Capítulo 5 - ¿Quién eres?

1434 Palabras
El día terminó, Irene no dijo ni una sola palabra, pese a las burlas de las mujeres, se durmió cuando se hizo de madrugada, pues el olor fétido de aquel lugar era terrible, tenía mucho miedo. Pensó que quizá al día siguiente las cosas serían mejor, pero nada fue así. Su desayuno fueron las palabras del policía que se acercó a la celda, sonando los barrotes para despertarla. — Irene Rodríguez, debe acompañarnos ahora mismo — ella se levantó de prisa, con la esperanza de que la librarían, sin embargo fue todo lo contrario. — Su marido ha sido atendido por los médicos, y se encuentra en condiciones delicadas, por lo cual se ha presentado un citatorio del juzgado, siendo acusada de lesiones dolosas en perjuicio agravado y premeditado al señor, el abogado Mateo Ricardo Pérez García, por lo cual mientras no se establezca una mediación por parte suya y de la víctima, usted deberá pasar bajo prisión preventiva, hasta que lo resolvamos en el juicio, si tiene cómo pagar un abogado nos notifica en un lapso de 12 horas, de lo contrario se le asignará uno por el estado — agregó el hombre, Irene solo pudo arrugar su cara llena de dolor, el hombre que había amado ahora la acusaba para hundirla más, a sabiendas de que él mismo había provocado todo –Maldito no te moriste — volvió a pensar con ira. La regresaron a la celda, se sentó en las losetas frías que ocupaban de cama, y miró fijamente la pared manchada, en donde vio reflejado tantos recuerdos con su hija y con Paula la que era su amiga y ahora mayor enemiga, eso le causó una tristeza indescriptible, se miró el cuerpo, sucio, manchado de sangre, estaba hedionda, ya hacían dos días, que el agua no tocaba su cuerpo, y hacerlo en ese lugar le parecía más asquiento, su estómago rugía de hambre. — Tiene visita — dijo el guardia de nuevo a su puerta, se sorprendió de que alguien de sus amigos pudiera visitarla y sintió vergüenza de que pudieran verla de ese modo. La llevaron hasta la sala de visita, y para mayor de sus desgracias quien estaba ahí era Paula, luciendo despampanante, con un vestido de marca y unos tacones dorados preciosos, llevaba el cabello suelto y los labios pintados en rojo. — Qué haces aquí, maldita — gritó intentando soltarse las manos de los guardias, la cólera que llegó a su cuerpo hizo que le hirviera la sangre. Era tan grande su frustración. Paula solo rio con malicia, ni siquiera parecía la misma mujer avergonzada del día en que fueron descubiertos. — Querida amiga — exclamó con sarcasmo mientras tomaba asiento, en cambio Irene pataleó una y otra vez, forcejeando con los guardias impidiendo que pudieran soltarla y dejarla sentada – solo he venido a decirte que mientras estés aquí cuidaré bien a tu hija — agregó mirándose las enormes uñas que llevaba. Esas palabras destruyeron el corazón de Irene, lo que menos quería era que su hija tuviera que padecer en manos de la amante de su marido. — Maldita, eres una maldita arpía, quédate con el inútil de Mateo pero a mi hija no te atrevas a tocarla — le gritó con más furia, sintiendo frustración por no poder soltarse y abofetearla Paula rio, y eso para Irene fue fulminante no era capaz de creer que a la que tenía en frente era la mujer en quien más había confiado, ni entendía cómo era posible que estuviera actuando de ese modo tan distinto, como si no se conocieran, como si todo el cariño que pensaba que existía entre ambas se esfumara y tuviera ante ella una mujer malvada que desconocía totalmente. — Al final de cuentas, amiga, tú lo tenías descuidado con tu patética forma de ser — dijo todavía con más sarcasmo — Maldita, no te atrevas a tocar a mi hija, quédate con Mateo si quieres, ese es un ser despreciable igual que tú, pero a mi hija déjala en paz, o entonces si vas a conocerme — le advirtió entre gritos y lágrimas, quiso decirle más, pero los oficiales la arrastraron a la fuerza, de nuevo a la celda, y Paula salió triunfante de ahí, sintiéndose feliz por haberla humillado. Regresar a la celda fue más decadente, escuchar a