―Le has caído de puta madre a mis colegas ―toma mi cintura mientras besa mis labios.
―Ah ¿sí? ―escondo mi cabeza en el hueco de sus hombros. Me situó en puntillas.
Joder, este hombre es muy alto.
―Sí, casi nunca se llevan bien con las personas como… ―me tenso.
Lo miro sin saber que decir en realidad. La puya en el abdomen molesta tanto como su mirada pertinente.
―¿Cómo yo? ―termino en cuestión―. Vale: ¿Y tú que eres? ¿Yo que soy? ¿Qué son ellos? ―guarda silencio. Me alejo de su contacto―. No soy, ni tu eres, ni ellos son una etiqueta, Percival. Somos seres humanos, con gustos totalmente distintos.
―Es que yo…
―Tu nada Percival ―murmuro dolido―, has sido un machista homofóbico de mierd con este comentario a medias ―me mira fijamente, cruza los brazos por encima de su pecho―. Puede que esto sea nuevo para ti… ¡De cierto modo para mí lo es! Te escogí a ti, sobre otros.
―No habrá otros, Xavier ―masculla enojado.
―No vengas con tus celos, egocentristas. Que estoy hablándote de un tema que no tiene que ver con esté, j***r ―camino hasta el primer sillón y me siento. Imita mi acción pero en el del frente.
―Bien, esto me gusta, hablar, dialogar. Para estar bien ―suelto un suspiro.
―No se trata solo de eso, Montecarlo ―lo miro a los ojos―, sino de saber medir las palabras. Entiendo perfectamente que lo hiciste porque estas bebido, pero eso no implica el porqué. Tengo suficiente mierda en mi vida con respecto a mi sexualidad; como para que mi pareja, que no sabe qué coño es, porque le gusta partir culos, me de indiferencia con un tema delicado.
―Lo siento ―observo como se levanta del sillón y se postra en el suelo. Toma mis manos con las suyas. La aprietan con un poco de fuerza―. ¿Me perdonas?
―No tengo que perdonar nada, Percival, tampoco es que hubieses asesinado a alguien. Solo te estoy diciendo que no está bien lo que hiciste.
―Enmendare mi error, lo prometo.
―Eres un cabezón ―atraigo sus labios a los míos.
―¿Y qué? ¿Follamos? ―ruedo los ojos.
―Siempre piensas con la cabeza de abajo.
―Tiene ciertos dotes de enmendar errores. ―me alza en sus hombros.
―¡Coño, Montecarlo!
―¿Con esa boquita me haces felaciones?
―¡Asqueroso!
―Asquerosidades haremos. Como dos adultos.
Me burlo una vez más. Y nos acostamos en su cama. Nos enfrentamos a una batalla de roces, donde mi libido va tomando egresión en el cuerpo. Sus manos tocan más allá de mi piel. Sus besos en mi cuello crean una fricción ordinaria en todos mis principios. Intercepto cada movimiento con mis manos. Más allá de mi mente, siento como cada suspiro y traspiración dejan contrastes en nuestros raciocinios.
―¿Sabes por qué las creencias religiosas van de la mano con el placer s****l? ―cuestiona dándome besos en mis pezones.
―No, ¿por qué?
―Por esto ―introduce dos dedos llenos de saliva en mi esfínter.
―¡Oh Dios mío! ―gimo fuertemente.
―Ves que tenía razón…
―Calla, Percival. Y sigue.
―¿Te gusta? ―mueve los dedos de adentro hacia afuera. Su fricción me está volviendo loco.
Sin darnos cuenta, ambos caímos rendidos después de avivar nuestras emociones.
***
―Hay personas que no tienen idea de cómo un comentario «en broma» sobre las inseguridades o defectos de alguien puede afectar a una persona. De cómo se sobrelleva este. En minúsculas ocasiones una palabra puede destruir la integridad de un individuo. Por lo que si no vas a sumar, mejor no restes.
Cada uno de los estudiantes me observan atentos. Es miércoles. Suelto un suspiro. Miro alrededor del aula. Cada uno de los alumnos están atentos a mis movimientos.
―¿Alguien quiere acotar algo?
―Yo, profesor ―alza la mano un chica regordeta―. Si se supone que la mente doblega cada una de las palabras que recibimos, ¿cómo se debe hacer para erradicar esas emociones obtenidas?
La miro fijamente. Su pregunta me hace sonreír.
―Nosotros; como seres humanos, estamos acostumbrados a cometer un mil millones de errores. La base de los errores, es que no conectamos en muchas ocasiones la lengua con el cerebro ―todos ríen―. Sin embargo, para erradicar el daño que causa las palabras que nos afectan, es hacerte creer que no te afectan, porque la mente trabaja con lo que tú quieras hacer. Si tú dices: no quiero, no lo harás, sin embargo, si tú quieres, lo harás. Querer es poder.
―¿Entonces no debemos prestarle atención al qué dirán? ―esta vez pregunta un chico.
―Exacto.
