Capítulo 3 - Por mi hija, lo que sea

1500 Palabras
Cuando tocó la manigueta de la puerta sintió que el alma le regresaba al cuerpo, estaba supremamente nerviosa, salió y cerró con sumo temor. Hasta ese momento se dio cuenta que se encontraba en un hotel, lo raro fue que nadie le preguntó nada, ni siquiera la recepcionista que estaba en el vestíbulo, ella tampoco se atrevió a hablar, solo miró a todos lados, nerviosa, y salió de ahí. Solo envuelta con ese elegante saco y descalza, se tocó la cara, supo que tenía unas vendas pequeñas y que le ardía, también le dolía la espalda, pero era capaz de percibir que le habían puesto algún tipo de ungüento, se vio también las piernas, llenas de moretones. Caminó agarrándose de la pared de las casas, el sol quemaba su cuerpo y sus pies, pero nada importaba, solo quería recuperar a su hija y divorciarse de Mateo, para empezar una nueva vida lejos de ahí. Caminó cuatro cuadras desconocidas para ella, no sabía dónde estaba, y se detuvo en una acera hasta que comprobó que nadie la seguía, se obligó a pensar en qué era lo que había sucedido, en el por qué esa mañana había amanecido con ese hombre tan raro, pero todo esfuerzo fue en vano, solo tenía en la mente la cara de Hugo, distorsionada, completamente confundida intentaba atar sus recuerdos con su rostro, pero pensó que estaba loca, que estaba pensando cosas que no eran realidad. Se abotonó el saco, y pasó sus manos por el bolsillo, sintió que ahí había algo y se llenó de más miedo, metió su dedo pequeño para verificar, y en efecto, era algo muy duro, así que metió su mano y por la forma descubrió que era un arma. Miró a todos lados con miedo, no se atrevió a sacarla, prefirió quedarse inmóvil ahí, su corazón latía a mil, sintió temor de que aquel hombre la siguiera para recuperar su arma, o pensó que quizá era una trampa. Llevó su mano hasta el otro bolsillo y ahí encontró dinero, eso fue lo único que le dio aliento, había ahí 150 dólares. Miró hacia todos lados, se levantó y caminó más rápido, cabizbaja, con sus brazos cruzados para que el saco pudiera envolverla bien, se detuvo hasta encontrar una tienda. Entró al local y compró ropa y un par de zapatos, salió de prisa asediada por los ojos de las personas que la miraban y se sintió más desdichada, sin vergüenza alguna, se vistió en plena calle, total ahí nadie la conocía y debía hacer eso para recuperar a su hija. Se puso el mismo saco en donde estaba el arma y paró un taxi. —Necesito que me lleve a Sarrià-Sant Gervasi, avenida dos, casa 25 – dijo y se subió rápidamente, como si su mente la hiciera pensar que alguien la seguía. Al estar frente a la casa de su suegro en donde había dejado a su niña, sintiendo que por fin la vida era buena con ella, pero tuvo miedo. —vengo por Sara – mencionó tras que la empleada le abrió la puerta —A la niña se la llevó Mateo, anoche, cómo es que no estás enterada – murmuró asustada. Irene ni siquiera se detuvo a preguntar más ni a contestarle. Dio la vuelta y corrió a la calla de nuevo, paró otro taxi, y lo pagó con los únicos diez dólares que le quedaban. ¡Es un maldito canalla! – se decía en su mente mientras la ansiedad la consumía y las lágrimas rodaban por su cara, Sara era lo único que le quedaba en la vida, y no estaba dispuesta a perderla mucho menos a dejarla en manos de Mateo y su amante, eso era algo que no sería capaz de permitirse. Lloró durante todo el trayecto a su anterior casa, y sintió de nuevo esa amargura en el corazón, llena de arrepentimiento por haber permitido tanto. Mateo abrió la puerta, y puso la cara de espanto — ¿Qué vienes hacer maldita perra? ¡Te dije que te largaras de mi vida! – gritó a lo inmediato —Dame a mi hija y firmemos hoy mismo el divorcio– gritó ella furiosa, empujándolo con fuerza para que pudiera abrir bien la puerta de modo que pudiera entrar. Mateo la agarró con furia por la espalda, atándole las manos y tapándole la boca, Irene sintió como si el dolor de los golpes que llevaba en el cuerpo, revivieran, pero no estaba dispuesta a rendirse. —No se hará lo que