Capítulo 2 ¿Me recuerdas?

1500 Palabras
Irene caminó sin rumbo, ya era demasiado noche, pensó en su hija, en ir a buscarla, en el porqué su esposo la había tratado de esa manera, si ella jamás le había causado mal, lo conoció cuando llegó a España, y trabajó como mesera en un bar, ahí donde Mateo llegaba todas las noches a tomar, ella se enamoró de él, y se casaron, la sacó de esa vida y le dio todo, todo menos amor, y sin embargo ella que estaba sola, no le quedaba más que aguantarlo, perdonarlo siempre, y luchar por su matrimonio y por su hija, pero ahora todo se veía muerto, todo había acabado ya, y Paula que era su única amiga la había traicionado vilmente, y ya no tenía adónde ir, solo le quedaba regresar a casa de sus suegros y llevarse a la niña. Pensaba en eso mientras escuchaba que alguien la perseguía, no era una sola persona, eran muchos, así que no se atrevió a voltear, intentó caminar más rápido, pero no podía, estaba demasiado tomada, de pronto, no escuchó más, solo sintió cuando el pañuelo le cubría la boca, quedó inconsciente, había caído en manos de unos ladrones, tomaron su maleta, su celular, y la desnudaron, iban a violarla, cuando una camioneta se estacionó a su lado. — Lárguense de aquí, son seis contra esa pobre mujer — Dijo el hombre al abrir un poco la ventana de su auto, mientras apuntaba con un arma. — ¿Acaso quieres unirte? — Preguntó uno de los tipos que había atrapado a Irene, eso le conmovió la paciencia a Hugo, un tipo que estaba atado a la mafia, pero que tenía un buen corazón, sus padres lo habían condenado a hacerse cargo del negocio en contra de su voluntad, y a pesar de tener el mismo poder que ellos, no asumía eso en su conciencia, era un hombre bueno y justo, y si estaba metido en ese asunto, era porque desde que sus padres habían muerto, sus tíos lo amenazaron con matar a su hermano pequeño si él los traicionaba. Así que ver esa escena le provocó rabia. —Lárguense ya y déjenla o me veré en la obligación de dispararles – les advirtió y lanzó un tiro al aire. Los seis hombres corrieron espantados, al percibir que las armas que llevaban los otros eran unas con mayor potencia que las suyas y que intentar defenderse sería provocarse la muerte. Hugo continuó disparando al aire, hasta que los seis cobardes se regresaron a su vehículo y se largaron, solo hasta verificar que no estuvieran cerca, Hugo se bajó de la camioneta escoltado por sus hombres. Se acercó a Irene, que todavía estaba desmayada en el suelo, inconsciente, solo respirando por milagro, agarró su cara y la volteó para poder mirarla de frente, la luna apenas y alumbraba. —Diego, trae la linterna – le ordenó a uno de los que lo acompañaban y este obedeció de prisa, tomó la linterna y alumbró a Irene que estaba cubierta de sangre, se sorprendió al mirarla y dio un paso hacia atrás. —¿Está muerta, jefe? – preguntó Diego —No imbécil – dijo titubeando, tragó grueso, volvió a alumbrar y se acercó al cuerpo nuevamente, sacó su pañuelo y limpió la sangre. Los hombres que lo acompañaban nunca antes lo habían visto de ese modo, estaba pálido, y con los ojos llorosos - ¿Qué pasa? – preguntaron en coro Hugo se volteó para mirarlos con ira y arrogancia, le fastidiaba que intervinieran en sus acciones, tomó el arma y disparó al aire de nuevo –Recójanla con cuidado, no estés preguntando estupideces– les ordenó —Pero, Hugo – se atrevió a decir Diego —Pero qué – les gritó lleno de ira —¿Qué hacemos? – preguntó para disimular —Dejarla en mi auto – gritó sin levantarse y sin dejar de mirar el cuerpo de Irene —Eso puede ser muy peligroso – Se atrevió a decir Diego que era el hombre de confianza de Hugo, el único capaz de hablar —Me vale madre, que sea peligroso, gracias a esta mujer estoy vivo y estoy escuchando sus estupideces, obedezcan ya – volvió a gritar alterado, ante esas palabras sus subordinados se quedaron más atónitos y espantados, pero si algo sabían era que debían hacer lo que Hugo decía sin preguntar más, pues lo que había dicho era demasiado fuerte como para no obedecerlo. Pero antes que ellos