Irene caminó de prisa buscando la salida del parqueo, imaginando que ese hombre iba a apresarla de nuevo para cobrar venganza por haber usado su arma y haberlo metido en problemas. — Hey, no huyas — le gritó mientras arrancaba la camioneta para no dejarla escapar impidiéndole el paso. Ella no se atrevió a mirarlo, las heridas le ardían, el dolor de los golpes se incrementaban a cada paso. A Hugo le dio lástima mirarla otra vez de ese modo, y tampoco comprendió por qué estuviera padeciendo tantas cosas, ni el motivo por el cual había utilizado su arma para dispararle a un hombre, siendo su propio esposo. — Lo lamento, el arma estaba en el bolsillo del saco que me dio y sucedió un altercado en el que en defensa propia tuve que usarla — se justificó ella al verse acorralada por la camioneta

