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1364 Palabras
—Dijimos a las ocho. Yo ya me estoy sacando las zapatillas y cerrando la puerta con un empujón de cadera. —Lo siento, lo siento. Se me hizo tarde. Ella camina en mi dirección a las escaleras, recordándome lo irresponsable que soy últimamente, que no me tomo en serio lo que es importante. Me permito poner los ojos en blanco, porque no es así. Sí, tenemos un mejor trato mutuamente. Sí, somos más unidas que nunca. Y sí, también confiamos en la otra mucho más que antes. Pero eso no significa que dejemos de pelear, que mamá olvide por completo que ahora tiene una sola hija. Incluso casi llega a olvidar mi cumpleaños. Todo se volvió mucho más complicado entre nosotras desde esa noche en el hospital. Que qué estuve haciendo todo ese tiempo a solas, con dos tipos que bien podrían haberme matado. Ni siquiera le importó que su hija tuviera moretones, que no pudiera dormir esa noche. Ni la siguiente, ni las otras que le siguieron a esa. No, solo fue ella y su novio. Solo fue mamá y el mundo. Y luego yo. Así que decidí cambiar. Cambiar de nuevo, porque las cosas empeoraron después. Tenía en mente que, posteriormente a lo que sucedió esa noche, mi vida podría volver a lo que fue antes. Ya saben, una rutina de ida y vuelta de casa a la facultad, de la facultad a casa. Salir con Audrey los fines de semana, como cualquier joven de veinte años que quiere pasarla bien y conocer chicos y hacer amigos por todos lados. Solo...que no fue nada de eso. Las pesadillas no se fueron, incrementan con cada hora transcurrida. Voces, aullidos, susurros...cosas que se mueven solas en mi habitación, espejos rotos y apagones de luces. Todo eso y más, solo cuando me encuentro sola. Una tiende a acostumbrarse a aquello. A estar siempre con un ojo medio abierto por las dudas. Así que cuando mamá me dice que me duche rápido y que si no estoy en el auto en quince minutos se irá sin mí, me apresuro a bañarme casi sin tiempo y a las corridas. Apenas me puedo secar el cabello, que ahora está bastante crecido como por mis pechos, y me pongo el mejor vestido que tengo. No sé a dónde vamos, y teniendo en cuenta cómo mamá se vistió, opto por uno elegante, pegado al cuerpo con dos tiras de cuero a los costados, de color grisáceo. Estoy poniéndome las zapatillas...solo que me las quito y me obligo a probar suerte con los tacones. Solo un poco de delineador, perfume de frutilla, los aros redondos y listo. Bajo las escaleras como si estuviera pisando huevos. Mamá ya está con las llaves del auto en mano con el celular pegado a la oreja y hablando con Anthony. Me subo al coche luego de cerrar la puerta de casa, mientras que mamá lo pone en marcha. Cuelga el teléfono y yo lo enciendo para poner música y conectarlo a la radio vía bluetooth. —¿Qué es lo que siempre te hace llegar tarde?—pregunta con voz seria. —Lo siento. —No, Blas—dice ella, doblando a la derecha y tomando la primera subida a la carretera—Estoy cansada de tanto lo siento, lo siento. —Lo sien…—me callo y miro por la ventanilla. Las primeras gotas de la noche comienzan a caer—Tengo la cabeza en otra cosa. —¿Qué es más importante que esto?—pregunta—Dime, así lo sabré. Porque parece que todo te da igual. —Sabes que no es así—digo yo—Si tan solo…. —¡Dame una razón para creerte!