entonces? —Es increíble lo mucho que las palabras pueden influir en una persona mentirosa. —No soy mentirosa. Aaron inclina la cabeza hacia un lado. —Lo averiguaré. Más tarde, Aaron y yo salimos del cementerio. Me acompaña hasta el auto en silencio, sin decir ni una palabra de lo que estábamos discutiendo. Tampoco digo nada sobre eso, porque todo me da tan mala espina que mi cabeza pone un muro de acero entre los pensamientos malos y buenos del día. Entro al auto, bajo la ventanilla. Aaron se acerca a mí, pone un brazo por encima del techo e inclina la cabeza un poco hacia abajo para verme mejor. Sus ojos mieles se ven más claros ahora, como si el sol pudiera derretir la miel que hay en ellos. —Payton me dijo que irán a correr mañana por la tarde. —Oh...lo habrá arreglado con Audrey. —Cualquier cosa...si puedes, dime. Estaré dando clases de kick boxing en el playón. Tal vez podamos cruzarnos. —No sabía que dabas clases. Aaron sonríe y me guiña un ojo. —Bueno, una cosa más a mi favor para invitarte a salir—me quedo de piedra, con una mano en el volante y la otra en la palanca de cambios—Wow…—dice luego—No puedo creer que haya dicho eso. —¿Por qué?—pregunto irónicamente—¿Tu jefe poli te obligó a salir conmigo para obtener más datos sobre mi hermana? Él se calla. Esta vez, yo le guiño el ojo y pongo el auto en marcha. Aaron se aleja. —Touché—pronuncia. ?? Cuando llego a casa son las ocho y media. Salgo del auto corriendo a todo lo que da, con las llaves en mano y el pelo todo revuelto. El cielo se nubló como por arte magia, hay demasiada humedad para mantener alejado el calor. Mamá está cruzada de brazos en medio del living, con un vestido n***o amoldado a la cintura, escote en v y zapatos oscuros a juego. Lleva dos aretes grandes de plata y su rostro va pulcra y delicadamente maquillado. Me hace acordar a la conductora del tiempo del canal once en las mañanas.
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