tú quieras, sino lo que yo diga, recuerda que la llevas toda de perder, pues yo soy uno de los abogados más importantes de este país – dijo con sarcasmo mientras se reía con malicia —¡Mami! Volviste – gritó la niña con emoción mientras bajaba las escaleras —Quédate ahí – le ordenó Mateo entre gritos y ella se quedó inmóvil temblando de miedo al ver la forma en que tenía a su mamá y los golpes que esta llevaba en la cara Irene se defendió pateándolo en la entrepierna, esa fue la única manera de que él pudiera soltarla y apartarse, corrió en busca de la niña, pero antes de que ella pudiera subir las escaleras, él de nuevo la tomó, la tumbó al suelo, boca abajo y la golpeó enfrente de la niña. —Mamita, no te mueras mamita – gritaba la niña desesperada, corrió hacia Irene y cuando se tomaron de las manos, Mateo le gritó - ¡Quítate, mocosa! – y la amenazó con el cinturón que llevaba en el pantalón, la niña tembló de miedo, pero Irene la sujetó con más fuerza, y llenándose de valor, se volteó, al tener de frente a Mateo sintió un dolor en el corazón muy horrible, no podía creer cómo el hombre que alguna vez creyó que la amaba, las tratara de esa manera, se tragó la saliva, y se obligó a no derramar una lágrima más por él. Tenía el cuerpo demasiado adolorido, pero solo le importaba su hija, y por ella estaba dispuesta a soportar todo y hacer lo que fuera necesario. — No más, se acabó, Mateo – dijo con seguridad, mientras esquivaba los golpes con sus manos. —No vas a librarte tan fácil de mí, maldita repitió él una y otra vez, Irene solo sintió las palpitaciones de su hija completamente acelerada por el susto, y eso la llenó de valor, sabía que debía protegerla. —Hija, colócate atrás de mí – dijo nerviosa mientras con fuerza se levantaba, Mateo hizo lo mismo, la sujetó del cuello con rabia, mostrando sus enormes dientes, como un verdadero monstruo, pero Irene intentó mantener su respiración, la niña se agarró de sus piernas temblando. Irene pasó su mano derecha hasta el bolsillo donde estaba el arma, y sin temor alguno la sacó y se la puso en el pecho, cuando Mateo la miró se asustó; sin embargo, él sabía que Irene siempre había sido débil y creyó que no sería capaz de hacerle nada. —Tú me tocas y te mato – le gritó Irene con la voz temblando de nervios, y el cuerpo de la misma manera. Mateo caminó hacia atrás, fingiendo miedo, pensando que de esa forma ella podía calmarse – No volverás a vernos nunca, maldito – vociferó Irene mientras caminaba a pasos sigilosos buscando la puerta para escaparse, la niña la seguía con sollozos, sujetándose fuerte. —Maldito, no te atrevas a moverte – Le gritó tras mirarlo caminando hacia ellas a paso lento también – quédate ahí o disparo – le advirtió titubeando, mirándolo con furia, y los ojos desorbitados, completamente absorta. — No te tengo miedo y lo sabes, no me puedes hacer nada, eres una vagabunda, que yo saqué adelante y aquí no tienes a nadie que te ayude, así que no seas ridícula, me pregunto con qué tipo de gente te has estado relacionando como para andar un arma y traerla a esta casa delante de tu hija – vociferó él, riéndose con sarcasmo, con esa malicia que tanto miedo había infundido en Irene durante cinco años, pero que ahora le parecía un chiste. Lo que más le dolía era que su hija estuviera presenciando ese momento tan horrible. —Mamita, vámonos – masculló la niña en medio de sus sollozos. Mateo se apresuró a caminar hacia ellas, y en un arrebato intentó quitarle el arma – Corre, hija, corre – le ordenó Irene a la niña y esta no tuvo valor para moverse, solo se acurrucó apretando fuerte el pantalón de su mamá. Irene intentó defenderse, pero como Sara estaba atrás de ella, la movilidad se le dificultaba, no se atrevió a hablar, ni a reclamar nada, él le agarró la muñeca en donde llevaba el arma y se la apretó ejerciendo mucha fuerza, pero Irene continuó luchando con él, la niña tapó sus oídos para no escuchar las palabras horribles que su padre decía, temía por lo que pudiera ocurrir,
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