Paula decir esas palabras fue la estocada más hiriente, la impotencia era superior, y el dolor tan inmenso que no pudo mantenerse en pie, tras que los oficiales la tiraron adentro, se tiró al suelo a llorar y a gritar desesperadamente, maldiciendo cada cosa que le estaba pasando, el dolor le sobrepasaba las fuerzas y la cordura. — Cállate cobarde — escuchó que la jefa de la celda le gritó, y a lo inmediato las otras dos mujeres se unieron para agredirla. — Nos tienes harta — dijo la otra — Ay miren a la niñita de mami — agregó la otra riéndose y con una voz sardónica — Vamos a divertirnos Las tres mujeres la humillaron con sus palabras y se rieron de ella, Irene se sintió desolada, sin amparo alguno, se volcaron sobre ella para golpearla, alegando que lo hacían para que dejara de llorar y gritar, quiso defenderse, pero todo intento fue en vano, sintió mucho rencor ante aquellas mujeres que ni siquiera conocía y la estaban lastimando sin ningún motivo, ni siquiera habían preguntado el motivo por el cual gritaba o lloraba, solo injustamente se habían aprovechado de su vulnerabilidad. Irene cayó inconsciente en el piso debido a la cantidad de golpes recibidos y heridas hechas con una arma cortopunzante que tenían ellas. Todo parecía supremamente gris para Irene, como si nada en la vida fuera bueno para ella, tanto dolor acumulado en tres días era demasiado para un cuerpo famélico y solo. Las injusticias estaban por todos lados, los guardias no la defendieron ni cuando estuvo frente a Paula, ni cuando con sus gritos pidió auxilio suplicando clemencia ante sus compañeras, sino que en cambio de arremeter contra ellas, se ensañaron en hacer el momento más horrible. — Levántate ya — le gritó el hombre tras salpicarla de agua completamente fría. Ella tras sentir el agua helada se sobresaltó levantando un poco su torso y abriendo la boca para no ahogarse, solo logró escuchar las risas de las mismas mujeres — Anda, no atrases — volvió a decir el hombre mientras cogía su brazo delgado para levantarla con fuerza y hacer que su cuerpo se pusiera en pie, sin importarle que podía resbalarse en el mismo charco de agua en el que estaba — Señor, ellas me agredieron — dijo con la voz contrita y temblorosa por el frío que le causó el agua, pero al hombre ni siquiera le importó lo sucedido ni los golpes que Irene tenía, prefirió ignorarla y finalmente decir algo grato. — El dueño del arma utilizada ha pagado todos los cargos emitidos en su contra, y ha aclarado a las autoridades el motivo exacto por el cual usted poseía el arma, de igual forma la acusación que hizo el licenciado Mateo, ha quedado saldada debido a la falta de pruebas — mintió, pues era claro que se habían vendido. Irene se quedó atónita ante esas palabras, pues cómo era posible que el mismo hombre desconocido que había visto la mañana anterior se atreviera a llegar hasta ahí y pagar quien sabe qué cantidad de dinero para que la liberaran. — ¿De quién habla señor? — preguntó desconcertada mientras el hombre abría la puerta de la celda para que Irene saliera — Hugo Montalván, el dueño del arma, no comprendo por qué no sabe a quién me refiero — dijo el hombre completamente extrañado Irene decidió callarse y no seguir haciendo más preguntas, pues pensó que podía meterse a problemas, y lo mejor era escapar. Sintiéndose segura dio una vuelta y miró sonriendo a las mujeres que la observaban con más desprecio, pero que ahora no podían hacerle nada, pese a su dolor caminó segura por el horrible pasillo y salió de ese lugar espantoso, pensando una y otra vez de qué se trataba todo lo que le estaba sucediendo, llena de dudas y confusiones, el sol provocó que arrugara sus ojos, y al colocar su mano en la frente para evitar que los rayos siguieran impidiendo su vista, vio tras el reflejo una camioneta gris parquedad frente a ella, era la única camioneta de lujo que estaba ahí, pero lo más sorprendente fue cuando Hugo bajó el vidrio, y mostró su cara igual de fría que en la ocasión anterior.
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