Capítulo 14

1091 Palabras
Han pasado ocho días desde que acepte ser novio de Montecarlo. En estos días que he estado prácticamente ocupado con el servicio comunitario, con el trabajo en el colegio y con las actividades de la carrera, he podido interlinear mis pensamientos. Logre de cierto modo establecer mi raciocinio y brindarme la oportunidad de creer en él. Puesto que las dudas y la incertidumbre siguen luchando para obtener atención; es algo que no me había sucedido desde que mis padres supieron de mi orientación s****l por boca de mi primo. ―¿Cómo te sientes? ―miro con los ojos entrecerrados a mi amiga Renata. Es miércoles. Hoy tengo servicio comunitario. Renata permitió que pasara por su casa antes de ser la hora de ir al servicio. Aunque parece que no es tan buena idea. Daniela, hoy no asistirá por motivos laborales. Solo asiste los lunes, martes y viernes. ―Bien ―respondo suave. ―Sí, dices que estas bien ―ruedo los ojos con burla. Ahora sé, que viene a cuestionar―: ¿por qué estuviste tan alejado de las redes en la última semana? ―¡Ah! ―suspiro―. He estado ocupado con las clases del colegio ―explico dudando. ―Eso no te lo crees, ni tú mismo ―cruza los brazos por encima de su pecho. Enarco una ceja. ―¿Estas cuestionando mis hechos? ―rio bajo. ―Cuestiono tus capacidades para demostrar, realmente que algo te está sucediendo y nos estas dejando por fuera. Guardo silencio por unos segundos. Renata me mira fijo. Tomo una bocana de aire. ―Estoy conociendo a alguien, ¿vale? Sus ojos se expanden ante la noticia. ―¿Enserio? ―asiento con la cabeza―; ósea… yo… es decir…―chilla exasperada―. ¿Lo conozco? ―niego mientras suelto una risa. ―No sé. Parece que todos lo conocen y él único que no sabía de su remota existencia: era yo. Me levanto de la silla de mimbre. Camino por el centro del recibidor principal de su casa. ―¿Cómo se conocieron? ―pregunta pujante―. Siéntate, que me mareas. ―A través de i********: ―ignoro lo último dicho, por ella―; empezamos a hablar haces hace semanas y no podía creer la conexión tan perra que sentí. Tenemos muchísimas cosas en común y me atrae físicamente, pero el problema… es que fue el tipo que le tire la bebida encima la primera vez que salimos a Cygnus Bar. Sus ojos brillan y su compostura se acomoda rígida. Oh, j***r. ―¡No nos habías dicho nada! ―chilla indignada. Toma un suspiro para después continuar―: Daniela… ¿lo sabe? ―niego con la cabeza―… j***r, Xavier. ―No era algo serio ―farfullo. ―¿Era? ¿Eso qué significa? ―Que oficialmente somos novios, Renata ―afirmo ruborizado. Observo de soslayo como frunce los labios. A pesar de tener solo cuatro años de amistad. Ambos nos conocemos tan perfectamente que sabemos lo que nos sucede. Podemos estudiarnos con vernos furtivamente o con algún movimiento corporal. Genuinamente sacamos conclusiones de las situaciones que nos pueden afectar o que solo nos beneficia. Renata, Daniela y yo hemos creado un vínculo tan fuerte que con barrer nuestras emociones logramos entendernos. Somos rompecabezas singulares, que se encuentran para encajar con delicadeza. ―Okey ―me mira tan fijamente que trata de buscar la duda de mis palabras―. ¿Y cómo es? ―¿Él que? ―cuestiono con una sonrisa enmarcada en mis labios. ―El hombre que te trae así ―me señala con la mano―; debe ser muy pero muy bueno con lo que hizo, porque para aguantarte ―soltamos una risa. Observo como se acerca y me enrolla en sus brazos. ―La duda es: ¿qué hice para merecerlo? Me siento tan tranquilo al estar abrazado