— Nunca antes te había visto sonreír de tal modo — murmuró Hugo tras que subieron al vehículo — Quizá sea la primera vez que lo haga en todo este tiempo que llevo de martirio — repuso él con la misma expresión, como si por un momento, ver a Irene en su casa fuera el mayor logro alcanzado en su vida y lo que más paz le estaba brindando en medio de todo el caos que vivía. El motor del vehículo rugía mientras se dirigían hacia la imponente mansión de su tío, el lugar donde se reunían para llevar a cabo sus planes. Mientras el camino se desplegaba frente a ellos, Hugo se sumergía en pensamientos profundos. Su mente navegaba entre dos mundos aparentemente incompatibles: el deseo ardiente de salvar a Irene de ese mundo oscuro en el que él no quería que nunca entrara, y el anhelo de abandonarlo

