Una semana después Michael estaba en el gimnasio equipado de la casa de Halcón en New York.
Era muy temprano y la casa estaba en completo silencio.
Michael no había dormido.
Le pegaba a un saco de boxeo y su mente era un infierno.
—Hijo, creo que deberías ir a Venezuela.
Michael volteó y vio a don Massimo en la puerta del gimnasio.
—No sabía que se había quedado —dijo Michael sorprendido.
Massimo entró, el apuesto hombre aunque mayor conservaba su temple y jamás mostraba vulnerabilidad, aunque las ojeras y cansancio podían notarse en su semblante.
—Tampoco he dormido, lamento que haya sido otra noche sin respuestas sobre Slashdot, pero me comprometí a hacerme cargo de los vuelos de Alessandro a Grecia y de Odin a Venezuela.
Michael hizo una mueca.
No recordaba que Odin se iba también.
Odin era el entrenador que sacó a Diego de las calles, que apoyó a Michael dándole un hogar junto a Diego en el gimnasio en Venezuela cuando era un niño y no tenía a nadie en el mundo, Michael lo quería y consideraba familia.
Odin los había ayudado y Michael, sumergido en su propio mundo, no le había prestado atención.
—Será mejor que vaya a hablar con Odin.
—Espera Mickey—lo detuvo don Massimo levantando la palma—. Me gustaría que fueras con Odin a Venezuela.
— ¡No! —Enfatizó Michael negando con la cabeza.
— ¿Desde cuándo no duermes?
— ¡Maldición don Massimo, usted no es mi padre para andar regañandome!
—Piensa lo que quieras, pero así no trabajarás para mí.
— ¡Halcón es Diego!, él no me dejará atrás.
—Un día tomarás una pistola y la pondrás en tu cabeza y disparas creyendo que era la cosa esa que se ponen en las orejas cuando estás frente a las computadoras.
—Usted exagera, mis reflejos están muy bien.
—He estado en tu posición.
— ¡No, don Massimo! Ni siquiera se asemeja lo que usted pasó a lo que yo estoy pasando.
—Tienes razón, yo tenía dos hijos que abandoné, pero tú puedes cambiar de rumbo.
— ¿Cómo me sugiere que me rinda? Usted no sabía quien tenía a su esposa, pero yo sí, y me muero de rabia por no poder hacer nada.
—Y es allí donde me identifico contigo. Yo supe quien vendió a mi esposa —Massimo hizo una pausa—. Michael, maté no sé a cuántos hombres hasta llegar a él. Era mi amigo, socio y el último que hubiera pensado que me traicionaría; él al igual que yo tenía familia, pensé que él entendía y respetaba mi situación, aunque él no quisiera salirse de la mafia como yo.
—Don Massimo, suelte de una vez su moraleja a la historia, quiero despedirme de Odin y quizás descansar un poco.
Don Massimo suspiró.
—La traición duele más que las balas Michael.
—Yo traicioné a Victoria, no al revés.
—Luciano fue muy enfático al decir que Slashdot está encaprichado con la modelo.
Michael le dio la espalda para no partirle la cara a Massimo.
— ¿Por qué quiere torturarme? Por eso no puedo dormir, al cerrar los ojos veo a Victoria sufriendo a merced de un lunático…
— ¿Y qué pasaría si ella no sufre? Michael ¿Qué pasaría si ella quiere estar con él?
Michael tiró los discos de pesas al suelo y gritó lleno de frustración.
— ¡Estoy a nada de partirle la cara, don Massimo, lo mejor es que se calle!
—Por eso quiero que te alejes, solo un tiempo, Mickey tú deberías entender mejor que nadie que hacemos lo necesario y quizás tu chica hace lo necesario para vivir.
—Victoria no es una prostituta, ella no está con ese hombre por gusto.
—No sabemos de lo que somos capaces, repito, tú más que nadie deberías entenderlo, al menos creo que lo mejor para ella es estar en buenas con su captor.
—Es un desgraciado don Massimo, mejor déjeme en paz y olvídese, no me iré a Venezuela, encontraré a Slashdot y me dirá dónde está Victoria antes de matarlo.
—No siempre fui un desgraciado, incluso apreciaba a quien me traicionó. Lo que quiero decir Michael, es que de muchas cosas me arrepiento en la vida, de no estar en la vida de mis hijos y de haber dejado a dos niños más sin padre al matarlo a él. Yo estaba demasiado furioso y no me detuve a preguntar por qué me había traicionado.
—No puedo don Massimo, no puedo irme.
—No descansaremos hasta encontrarla, pero a mi me pasaron más de 30 años para tener respuestas de mi mujer y no quiero que mi historia se repita, tú necesitas una vida a la cual dedicarte, porque eres hombre y tarde o temprano alguna vieja te dará un hijo y no estarás para él.
—Y se volverá otro Luciano ¿Es eso lo que quiere decir? Yo no soy como usted…
—Exacto, no te conviertas en mí.
Don Massimo le dio la espalda y en la puerta del gimnasio le dijo.
—Afuera hay un auto esperandote, te llevará a despedirte, si quieres irte podrás hacerlo; te aconsejo que aproveches lo que te da la vida hoy, un día dejará de arrojarte opciones.
Michael corrió a la ducha y en diez minutos ya estaba en el auto sedán de lujo de don Massimo, este lo llevó a la pista privada de los Coppola.
Michael se sorprendió, pues pensó que Odin viajaría en el jet de Halcón que en nada se relacionaba con los Coppola para que nadie sospechara de sus negocios ilegales.
El auto estacionó y Michael bajó, casi regresa al darse cuenta que don Massimo no lo había enviado con Odin, lo había enviado a encontrar a Alessandro que viajaría con Guadalupe.