a ella. Todo su alrededor me trasmite confianza, delicadeza, amor, carisma, comprensión y mucha honestidad. Ella y Daniela llegaron a mi vida para generarle buenas vibras. ―Eres más de lo que crees. Debes entender tres cosas, Xavier ―remojo los labios―. Primero, que tú eres un ser lleno de mucha luz, que a pesar de todo sigues brillando y con mucha fuerza ―siento como mis ojos brillan―; tercero, pues… que todo ese brillo lo usas para ser genial con todo tu entorno y que trasformas la vida de las personas positivamente ―sonrió―… y tercero, que te deben de amar por lo que eres, más no por lo que ellos quieren que seas. ―Aun es difícil de creérmelo ―comento aún bajo de sus brazos―. Desde luego, lo sigo intentado. ―Xavier… ―¿Sí? ―Te quiero… ¡Sí! No quiero que esta idiota deje de abrazarme nunca. *** Y aunque la fiesta no se extinga en nuestras venas. Seguimos disfrutando de cada uno de los momentos que nos siguen apasionando. Observo a cada una de mis amigas, compañeras y colegas colaborar en el servicio comunitario con una efusión invaluable. Mientras yo coloreo en compañía de Mathias y de la pequeña Zoe vislumbro mi entorno. La profesora que nos brindó la oportunidad estar aquí (en el servicio comunitario) ríe mientras los otros pequeños cantan. ―Xavier ―veo a Paula, que me llama―. Vamos a la panadería a comprar aperitivos al final del servicio ¿iras con nosotras? ―asiento con una sonrisa. ―Sí. ―Hoy estas más contento que otras veces, eh picarón ―rio bajo. ―¿Tan obvio es? ―inquiero dejando a los niños para que continúen coloreando. ―Se nota a kilómetros. ―Oh, j***r ―ambos reímos. ―¿Alguien conquisto al dulce Xavier, sin mi consentimiento? ―me mira desafiante. ―Más o menos ―simplifico. ―Tenemos que hablarlo. ―Okey. Treinta minutos más tarde. Estamos caminando Manny, Verónica, Paula y yo hacia la panadería. Esta queda a unos metros de la universidad. Muy cerca. Es un sitio que se ha vuelto popular después del cambio de sede matricular. Uno que también usamos constantemente. El día está húmedo. El viento sopla en sentido contrario con aires bajos. El sol reside escueto detrás de las grises nubes; algunas personas caminan de nuestro lado. El reloj de mi muñeca marca las diecisiete horas exactas. Llegamos a la cafetería huyendo de las melancólicas nubes. Rápidamente encontramos asiento en una esquina. La cafetería esta atestada de gente. Marco el temporizador del reloj cuando nos sentamos. Visualizo a lo lejos un auto que se me hace reconocido. ―¿Qué pedirás? ―parpadeo tratando de captar lo que me dijo Manny. ―¿Ah? ―Sí, definitivamente estás enamorado ―comenta Paula, llamando la atención de todas. ―¿Xavier, enamorado? ―se burla Verónica―. Seguro que tendrás un bebé en las últimas horas. Todas ríen. Niego con la cabeza. ―Te podrías sorprender de las cosas que puedo ocultar ―le guiño el ojo. ―¡Venga! ¿Quién fue el Romeo que cautivo tu duro y congelado corazón? Es ahí. Lo miro descender del automóvil que se me hacía tan conocido. Tan perfecto, con su barba recortada, con los típicos lentes oscuro que acostumbra a usar impidiéndome observar sus feroces e intrépidos ojos. Con su porte elegante despreocupada que camina atrayendo todas las miradas. Puedo sentir las inquisidoras miradas de mis amigas sobre mí exigiendo una respuesta. ―Buenas tardes ―ahí está la respuesta a sus dudas. Con su voz cargada de fuerza y excitación. El Romeo que cautivo mi duro y congelado corazón de terciopelo.   
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR