Capítulo 4 - Quería hacerlo

1097 Palabras
— Maldita perra, no vas a matarme — Estúpida mojigata, tardaste años en sacar las garras — No sabes siquiera cómo funciona un arma, imbécil Decía una y otra vez, mientras Irene cansada de luchar solo podía gemir para controlar su respiración, Irene pensó en que matarlo era la única solución a sus desgracias, solo necesitaba liberarse de él y llevarse a su hija, el miedo, el rencor y los nervios no la dejaron pensar con claridad, no supo si en verdad ella tenía el dedo puesto en el gatillo o en verdad ni siquiera estaba tocando el arma, ella intentó subir su mano, para que no estuviera cerca de sus piernas en donde se encontraba la niña, así que sintiendo el peor de los dolores corporales, la levantó, las manos de ambos entrelazadas, el miedo le impedía verificar a qué dirección apuntaba el arma. Mateo seguía peleando por quitársela. —Mami, ya no más, vámonos – gritó la niña, y esas palabras la hicieron detenerse, calmar su fuerza, y bajar la guardia en su defensa, no quería que su hija mirara más desgracias, ni que tuviera recuerdos tan terroríficos, sin embargo eso era solo sensatez de su parte, pues Mateo tras mirarla de nuevo débil, aprovechó para quitar el arma de su mano, en un segundo, los oídos de Irene escucharon el sonido de la bala saliendo de la pistola en dirección al brazo de su esposo. No supo en qué momento jaló el gatillo, ni siquiera recordó si ella tenía puesto su dedo ahí, o si cuando él se la arrebató él mismo lo jaló. Se miró las manos cubiertas de sangre, tembló de miedo en silencio, cuando lo miró en el piso herido, pero todavía con ganas de ofenderla. — Maldita perra, me desgraciaste la vida, me las vas a pagar, maldita seas una y mil veces Irene ni siquiera pudo prestarle atención a esas palabras, el corazón le latía aceleradamente y la respiración la tenía congelada, al punto de sentirse totalmente seca la garganta, la niña giró su carita fuera de las piernas de su madre y miró con horror la escena de su padre en el suelo que después de gritar empezó a gemir de dolor. Irene estaba completamente aturdida mirando la sangre y viendo a Mateo palidecer en el suelo con su brazo herido, no supo identificar si sentía lástima o alegría por verlo así, derrotado, humillado como tantas veces ella lo estuvo, cuando él la tiraba al suelo y la golpeaba y no atendía a sus ruegos, para después de un rato pedirle perdón. Tocó a la niña para cerciorarse que estuviera bien y que todavía se encontraba atrás de ella — no quise hacerlo — se dijo mientras rompía en llanto. Se alertó cuando escuchó el bullicio de los vecinos que al oír el disparo se habían alertado y llamado a la policía, se movió del sitio, Mateo ya no tenía fuerzas para hablar, pensó que había muerto. Miró a la niña, pero Irene estaba llena de sangre y con la cara como la de un espanto, lo que a Sara le pareció horroroso, no dejó de llorar, se tapaba los ojos y los oídos, estaba completamente perturbada por la escena, en la que no era capaz de diferenciar quién de los dos era el malvado. — Mamita, por qué mi papi está así, qué le hiciste, mamita — decía en medio del llanto — tú no lo mataste verdad, dime que tú no lo mataste, él no está muerto, verdad, dime que no está muerto — agregó y corrió tapándose los oídos y llorando, la sangre le causaba demasiado miedo y no pudo seguir mirando a su padre que yacía en el suelo inconsciente, así que de prisa subió las escaleras y se encerró en el cuarto, mientras continuaba gritando y llorando asustada. Esa última frase destrozó el corazón de Irene que no se atrevió siquiera a mover la boca, y justamente cuando iba a correr tras ella para huir los oficiales de la policía la sorprendieron, supo que eran ellos su cara de espanto fue mayor ante eso, movió la cabeza de un lado a otro con las lágrimas cayendo con mayor intensidad. — Yo no lo maté — dijo nerviosa en repetidas ocasiones, mientras miraba hacia afuera en donde estaban reunidos todos sus vecinos y la policía. Los hombres entraron a toda la casa y se cercioraron que no hubiera nadie más, pero ni siquiera se dieron cuenta de que ahí estaba la niña, pues se había metido bajo la cama y calmó su llanto tras escuchar voces desconocidas. Alguien llamó a la ambulancia, y los paramédicos recogieron el cuerpo y lo llevaron hasta el hospital, al mismo tiempo que la policía apresaba a Irene. Ella quiso gritar que la soltaran, que por favor la dejaran mirar a su hija y despedirse de ella, pero pensó que si la mencionaba podían llevársela también, así que prefirió callar, y someterse a lo que le estaban haciendo injustamente, puso su rostro duro, llena de ira, era increíble ver como de un momento a otro su vida había cambiado por completo, se había quedado sin matrimonio, había sido abusada por unos vándalos, había amanecido en un hotel con otro hombre, sin recordar nada, y ahora posiblemente había asesinado al padre de su hija, el dolor en el pecho era incalculable, la repulsión que sentía ante todo lo que le había sucedido era demasiado terrible. No lograba sacar de su cabeza la imagen de todo lo sucedido, los vándalos tras ella, el hombre que la había tenido desnuda en la mañana y el cuerpo de su esposo cayendo tras el disparo – Tiene derecho a guardar silencio o todo lo que diga será usado en su contra — dijo el oficial que iba a su lado, Irene tragó grueso y miró hacia el suelo en silencio. Todos sus vecinos la observaban impresionados, pues la sangre en su cuerpo la delataba. La metieron a una celda fría, acompañada de otras mujeres delincuentes, un ambiente hostil, y sobre todo injusto para ella. Se sentía arrepentida por lo ocurrido, y a la vez preocupada por su hija, de la cual no sabía nada, se odió por no tomarla en sus brazos y dejarla correr, y se odió por haber sacado esa arma y no utilizarla correctamente. — Ojalá esté muerto — dijo en su mente llena de rabia, apretando los ojos para no sentir más dolor en el cuerpo, lloró mientras las mujeres burlonas que la acompañaban la miraban como un bicho raro
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