De la sala de espera de lujo venían saliendo Alessandro junto a Guadalupe y su hermano Pedro.
Alessandro rio al ver a Michael y caminó hacia él.
—Me harás llorar, viniste a despedirte de mí —enfatizó el mayor de los hijos de don Massimo, como siempre tenía una broma lista.
Michael no contestó, solo podía ver a Guadalupe.
—No vine por ti —contestó muy serio.
—Claro, no soy tu tipo —bromeó Alessandro—. Obvio viniste a despedirte de Guadalupe.
—No…, es decir, creí que era el vuelo de Odin.
—Bueno, igual, si quieres venir, puedes hacerlo, Grecia es un país hermoso y sé que te gustará.
—Sabes que no puedo ir a Grecia, Alessandro —acotó Michael de mala gana.
Alessandro ignoró el mal humor de Michael, sabía que igual sobraba en la escena.
—Vamos para mostrarte el avión, Pedro, verificaremos que tengan helado.
—Yo me quedo con mi hermana —puntualizó el pequeño adolescente.
Michael caminó hacia él y estiró su mano al chico.
—Te debo una disculpa, Pedro.
Pedro apenas sonrió, pero le dio la mano a Michael.
—No es necesaria tu disculpa.
—No fui justo contigo, siempre te dije que si algún día tenía la oportunidad te iba a mostrar cosas que querías ver y no lo hice.
—Esas eran cosas de niños.
—Bueno, algún día me gustaría hacerlo con Almita.
Pedro sonrió al recordar a su pequeña hermana.
Guadalupe se aclaró la garganta, se veía que le costaba mantener la compostura.
—Dentro de poco podré adoptarla, Alessandro me dará trabajo y me ayudará a obtener la custodia de mi hermana.
—Me alegro —respondió Michael.
—Quizás cuando Guadalupe traiga a Alma a vivir con nosotros, podamos ir al zoológico, seguro a Alma le gustará —expresó Pedro deseoso de verse como un hombre y dejando patente que es solo un niño.
—Te lo prometo de nuevo —Garantizó Michael y sonrió.
El niño le estiró la mano de nuevo para despedirse y luego siguió a Alessandro.
—No debiste prometer nada —dijo Guadalupe—. Ambos sabemos que no podrás cumplir.
— ¿Por qué no?
—Porque estarás buscando a Victoria, y si la encuentras estarán muy felices de luna de miel.
Michael sonrió con nostalgia.
—Victoria no cree en el matrimonio, pero entiendo el punto.
Guadalupe miró más allá disimulando, igual unos enormes lentes de sol le cubrían el rostro.
Se veía sofisticada y muy hermosa, nada que ver con la muchacha andrajosa que lo esperaba con una bola de béisbol y un guante.
—Guadalupe, en realidad entre nosotros no pasó nada, podríamos ser amigos...
—No me interesa ser tu amiga —contestó Guadalupe tajante—. Lo que más me motiva a viajar es alejarme de ti, quiero olvidarte.
Michael afirmó con la cabeza y las palabras de Guadalupe en vez de darle sosiego le daban tristeza, se sintió más egoísta que nunca.
—Adios Michael.
Guadalupe caminó y Michael le sujetó la mano.
—Perdoname Guadalupe…
— ¡Callate!, no me pidas perdón, tú no me has hecho nada, no me amas, eso no es una ofensa.
—Sí te quiero Guadalupe.
Guadalupe se quedó en silencio y Michael le quitó los lentes de sol.
Sintió su corazón partirse al verla llorando.
— ¿Cómo me pides que no me sienta culpable al verte así? ¿Cómo puedo no pedirte perdón?
—Porque eso me hiere, porque me hace sentir más burra…
—No digas eso.
Michael se acercó y quería que ella se calmara, pero al tocar su rostro ella apoyó las manos en las de él.
—Despídete de mí con una sonrisa Michael, permíteme imaginar que dejé atrás el amor de mi infancia, dejáme la ilusión de ser correspondida y no tan ridícula.
—No eres ridicula, eres una mujer muy hermosa.
Guadalupe pasó sus manos por el cuello de él y se acercó una milésima que Michael completó al besarla.
Guadalupe feliz se guindó de él, satisfecha de que Michael la abrazara y la besara como un hombre debe besar a una mujer.
Sus lágrimas siguieron saliendo uniéndose a sus mejillas.
Fue Michael quien finalizó el beso besando sus mejillas con cariño, queriendo frenar sus lágrimas con sus labios.
—No llores por Lupita, verás como dentro de poco verás lo patético que soy, solo no te enamores de Alessandro.
Ambos sonrieron.
—Te amo Michael…
Michael la besó de nuevo y caminó con ella al avión privado.
—Buen viaje Guadalupe.
Michael volteó para irse y Guadalupe bajó del avión y corrió hacia él llorando y como siempre siendo tan auténtica y arrebatada.
Se guindó de su cuello y él era tan alto que despegó sus pies, él la abrazó y se inclinó para ponerla en el suelo.
—Perdóname a mí por ser tan latosa, Michael, pero no puedo evitar amarte, te amaré siempre y si las cosas entre tú y Victoria no funcionan quiero que sepas que yo te estaré esperando.
—Lupita, no puedes prometerme eso…
—Michael, aunque tenga a otra persona en mi vida, solo necesitas quererme, yo soy tuya.
—Ve Guadalupe, no hagas esperar más al avión.
—Dime que me escuchaste, que sabes que me tienes a mí.
—Te escuché bonita, ahora vete.
Guadalupe se separó de él y subió al avión.
Michael regresó al vehículo sintiéndose más miserable con él mismo.
Jamás se sintió tan indigno en toda su vida.
—Señor a dónde vamos —preguntó el chofer de don Massimo.
—A la casa, luego saldremos de cacería.