De regreso en el penthouse, Adelina le indicó a Victoria una habitación y le informó que sería para ella, esta estaba decorada para una mujer, Victoria se sorprendió de que parecía que ella hubiera elegido todo.
Cortinas color vino contrastado con color perla y detalles dorados.
Nada como se esperaría le gustaría a una chica como los colores pastel que Victoria aborrecía.
Victoria revisó detrás de unas puertas dobles y encontró un salón muy amplio, era el guardarropa, con buen gusto y con todo lo que necesitaba desde ropa, zapatos y accesorios, hasta maquillaje y cremas; todo de primera calidad.
—Señorita, si necesita una maquilladora o alguien que la ayude a peinar puedo ayudarla.
—No se preocupe, muchas gracias —contestó Victoria de inmediato—, yo puedo encargarme.
Adelina hizo un asentimiento y la dejó sola.
Victoria miró la ropa y mordió sus labios para no llorar.
—Perdí la cuenta de cuántas veces quise morir y ahora que me importa mi vida tengo las horas contadas —reflexionó en voz baja y se dejó caer recostada a la pared, sintiéndose abrumada por todo lo que está viviendo—. Michael si pudiera verte al menos una vez antes de morir.
Más cerca de lo que imaginaban, Michael salió de su cuarto repleto de tecnología por un café a la cocina, no sabía cuántas horas llevaba despierto, pero no se atrevía a dejar de mirar sus cámaras y seguir el rastro a todo lo que podía indicarle el paradero de Victoria.
Don Massimo lo interceptó y traía mala cara.
—Se puede saber porque pasan de las diez de la mañana y ni Diego ni tú se han presentado en la oficina, hace media hora que llegué.
Michael había olvidado por completo que debían gestionar negocios con un cartel mexicano.
—No sé qué hora es, disculpeme don Massimo.
El hombre mayor, pero muy entero lo observó.
—No has dormido ¿cierto?
Michael negó con la cabeza.
— ¿Cuándo fue la última vez que comiste?
—En la madrugada asalté el refrigerador.
—Me refiero a comer en una mesa una comida caliente como Dios manda.
—Cómo si Dios me escuchara —susurró Michael.
—No me gusta lo que veo —emitió don Massimo.
—Cuando consiga a Slashdot y a Luciano regresaré a ser quien era.
—Maldición Michael, no vale la pena perder el alma por una vieja.
—¡Ella no es cualquier mujer! Es la mujer que amo y está cautiva por un psicópata que se mofó en mi cara del dinero que iba a conseguir por ella.
—Ella no ha sido vendida, no me gusta la trata de blancas, pero tengo mis contactos y ella no ha aparecido y sabemos porqué.
Michael apretó los puños.
— ¡Victoria no está muerta!
—Slashdot y ella murieron, mientras más rápido lo aceptes será mejor.
—Sé que no tengo pruebas, pero sé que están vivos, porque me ponen pistas falsas, ¿por qué lo harían si estuvieran muertos?
—Ciertamente Slashdot puede conseguir gente como tú que maneje esas tonterías tecnológicas. Maldito internet, antes de eso todo era más sencillo.
—Pero yo los encontraré.
Don Massimo puso una mano en su hombro.
—No tienes que ser tú, pondremos gente, necesitas apartarte.
— ¡No!
—Maldición, Mickey en estas condiciones ni ves las putas computadoras con claridad y si nos atacan no sabrás a quién diablos golpeas o disparas.
—No me puedo ir igualmente, no sé qué hará Diego, ahora con Rebeka aquí me necesita más que nunca.
— ¡¿Qué?! —Michael se mordió la lengua, de verdad estaba medio tonto por la falta de sueño—. ¿Cómo es que Rebeka Larsson está aquí? Se suponía que primero debíamos neutralizar a Luciano.
—Apoyo a Diego, su mujer está mejor con nosotros, ese fue mi error, debí venir con Victoria.
—Las mujeres lo complican todo.
—Y Rebeka no vino sola.
— ¿Qué has dicho?
—Es mejor que lo sepa de una vez, no creo que Diego salga a hablar con usted, está recuperando tiempo perdido con su mujer…
— ¿Quién más vino con Rebeka?
—Una muchacha —Michael resopló—. La verdad es que Diego no debió traerla, Guadalupe es una muchacha que le tomó cariño a Rebeka, ella era vecina de nuestra casa aquí en New York.
