Capítulo 40. El canto de una sirena

1905 Palabras
Stefan había besado muchas veces a Victoria, pero ella nunca lo había sentido correcto. Hasta ahora… Victoria respondió a su beso demandante y es que aunque acababa de decirle que el sexo lo vería como algo a entregar a alguien que le demostrrara merecerlo, nadie le había dicho antes que le daría poder. Y no es que Victoria quisiera ser mafiosa, pero el ofrecimiento de Stefan era incitante, ya que jamás había sentido que fuera ella la voz cantante en una relación. Por el contrario, siempre se sintió en la cuerda floja, tratando de ser perfecta y complacer a su pareja, mientras con Stefan no lo había hecho y él se entregaba a ella. O al menos eso decía y ella ya no quería seguir analizándolo. — ¿En realidad eres un demonio? —No lo dudes —contestó él yendo de inmediato a sus pechos y besandolos aun por encima del brasier. Victoria volteó la cabeza hacía el techo sintiendo como sus bajos instintos despiertan con la calidez de las manos grandes que aprietan y cubren su trasero, con la boca golosa que humedece el encaje del brasier y le eriza los vellos del cuerpo. La devoción de Stefan era un bálsamo a su ego herido y las caricias marcaban un camino de fuego a su aceptación. Stefan quitó una copa del brasier para chupar el primer pezón rosado que se perdía entre su lengua del mismo color, que jugaba con ella haciendo círculos alrededor, para luego chupar. Stefan la sorprendió cuando la impulsó con las manos en su trasero y la hizo apoyar los muslos en sus hombros quedando con su diabólica boca en su centro. Al igual que con su brasier mordió su monte de venus humedeciendo la prenda con su saliva, ligando la humedad a la excitación de Victoria. Victoria rio y gritó creyendo que perdería el equilibrio y caería, pero él lo que hizo fue chupar su vulva volviéndola loca. Sus manos fuertes y su espalda ancha hacían de sus hombros el perfecto asiento en ese potro de deliciosa tortura. Victoria se aferró a los mechones de su cabello y se movió ladina contra él. Stefan la acostó y abrió sus piernas para devorarla con libertad. Jadeaba y estaba poseído por la lujuria y no quiso cerrar sus piernas ni para bajar la panty. La tomó por un extremo en su cadera mientras ella ávida por su boca levantaba la pelvis para que la comiera a gusto. Él dió una vuelta en su puño a la prenda para romper la costura. Victoria gritó por el dolor del roce de la prenda y él la recompensó con largas lamidas entre sus labios mayores y menores, deteniéndose en la perla superior donde se concentraba todas las emociones y jugando allí como si fuera un caramelo lo que degustaba. En cuanto ella tuvo algo de juicio le reclamó. —Me rompiste la única panty a disposición. — ¿Quién te dice que te dejaré vestir? —En algún momento tendremos que salir de aquí y no soy una muñeca inflable. Stefan le hizo mirarlo. —No, eres mi sirena. Victoria sonrió y él se dedicó a lamerla de nuevo con avidez, a devorarla hasta obtener su clímax y degustar con su boca hasta la última gota. Victoria se retorció y él la sujetó para que tolerara el asalto aun cuando ella ya no resistía. Cuando Victoria regresó del brutal orgasmo, Stefan la miraba desde el medio de sus piernas. Se tocaba el m*****o acariciándose a sí mismo. Pasó la lengua degustando sus labios. —Eres exquisita mi sirena. Victoria pudo disimular su absurdo sonrojo ya que estaba segura estaba muy roja con el corazón acelerado y perlada de sudor. No quería analizar más allá del placer y Stefan preguntó. — ¿Pensaste en él mientras te hacía acabar con mi boca? —Pero ¿Qué mierd@ Stefan? No lo arruines —exclamó Victoria sentándose erguida en la cama. Stefan la tomó fuerte por el mentón y le hizo mirarlo. —Solo dímelo, tú nunca has disimulado lo que sientes. —No pensaba en nada ni en nadie, ni siquiera en ti; solo me divertía hasta que me hiciste enojar. Stefan la soltó y dio un ligero beso en cada lado de sus mejillas, sonrió de lado y se veía tan seguro de sí mismo que Victoria casi sonríe. —Voy por buen camino entonces. —No seas imbécil —Victoria quiso levantarse y Stefan no se lo permitió. La detuvo abrazándola por la espalda y dejando besos húmedos en ella. —Dime que eres mi sirena, Victoria, dime que eres solo mía. Victoria se separó de él un poco y dirigió su mano a su entrepierna, Stefan se acostó doblando la almohada para poder verla a sus anchas. Victoria le dirigió una mirada de párpados caídos y se relamió los labios. Stefan la veía con los labios entreabiertos y ardía de anticipación. —Veamos este mástil, marinero. Stefan hubiera reído si el asunto no fuera tan serio, porque en realidad había caído como un marinero en el embrujo de una sirena. Su hombría palpitó de antelación con el roce de los dedos fríos de Victoria dentro de su interior, Victoria coqueteaba con él sin darle lo que esperaba. —Eres cruel Victoria, única y hecha a mi medida. Ella sonrió con expresión dudosa. —Estás nerviosa, pero no dudes que haré lo que sea por ti. —Solo te temía a ti. —Pero has conquistado al verdugo. Victoria apretó el falo en su mano a través de la ropa interior y con audacia lo sacó descubriendo su cabeza lisa y brillante. Stefan la ayudó quitándose el calzoncillo y ella sin dejar de mirarlo le dio un beso en la punta, abrió apenas los labios y saboreó como si fuera una