pudieran tocarla, la tomó en sus brazos, borracha, inconsciente y golpeada, apagó la linterna y bajo la oscuridad lloró por saber que esa pobre infeliz que estaba casi muerta era quien años atrás le había salvado la vida, alguien a quien había buscado por años. Mientras Hugo miraba a Irene, sus acompañantes no se atrevieron a decirle nada, estaban absortos, y por la oscuridad no eran capaz de percibir cómo estaba su jefe, solo se impresionaban porque raras veces se detenía a salvar a las personas que estaban en peligro. Hugo tomó fuerzas y la levantó en sus brazos – Vamos yo la llevo, ustedes abran la puerta de atrás – dijo tras caminar de prisa al auto con la mujer a cargo. En lo que terminó la noche, Irene no reaccionó, hasta las ocho de la mañana, despertó con el hombre desconocido que la había salvado, sentado a su lado con el semblante frío, ella estaba desnuda y no recordaba nada de lo que le había pasado, la única imagen que tenía en su cabeza era la de esos vándalos, y creyó que Hugo era uno de ellos, estaba tan aturdida que cuando le vio el rostro no recordó que alguna vez se habían encontrado. —Déjame ir, por favor, te lo suplico, déjame ir – suplicó con sumo dolor por las heridas que tenía en sus labios, no sabía dónde se encontraba, y al verse en ese estado pensó que había sido víctima de una violación. Intentó levantarse de la cama para escapar, pero Hugo la volcó nuevamente, colocándose encima de ella, tuvo miedo de ese hombre que era muy atractivo. Al único que había tenido de frente en esa posición era a su marido Mateo y se sentía incómoda de estar así ante otro hombre, se sintió nerviosa, y aunque estaba asqueada y recordaba bien la situación con Mateo así que lo único que pensó fue en decirlo – déjame, no te atrevas a tocarme, estoy casada y tengo una hija – advirtió sintiéndose estúpida por decir eso, sabiendo que no tenía sentido mencionarlo. Hugo la miró y sintió lástima por ella, la recordaba sí, pero él era demasiado bueno como para hacerle daño, y pese a que la tenía ahí desnuda y que fácilmente podía provocarlo, no quiso aprovecharse de la situación — ¡¿Así vas a pagarme!? – le dijo algo triste, Irene no comprendió a qué se refería, solo arrugó la cara y cerró los ojos para no mirarlo. —¿A qué te refieres con pagar? ¡No sé por qué estoy aquí! ¿Quién eres tú? ¡Maldita sea, déjame escapar, por favor, te lo suplico, déjame ir! – gritó desesperada, sin poder abrir los ojos, esperando clemencia, intentando escapar, quiso liberarse de él, moviendo su cuerpo, pero la presión y el peso del cuerpo de Hugo encima de ella eran todavía más fuertes que ella, pero aun así logró empujarlo un poco. —Esto – dijo mostrando la hoja con la receta médica y gastos pagados a un médico que la había atendido y que él había contratado para que le curara las heridas y diera tratamiento para el dolor provocado por los golpes. Irene abrió los ojos para contemplar lo que mostraba, tembló de miedo al ver la cifra tan enorme a pagar, sintió que la respiración se le dificultaba, estaba muy agitada por la tensión del momento y el peso del hombre que estaba encima de su cuerpo, no entendía nada, las confusiones en su cabeza eran cada vez mayores. —Yo, yo no tengo cómo pagar eso – dijo con la voz cortada y triste, sintió que su vida ahora era más terrible de lo que era antes de salir de su casa, se odió por haber entrado a ese bar y haber tomado más de la cuenta, colocó su rostro de lado en la almohada solo sintiendo en su boca el amargo y salado sabor de sus lágrimas – Prometo pagarte después, pero déjame ir – murmuró con la voz seca y casi sin aliento. Hugo la vio tan vulnerable, sabía que no tenía nada y lo que menos quería era tenerla presa, así que se compadeció de ella, recordando lo que hace unos años había pasado, no quiso decirle nada, solo se levantó y caminó cabizbajo, sintiendo piedad por ella. — Si vas a irte, vete ahora – dijo colocándose de espalda para no mirarla – Toma ponte esto le dijo tirándole el saco que llevaba puesto
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