Las ondas de calor se esparcían por toda la finca. Se predecía la poca humedad; hace siete horas había llovido para esta ubicación. Percival estaba hablando muy serio con unos hombres que le estaban transfiriendo el lugar. Observaba desde una distancia prudente las expresiones del hombre que me roba el aliento. En ningún momento se había quitado los lentes oscuros, sus musculosos brazos están cruzados a través de su pecho. El pecho esta inflado mostrando superioridad. Su boca de vez en cuando se mueve para emitir alguna que otra palabra. Para ser un enigma andante en compras de sitios exóticos, muestra ser un master en ello.
Cada mirada furtiva que le lanzaba era devuelta con una mueca que parecía una sonrisa. Y aunque no lo crean; nuestra comunicación ha sido muda pero llena de acertijos blindados de miradas, sonrisas, muecas y movimientos corporales. Nos sabemos entender perfectamente con cualquiera de esas anteriores. A pesar que sigue siendo un misterioso hombre, doy lo posible para entenderlo. No sé casi nada de este hombre.
Sin darme cuenta sentía mis piernas exhaustas. Mi frente estaba perlada de sudor, mi garganta esta reseca y mis pupilas se contraían. Todo se debe a que no he probado comida desde la mañana. Parecen ser las dieciocho horas. Hago una mueca que es atrapa por los ojos de Montecarlo que asiente ante los hombres. Le da la mano al trio para después hacerme una seña con sus manos para que me acerque.
―Xavier ―me nombra delante de los hombres cuando estoy a su lado―. Ellos son Andrés, Roberto y Carlos ―nombra a cada uno. Les doy la mano para estrecharla.
―Mucho gusto ―digo con una tímida sonrisa. Los tres hombres sobrepasan la edad de cuarenta años, son altos y un tanto regordetes.
―Ellos dos serán los encargados del lugar cuando no esté ―señala a Roberto y Carlos. Asiento sin saber que opinar―; vamos hacerles unas remodelaciones para que sea más moderna.
―Suena bien ―comento bajo. Los veo a los ojos.
―Quiero que te encargues de ello ―dice con una gran sonrisa. Siento mi estómago retumbar.
―¿Qué? ¿Por qué? ―cuestiono confundido.
―Porque confió en ti para poder darle un mejor toque a este lugar ―cierro los ojos dándome vuelta sobre los pies. Los abro viendo el alrededor y sobre todo la gran casa (no sé si eso debe llamarse casa, parece una mansión mediana).
―No tengo idea de cómo hacer lo que quieres, Percival ―los hombres parecen sorprendido por como lo tutee.
―Sé que podrás ―remarca seguro.
―Pues no, este es tu proyecto, y no tengo idea de lo que quieres para este sitio.
―Señor Montecarlo, creo que el joven tiene razón. No está capacitado para esto ―señala el entorno―. Además, intuyo que sus gustos no será muy bien visto ―comenta mordaz.
Siento mi cuerpo tensarse. Sin poder evitarlo encaro al tipo.
―Claro entendiendo que soy mucho mejor para otras cosas, eh ―da un paso enfrente―. Tus comentarios negligentes me dan a entender la falta de empatía que resplandeces para esté sitio. Por dicho motivo, lo vendes por el hecho de que no eres lo suficientemente inteligente para saber llevarlo. ¿O me equivoco? ―me mira sin saber que responder. Percibo como Percival observa todo con burla―. Porque solo lo heredaste y no te formaron para llevar las riendas. Así que no vengas glosando patrañas sobre mi orientación s****l es un impedimento para algo ―me fulmina―: y recuerda que hace mucho más un individuo inteligente que un holgazán como tú.
Siento mi rostro caliente. Y mi respiración es irregularmente inestable.
―Ese es mi chico ―comenta Percival, sacando de onda a todos. De cierto modo me hizo carraspear sintiendo vergüenza.
―Joder, cállate, Montecarlo ―murmuro intentando de darme la vuelta para regresar al automóvil.
―De ninguna manera ―me toma del brazo señalándome―. Él ―llama la atención de los tres hombres que se mantenían en un incómodo pero respetuoso silencio―. Será el jefe de este lugar. Ustedes están bajo sus órdenes ―los hombres pasan saliva asintiendo con la cabeza―. Que no vuelva a ocurrir la faltar de respeto ―su voz es profunda. Siento mi cuerpo temblar.
―Está bien, señor ―comenta el confrontado. Su voz tiembla―. Lamento mi negligencia, patrón ―esta vez se dirige a mí.
―No pasa nada.
Siento la mano de Percival tirar de mi cuerpo hacia adentro del lugar. Dejamos detrás a los hombres para centrarnos en lo hermoso y culto que es la mediana mansión. Percibo tranquilidad, carácter y mucha pertinencia del lugar.
―No tenías por qué defenderme ―comento cuando estamos dentro. Inspecciono el lugar con sigilo.