—No me digas que se trata de la chiquilla que Luciano casi mata hace tiempo.
—La misma…
—Diego me va a escuchar, esta casa no es un maldito motel de carretera u hospicio de huérfanos, estamos en guerra y él está follando —don Massimo observó atento a Michael—. Supongo que la otra muchacha es para que te consueles, deberías hacerlo, disfruta de una hembra que te deje satisfecho y puedas dormir al menos ocho horas continuas.
—Ella es una niña, creo que incluso es menor de edad —exclamó Michael de inmediato, él no pensaba en Guadalupe como una mujer, lo sentía como algo insestuoso, ella era como una hermanita.
—Maldición... Me tienen harto, ¿esto es novela juvenil o qué? tú vas a poner a alguien pendiente de tus computadoras para que duermas y Diego me recibirá cuando regrese o se acabó. Dile eso a ese condenado cretino.
Don Massimo se fue y Michael de mal humor regresó a su cuarto de computadoras y Guadalupe estaba en el sofá donde se había quedado dormida.
En la madrugada Diego había regresado con su novia Rebeka y con Guadalupe, venían de una gala benefica donde hicieron publico que Diego era hijo de don Massimo Coppola. Con eso Michael esperaba hacer salir a Luciano de su escondite, estaba seguro que Luciano lo llevaría a Slashdot y por supuesto a Victoria.
Guadalupe tenía los ojos hinchados y las mejillas rosas, se veía incómoda con su vestido de fiesta arrugado.
Lo menos que quería Michael era tener otra mujer a la que pudieran dañar Luciano y a esta casi la mata una vez.
—Buenos días Lupita, puedes ir ya a tu habitación y desayunar, me dio pesar despertarte cuando te quedaste noqueada en el sofá.
— ¿El señor que gritaba es tu jefe?, de Diego y tuyo.
—Así es, bueno, es mi jefe, de Diego es solo su papá, porque igual Diego no le hace caso.
—¡No!… —exclamó Guadalupe haciendo un círculo perfecto en su boca— ¿quieres decir que el viejo que se presentó anoche en la fiesta de la beneficencia es el rey de los mafiosos?
Michael la miró y puso su dedo índice en los labios indicando silencio.
—Cállate Guadalupe, ya él está bastante molesto porque Diego te trajo, la verdad no sé porqué lo hizo —esta última parte solo la murmuró, pero igual Guadalupe lo escuchó y sintió un dolor sordo en el pecho.
Guadalupe estaba enamorada de Michael hasta los huesos, ver su desprecio la hiere, pero ella disimula, pues también tiene orgullo.
—Yo no soy una soplona, si es eso lo que piensan… Y bueno, no te molesto más, voy a la habitación que me dieron, pero sin la Rebeka, no me voy de este cantón —expresó Guadalupe con su acento muy marcado.
—Lo siento Lupita —se disculpó Michael—, no fue mi intención hacerte sentir mal, solo que estoy cansado, me duele la cabeza y siento arena en los ojos.
—¿En realidad todos los gritos en latín de ese señor eran porque yo estoy aquí? —preguntó Guadalupe uniendo sus cejas y Michael sonrió con ternura.
—No era latín, era italiano y no solo está molesto porque estés aquí, también está molesto porque yo no duermo, casi no como y según él moriré antes de poder averiguar algo si sigo a este ritmo, también porque quería ponerse a trabajar y Diego sigue encerrado con Rebeka.
—Bueno, pero es que ellos dos tenían tiempo que no se veían y como eso no es jabón que se desgaste —Guadalupe utilizó su dedo índice y lo sacó y metió repetidas veces por un círculo hecho entre el pulgar e índice de la otra mano en señal grotesca—, sólo aprovechan en recuperar tiempo pérdido.
Michael, arrugó sus cejas.
—No deberías expresarte así Lupita, eres una niña.
—Solo me faltan días para cumplir 18 años Michael, no soy una niña —expresó con desenvoltura.
Michael hizo un gesto de desagrado con la boca y volteó en su silla a ver los monitores y Guadalupe sintió pena, no quería desagradar a Michael.
—Yo podría trabajar para el viejo, para que no se moleste por mi presencia, quizás si te ayudo, tú puedes descansar.
Michael pensó en las palabras de Massimo referente a cómo puede ayudarle Guadalupe y se estremeció.
«Maldito viejo pervertido»