En ese momento suena la campana. Indicando el final de las clases.
Suelto un suspiro.
―¡Recuerden que la próxima clase habrá examen! ―escucho a todos quejarse. Y mi mente llega un breve recuerdo. Cuando también estaba en bachillerato y todos odiábamos los exámenes.
Cada uno de ellos sale del aula. Por mi parte; recojo mis pertenencias. Aun en mi mente se mantiene los recuerdos de la última vez que estuve con Percival. Una diminuta sonrisa se moldea en mis labios.
¿Qué estará haciendo?
Justo en ese momento entra una llamada.
―¿Cómo le fue a mi chico, hoy? ―me ruborizo. Observo mi entorno.
―Considerablemente bien ―respondo mientras me despido con la mano de los demás.
―¿Qué harás más tarde?
―Tareas ―digo escueto.
De pronto hay un diminuto silencio. Entendiéndolo, seguro está pensando la siguiente pregunta.
―¿Por qué tan bello, hoy?
Abro mis ojos y alejo el teléfono de mi oreja. Observo mi entorno confundido.
―¿A qué viene eso?
―Deseo que me acompañes a ver una finca que quiero comprar…
―¿Estás aquí? ―le interrumpo.
―Estoy diagonal a esas bonitas y carnosas nalgas, que tanto me fascinan ―suelto un suspiro dando vuelta para observar su bonito automóvil.
Observo como se acerca despacio.
Cuelgo la llamada. Situó mis manos en mi cintura. Cuando está a mi alcance. Baja el vidrio de copiloto para verme con su radiante y sexy sonrisa.
―¿Cómo sabias que trabajo ahí? ―señalo con la cabeza el colegio.
―Eres bastante conocido por aquí ―se retira sus típicos lentes oscuros para guiñarme el ojo.
Suelto una risa y subo al asiento de copiloto.
Apenas y estoy dentro del auto toma mi barbilla; me ve fijamente a los ojos. Siento mis mejillas sonrojadas. Con una de mis manos dirijo un movimiento suave en su poblada barba. Sin dudarlo más besa mis labios. Es un beso decidido, lleno de emociones y de inseguridades. Detecto su posesividad y la detestable discordia por no verme todos los días. Es un hombre que obtiene tantos enigmas relacionados con su vida con su rutina. Y justo en ese momento me fije, que no lo conocía, solo tenía entendido cuáles son sus propósitos y sus emociones.
―Montecarlo ―susurro en sus labios. A regañadientes se separa de mi boca.
―¿Qué paso, amor? ―exhala y pone en marcha el automóvil.
Trato de acomodar mis pensamientos y poder glosar las palabras adecuadas.
―Sé muy poco de ti ―murmuro bajo.
―¿Y no te basta con lo que sabes? ―gira para verme.
―¿Eso crees? ―ruedo los ojos―. ¡Pues no! ―miro a través de la ventanilla―. Se supone que estamos saliendo, eso significa que debo conocerte más.
―Xavier ―suspira. Acomoda su gorra―. Bien, soy trabajador, soy independiente, me gusta beber, viajar y estar con buena compañía ―una de sus manos se posa en mi rodilla―; ¿contento?
Niego con la cabeza.
―En realidad no me dijiste nada. Tu sabes prácticamente todo de mí. Tu eres un misterio, una capsula nefasta.
―Y tú eres hermoso y mío.
―¿Por qué siempre eres tan celoso? ―cuestiono con una ceja enarcada.
―Porque sí.
Inhalo con fuerza.
Les juro que no lo entiendo.
El viaje del coche es denso, y un tanto abrumador. Habíamos salido del pueblo hace diez minutos. Sin que él supiera pasamos por la casa de abuela. La gente se quedaba viendo el automóvil, puesto que es un último modelo y no sé mucho por aquí. La gente de pueblo suele ser ¿curiosa?, sí. Pasamos dos pequeños poblados, hasta llegar a un campo totalmente verde, lleno de árboles, flores, algunos animales domésticos y varios hombres con grandes camionetas 4x4. Percival me observa con intensidad a través de sus lentes oscuros. Siento como sus manos me toman del rostro. Sus acciones son muy extrañas. Es como si se aferrara a una opción invaluable.
―¿Qué sucede? ―logro preguntar suavemente.
―Nada ―sonríe―. Estoy feliz de tenerte a mi lado ―mi corazón se agita. Es una sensación única y encálenle.
―Gracias ―le doy un beso en la mejilla. Lo veo negar con la cabeza.
―Yo soy el agradecido, Xavier. Desde que llegaste a mi vida, todo va en ascenso. Me das suerte y eso es importante para mí ―besa mis labios castamente―; jamás pienso dejarte ir de mi lado.
Lo único que hago es verlo. Toda esta situación me tiene confundido. Apáticamente mi mente se retorcija ante la idea de lo controlador que es Montecarlo. Sus acciones son delirantes y bipolares.
Lo que puedo afirmar… le está dando a mi vid aun giro mayor al de ciento ochenta grados.