Capítulo 26. Acercamiento inevitable

1257 Palabras
Victoria despertó cuando escuchó a Stefan quejarse de dolor, él se dio cuenta cuando volteó a la cama que ella se había despertado asustada. —Buenos días, perdón por despertarte —comentó Stefan estirándose como un gato. Ya el sol iluminaba por completo el día. — ¿Qué te pasó? —Inquirió Victoria. —Nada, es mi espalda, este sofá no me ayuda. — ¿Es por el disparo? —Preguntó Victoria y siente un poco de remordimiento por haberlo lastimado más el día que le metió las uñas en la herida, cosa que antes no sentía. —No es eso, solo son viejas lesiones. —Acércate —le pidió Victoria dando un golpecito en la cama junto a ella. Stefan se sentó en la cama y Victoria movió sus manos por la espalda palpando los nudos en los músculos y desviación en su espina dorsal. —Estudie fisioterapia, no terminé la carrera, pero creo que puedo ayudarte, te sentirás mejor, y tienes razón, ese sofá no te ayuda. —Me dejarás dormir contigo por fin. —Te ayudaré con tu espalda —contestó Victoria y lo escuchó reír. Victoria entró al baño y casi grita al mirarse en el espejo. Parecía una vela escurrida, el maquillaje corrido, sus ojos hinchados de tanto llorar en la noche y el pelo enmarañado. —Pero qué desgracia Victoria, cómo se te ocurre no desmaquillarse ni peinarte antes de dormir, sonrió al pensar en que Stefan acababa de verla en esas fachas—. Bueno, mínimo pierde el capricho por mí. En cuanto Victoria salió del baño con su mullida y nada reveladora bata de baño, Stefan seguía sentado en la cama. — ¿Qué haces aún aquí? —Preguntó Victoria un poco violenta, pero es que preferiría estar sola. —Tenía la esperanza de verte desnuda. Victoria apretó más su bata. Stefan se echó a reír. —Extrañamente prefiero tu vergüenza y recato, cuando te exhibiste desnuda ante mí lo hiciste odiándome, que ahora te ocultes me hace pensar que me empiezas a tomar cariño. —Para empezar no me has visto desnuda, solo los pechos. — ¡Ah no! Bueno supongo que mi desvergonzada imaginación llenó los espacios faltantes, no es como si tus bikinis dejaran mucho a la imaginación igualmente. —Puedes irte Stefan, quiero vestirme. — ¿Me has empezado a tomar cariño? —Stefan, te agradezco que sin proponértelo pusiste mi vida en perspectiva. Me doy cuenta que al final sí me importa vivir y quiero comenzar mi vida de manera distinta, comenzando por respetarme a mí misma. Stefan sonrió. Se levantó de la cama y le entregó un teléfono celular. —Es un obsequio. Victoria le dedicó una sonrisa completa. —Te aseguro que no lo utilizaré para delatarte, aprecio mi vida, no la pondré en riesgo para que tengas que hacer lo necesario. Stefan bajó el rostro para darle un beso en la mejilla. —Por ti no hago lo necesario, me esmero por conseguir cosas que nunca me interesaron. Victoria dio un paso atrás. —Stefan, yo… —Te veré desnuda Victoria, y lo más importante es que vas a querer que lo haga —Estefan le dio la espalda para salir de la habitación. —No sabía que eras un hombre de fe —el flirteo de Victoria era parte de su interacción con el mundo. Stefan volteó ya en la puerta. —Claro que soy creyente. Salió de la habitación cantando una canción de moda, tan rematadamente mal con estrofas de su propia y disparatada inspiración. Victoria se echó a reír negando con la cabeza, en realidad Stefan tenía que ser muy inteligente para fingir ser un idiota. Los días siguieron pasando y el acercamiento no solo tuvo lugar entre Victoria y Stefan, pues irremediablemente Michael también se acercó a Guadalupe. Y no fue porque claudicó ante la tentación que sin duda era para su hombría la lanzada Guadalupe. Valía la pena resaltar que eso le agradaba a Michael en las mujeres. Pero también le recordaba a Victoria, a su hiperquinética como él le decía con cariño, que no tenía miedo en decirle exactamente lo que sentía. Con Guadalupe el acercamiento vino por necesidad. Ya que Guadalupe se quedaría con ellos necesitaba aprender como mínimo defensa personal. Rebeka la mujer de Diego sabía pelear, pero estaba demasiado feliz con su esposo para enseñar a Guadalupe, y por eso la tarea era de Michael. Guadalupe entró al gimnasio muy seria. —El Diego insiste en que debo aprender a defenderme —expresó con su marcado acento, después del incidente de la piscina lo trataba muy seria. Michael sabía que era duro con ella, no le gustaba que su rutina de esparcimiento fuera con minúsculos bikinis en la piscina, pero se hizo costumbre y lo peor es que estaba pendiente del reloj para verla desfilar por el pasillo frente a él. —Si no te gusta puedes ir a un lugar seguro, Diego te lo proporcionará —expresó Michael con ironía. —No me voy a ir de aquí, estoy muy cómoda y aunque a ti no te agrade soy bienvenida a quedarme. —Entonces tendremos entrenamiento una hora cada día. —Yo me sé defender, no tienes que perder tiempo conmigo, no me meteré en problemas. —La idea es que estés preparada, estoy de acuerdo en que no te metas en más problemas —espetó Michael—. —Solo necesito aprender a disparar, por eso llevo esta hermosa cicatriz en la panza del balazo que me metió el Luciano. Michael cruzó los brazos. —No te daré un arma ni loco. —Es lo único para lo que necesito entrenamiento, y en el campo de tiro cualquiera de los muchachos puede entrenarme. —No irás al campo de tiro con ninguno de esos desgraciados. — ¿Qué me puede pasar? Te he dicho que me puedo defender. Michael exasperado por las niñerías de Guadalupe descruzó los brazos y la retó como quien lo hace con un pequeño cachorro. —Acércate, ven por mí y demuéstrame que sabes hacer. Guadalupe se acercó y Michael se le fue encima y la tomó del cuello, no pudo evitar observar sus lindos ojos café y distraerse con las pequeñas pecas esparcidas por el puente de la nariz. Michael no se esperaba el rápido movimiento de Guadalupe y cuando sintió su mano apretar sus testículos ya era tarde. Michael la soltó furioso y con un dolor lacerante. — ¿Piensas caparme o qué? —Me dijiste que te demostrara que sé hacer. —Que me hicieras una demostración, no que me dejaras sin bolas. Guadalupe puso los ojos en blanco y salió del gimnasio. Michael se dejó caer en la lona esperando que se le pasara el dolor que lo había hecho sudar frío. Guadalupe regresó con una bolsa de hielo y se la lanzó. Michael la atajó en el aire. —Supongo que se acabó la clase —ironizó Guadalupe y salió del gimnasio. Michael no estaba preparado para la ira visceral que sintió cuando la vio reír y bromear con los muchachos del servicio de mantenimiento de la piscina, aunque no llevaba traje de baño, llevaba un short y camiseta que dejaba ver el nacimiento de los pechos. Michael desvió la mirada, a esos no podía amenazarlos por conversar con una mujer hermosa. Y es que ahora reconocía que ella era una mujer hermosa. «Un maldito problema con patas, como le decía Diego antes de que Rebeka lo hiciera un condenado Romeo»
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