chupeta. —Eres la más peligrosa de las mujeres, pues te atreves a jugar conmigo. Stefan dio una exclamación de puro placer cuando Victoria cubrió con su boca su m*****o hasta la empuñadura. Con destreza subió y bajó primero suavemente y apretando con los labios haciendo una “O” perfecta con sus labios. Luego apuró los movimientos y Stefan metió sus dedos dentro de su cabellera y apretó para dirigir los movimientos completamente excitado. Con ambas manos entrelaza sus dedos en su cabeza manteniéndose en los más profundo de su garganta y la visión de sus ojos abrillantados por la presión de su m*****o en su boca casi le provocó la eyaculación. La soltó y ambos respiraron profundo, ella para tomar aire y él para calmarse, la acostó boca abajo. —Si sigo mirando tus lindos ojos oscuros me vendré como un patético adolescente. Besó su espalda y apretó sus nalgas, no pudo resistir mordela haciéndola gritar. —Bestia… —Quiero marcarte, hacerte un tatuaje en tus nalgas, que diga propiedad de Slashdot. —Sigue soñando… Stefan le dio otra sonora nalgada antes de morderla de nuevo, pero en su vulba desde atrás, acariciando su canal secreto y prohibido con dedos y lengua, volviendo hacer que la excitación brote de ella como manantial infinito. Stefan metió sus dedos en ella un par de veces antes de retirarse y acariciar su m*****o con sus dedos llenos de humedad. Victoria lo miró volteando ligeramente la cabeza en la almohada. —Te juro que estoy limpio, pero no traigo preservativo. Victoria tragó grueso, pues jamás había dicho lo que estaba por decir. —Está bien, confío en ti. Stefan sintió su pecho arder y su m*****o endurecer aun más si es que era posible, metió la cabeza punta roma en la delicada carne de su sexo y jamás antes de ese día sintió la conexión de su cuerpo al de una mujer de esa manera. Se sentía un conquistador, el audaz marino de sus imaginación infantil, más estimulado que por ser el peligroso mafioso poderoso, se sentía lo más cerca a ser un rey. Entró por completo en ella sintiendo la carne de Victoria envolverlo, apretarlo con aceptación, incluso con dominio, pues no quería estar en otra parte nunca más. Se movió muy rápido porque era lo que necesitaba. Disfrutarla hasta donde fuera posible. Victoria la deseaba a lo bestia, y ciertamente la complació. —Así, no pares, por favor —… suplicó Victoria. Y Stefan continuó, quería hacerle entender a cada célula de su cuerpo que la quería solo para él, eso era algo que Stefan jamás experimentó y no sería capaz de expresarlo con palabras. Pero lo hizo con su cuerpo penetrándola en varias posiciones, asegurándose de que acariciaba cada centímetro de su cuerpo... Victoria apoyada sobre sus rodillas con sus caderas en pompas en realidad no podía sentir otra cosa que no fuera placer sublime, erotico, adictivo y es que acababa de descubrir el poder que te da la verdadera seguridad. Pensó con ironía que había satisfacción en el hecho que no le importaba cómo debía lucir y si su compañero se sentía satisfecho con su desempeño. Pudo concentrarse en todo lo que sintió. Cuando de nuevo Stefan la tuvo acostada, exploró la sensible carne de sus labios inferiores y se introdujo a sacar el néctar de su excitación. Él miraba hacia arriba para verla, pero Victoria no lo veía, apretaba la sábana con los puños. Stefan continuó hasta que la escuchó jadear y sintió los músculos de sus piernas apretar su cabeza. Poco le hubiera importado a Stefan morir asfixiado entres sus piernas, pero tenía mejores planes. Así que levantó las caderas de Victoria y metió la almohada debajo de ella, alineó su sexo y se introdujo con fuerza en ella de nuevo. —Ahora correte conmigo dentro de ti mi sirena. —No puedo ya, acabo de sentir otro orgasmo. Stefan sonrió y sus movimientos los hizo más lánguidos al principio y más cortos y rápidos luego. Victoria sintió como su cuerpo respondía aun con lo sobreestimulado que estaba, despertó a las sensaciones más rápido y a tope. Ambos jadearon cuando el clímax alcanzado hizo que su v****a se contrajera ante los embistes de él. La sensación más deliciosa experimentó cuando la tomó del cabello para obligarla a arquear la espalda y tener acceso a su cuello. Su piel se erizó cuando el aliento caliente susurró en su oreja palabras eróticas, le indicó lo mucho que le gustaba e incluso le habló en su idioma natal, palabras que aunque Victoria no entendió le parecieron perfectas. En este momento Victoria sintió que todo esto era muy real. Era Stefan quien la había poseído, el hombre que se la llevó y amenazó con matarla. Como si Stefan leyera sus pensamientos la miró a los ojos. —Quiero que me veas. Se clavó en ella unas últimas veces con duras estocadas derramando su simiente en lo más profundo de su ser mientras veía los ojos oscuros y confusos. Stefan le metió la lengua en su boca con un beso abrasador que ella disfrutó. Victoria también lo abrazó, tuvo la sensación de ser un solo ser, pues no había parte de sus cuerpos que no se tocaran, y el furioso movimiento que chocaba contra su útero se fue volviendo el roce de caricias de dos cuerpos que bailaban el más tierno vals. —Yo estoy muy loca —dijo ella sonriendo aun con el corazón a millón y él besó su sien. «Jamás te dejaré ir, lo juro» Fue el pensamiento de Stefan.
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