―Es mi deber.
Alzo la mirada para posarla en sus manos que están influidos en forma de puño.
―¿Por qué? ―cuestiono con la puya en mi abdomen.
―Porque eres mi chico. Punto final.
Trato de interferir. Desde luego, siento su pesada mirada en mí. Es catártico como este hombre con solo una mirada ejerce una fuerza en mí. Me levanto del sillón donde estaba postrado. Dejando los titubeos de lado emprendo la pesquisa sobre dichoso lugar. Todos los objetos del lugar son antiguos dándole toques vintage. Las paredes están saturadas de humedad y los ventanales tienen líneas continuas.
―¿Qué opinas?
Con mis dedos paseo la punta por el contorno de una mesa de madera llena de polvo.
―Necesita muchos cambios ―explico―. Unos años más y se caerá, la humedad se volvió parte de este sitio. Y aunque el aroma es encantador no hay que olvidar que en cualquier momento es letal ―sonrió―, así como tú.
Parece que el final del comentario no le hizo gracia, puesto que su sonrisa holgazana se borró. Suelto un risa baja y sigo verificando el lugar. Traspasamos lo que parece ser una cocina. Observamos todo con cautela y prudencia.
―Esté lugar tiene tan historia ―digo.
―Pero es peligroso mantenerla así ―mi cuerpo se tensa cuando siento su respiración por encima de mi cuello―. Tal como tenerte tan cerca de mí ―unos labios se depositan en mi cabellera.
―Eres gracioso ―giro sobre los pies para verlo a los ojos―. Te enojas con facilidad y después lo sustituyes con palabras que crees que harán algún afecto.
―Entonces crees que soy patético ―confirma tomándome de la cintura.
―Tus palabras ―señalo con el dedo. Me revuelvo en sus brazos.
―No sé cómo haces para tenerme tan dispuesto a ti.
Sus palabras me hacen suspirar y me alejo. Todo es tan delirante. Y aunque no quiera aceptar que hay alguien al que parece que le intereso mi mente no difiere tan rápido dicha información.
―Quiero que entiendas que eres especial. Aunque reside el poco tiempo de conocernos, hay una conexión que va más allá de nuestra intención. Entiende que aunque suene cursi y estúpidamente desfasado, te has vuelto todo para mí.
No detengo mi caminar por el lugar. Trato de que sus palabras no causen más efecto del que ya hizo en mi mente y cuerpo.
¡j***r!
Escucho sus pasos acercándose cada vez más y mi raciocinio no articula respuestas. Sin fijarme me toma de la cintura y me vuelta para verme a los ojos. Todo en él, grita sinceridad, egoísmo, destrucción y cariño. No entiendo esa mezcla. Pero lo que si entiendo es que este hombre ha creado sensaciones desfallecidas.
Enfoco mis sentidos. Escucho como algunas aves cantan fuera de la mediana mansión. Mi olfato sigue inhalando la humedad de las paredes. Mi paladar no desea seguir sintiendo la tensión de mi boca reseca. Mis ojos detallan las duras facciones de Montecarlo. Y mi tacto preside al efecto secundario por tenerlo tan cerca.
Tan cerca, que me es imposible no delinear mis dedos al contorno de su poblada barba.
―Deberías seguirla conservando ―musito. Lo veo asentir―. Yo… ―parpadeo―; puede que sea confuso poder determinar mis sentimientos. Porque temo ser dañado de nuevo ―sus ojos no abandonan los míos―. Pero, deseo intentarlo. Solo que…
―… te hare feliz ―interrumpe―. Así me toque convencerte con llevarte en mis brazos y presentarme ante todo el mundo aclamando que eres mío.
Ruedo los ojos con gracia.
―Para ser un fortachón, eres bastante predecible en escoger las palabras adecuadas para hacerme sentir avergonzado.
―Es el efecto Montecarlo ―me burlo―. ¿Entonces aceptas ser mi novio?
―¿Acaso tengo otra alternativa? ―pregunto con una pequeña risa.
Gira sus ojos y besa mi nariz: ―No, porque desde que te vi me dije que lo serias.
―¿Cómo estabas tan seguro?
―Porque sí.
―¿Te han dicho que sueles ser exasperante?
―No se atreverían,
Coloco mi cabeza en su pecho y recuesto mi cuerpo en el suyo.
―Pues entonces rompí el record porque te lo digo y de frente ―suelta un risa. Una tan bonita mi corazón se agita.
―Eso merece un castigo ―se separa y me tome entre sus brazos. Es tanta la fuerza me eleva en su hombro para caminar a la salida de la mediana mansión.
―Ni se te ocurra, Percival ―chillo avergonzado―: o pateare lo que te cuelga entre las piernas tan fuerte que tendrás que ir a buscarlo a otro continente.
Sigue burlándose y notamos a los hombres vernos sorprendidos.
¡j***r con este hombre!… sí, quiero que él, me joda.