—levanta la voz—¿Por qué te comportas así? Loraine no tenía… —Yo no soy Loraine, mamá—ahora es cuando ella se detiene y yo siento la ira crecer en mi interior, lo siento en cada poro de mi cuerpo. Ella sabe lo mucho que odio las comparaciones, lo mucho que detesto que a cada rato me recuerde que mi hermana no era así a mi edad, que ella se comportaba como mamá quería—No puedes pretender que siga los mismos pasos que ella. —Pero puedes intentarlo. Allí se acaba la conversación. O al menos, cuando me quedo callada sin saber qué decir. Mamá conduce rápido por el carril izquierdo, mientras que miro por la ventanilla a las gotas de la lluvia y pienso en que, tal vez, lo mejor haya sido decirle que sí a todo y no ser la oveja negra de la reducida familia. Cuando llegamos al restaurante mamá aparca a una cuadra. Caminamos hasta allí a las apuradas. El edificio es grande, luces de navidad doradas enrolladas en los troncos de los árboles de la entrada, amplios ventanales con cortinas sin abrir de color bordó. Se ve mucha gente dentro, bien vestida. Hombres con trajes, mujeres con vestidos. Un lugar al que no todo el mundo puede asistir. Para aquellos que pueden pagarlo. Y cuando la mujer trajeada, de cabello recogido en una coleta alta y con anteojos, nos pregunta si hemos reservado una mesa, mamá responde que sí, a nombre de Anthony McNamara. —Por aquí, por favor. Ambas seguimos a la mujer entre mesas con personas irreconocibles, aunque las miradas que se posan en mí no me sientan para nada buenas. Es como estar en un lugar sospechoso, incómodo en todos los sentidos posibles. Las luces del lugar están bajas, hay susurros por toda partes, conversaciones entre familias, amigos, parejas. Hay olor a limón en el ambiente. La mujer nos señala una mesa casi llegando al fondo, pegados a una barra elegante que separa nuestros asientos del resto. Hay un hombre sentado allí, leyendo la carta del menú. Y cuando levanta la vista hacia nosotras y ve a mamá, deja todo en la mesa a un lado. La moza se aleja y nosotras nos quedamos allí. Anthony es buen mozo. Demasiado que hasta incluso me sorprendo. Va trajeado en n***o, con una corbata roja por debajo del saco. No tiene ni un pelo en el rostro, el cabello n***o y bien peinado hacia atrás, con ondas y sin gel. Sus ojos, marrones y comunes al resto, no parecen tener ninguna mala intención. Sin embargo, hay algo que está mal. Algo que no me gusta de todo esto. —Siento la demora—dice mamá depositando un beso en los labios de Anthony. Tengo que apartar la mirada para no vomitar—Ya sabes como son los niños. Quise responder a eso con un rebelde comentario, algo así como no soy una niña, Rose Clark. Aunque me lo guardé. En su lugar, le devuelvo la sonrisa al novio de mi madre en cuanto me ve y viene hacia mí. —Tú debes ser Blas—pronuncia con voz de locutor, grave, firme. Poderosa. Me toma del hombro suavemente y me da un beso en el cachete. Instantáneamente, su colonia de Antonio Banderas me rodea-Un gusto conocerte, al fin. —Si, bueno...mamá me obligó a venir, no me dejó otra opción. —Blas…—dice mamá en advertencia. Y yo sonrío de más. —Es un chiste, Thony—bromeo con su nuevo apodo. Él me sonríe también, tomando asiento al lado de mamá. Yo también lo hago, solo que frente suyo—¿O debería llamarte Anthony? —Thony me gusta—dice él con ambas manos por encima de la mesa. Parece seguirme el juego, o solo lo hace por querer ser buena onda con la insoportable hija de su nueva novia—¿Tú que dices, cielo? Abro los ojos, de sorpresa. Mamá intercala la mirada entre ambos, nerviosa. —Creo que suena bien. —Perfecto, entonces—dice Anthony y toma la carta de los vinos—Pedí que trajeran un Château de St. Cosme Gigondas—habla de vinos como si fuera un experto:—Pensé que un vino rojo tan energético como este vendría bien para la ocasión—acomoda la servilleta blanca sobre su regazo y mamá lo mira embobada—¿Te gusta el vino, Blas?
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