Capítulo 11

1595 Palabras
…justo en este momento mi monotonía depende entre lo que quiero y lo que necesito. La diferencia entre querer y necesitar se convierte en un crepúsculo en la calle; primero al querer entregar mis sentimientos y tener el temor de ser pisoteados. En cambio necesitar entregar mis sentimientos, se convertiría en un impulso involuntario donde debo conseguir las mil y una maneras de que esto no llegue afectarme. Percival y yo estamos creando un vínculo agradable. Nuestras conversaciones han sido amenas, fuera de tono, exuberantes, graciosas e incluso espontaneas. Somos tan distintos que dudo de lo que realmente estamos forjando; más que todo lo este pueda afectarme y en como lo pueda sobrellevar. Lo admito. Tengo miedo. Miedo a enamorarme de alguien y terminar siendo la basura que no tiene reciclaje. Habíamos mantenido una buena charla donde estábamos conociéndonos más allá de la figura social que portamos. Había admitido que la gente espera tanto de él, que a veces duda en que pueda sentirse satisfecho con lo que consigue. Olvida de muchas formas lo que quiere realizar por quedar bien con el otro (situación que me asemeja). En intocables ocasiones nuestras manos se han rozado y el bombeo continuo en mi corazón manda señales de alerta. Estaba transpirando a montones. ―Estoy feliz ―comenta de la nada. Subo la mirada para posarla en sus profundos ojos. ―¿Sí? ―asiente―; ¿Y a qué se debe tu felicidad? ―Qué realmente siento que estoy conectándome con alguien. Es una simpática conexión donde percibo que me entiendes de cierto modo… ―Lo dices porque estudio psicología ―lo interrumpo. Suelto un murmuro sujeto a un pequeño mohín. ―Lo digo: porque tu manera de ver el mundo es brutalmente honesta. Mi corazón galopea fuerte. Mis manos sudan. Las paseo por el pantalón tratando de secarlas. Sin embargo, surgen cada vez más. ―Tu manera de coquetear es… singular ―comento viéndolo fijo. ―¿Singular? ―asiento; mis mejillas se encienden cuando acerca su rostro al mío. Está muy cerca―, y ¿cómo es eso? Su aliento impacta en mis abultados labios. Tengo la frente perlada de transpiración. Sin evitarlo me lleno de coraje. ―Logrando esto ―corto la distancia. Y lo beso. ¡Sí! ¡Lo beso! Siento la suave textura de estos. Su aliento se prende del mío y lo compartimos trabalmente. Es una magia densa que nos une por esos segundos, ambos compartimos un beso lleno de inseguridades, de temor pero lleno de mucha energía eufórica. No nos importó que la gente nos viera en el restaurante. Y si a él no le importa, a mi menos. El moviente de sus labios dirige un régimen lineal, donde marca la unificación de querer y necesitar. Ambos hemos querido hacerlo, sin embargo la necesidad de hacerlo se había vuelto un culto enigmático. Sus manos toman un poco de atrevimiento y se posa en mi cuello acércanos mucho más de lo que estamos. Ignoro la molestia al sentirme preso entre la mesa y el. La subdivisión hace que mi psiquis se queje anhelando su cercanía incriminatoria. Ahogo un jadeo cuando su lengua se introduce, penetra mi boca con descaro. Siento como mi erección crece cada vez más. ―Percival ―trato de alejarme; desde luego, lo prohíbe. Después de unos largos minutos donde los besos seguían. Une su frente a la mía. Sus ojos brillan con intensidad y sus dedos palpan mi cabello. ―Si me estaba volviendo adicto a tu presencia, esto completo el proceso ―murmura dejando otro beso en mis labios. ―Quien diría que con tu presencia de macho alfa, estaría escondido un romántico pertinente ―digo atreviéndome a darle otro beso. Nuestras respiraciones son cortas y oficiantes. ―Puedo quedarme todo el día aquí, pero ya terminamos de comer y deseo llevarte a otro sitio ―comenta ignorando lo que le había dicho. ―¿A dónde? ―lo miro a los ojos y me aparto. ―Ya lo veras. Se levanta de la silla abruptamente. La gente gira a observarnos. Tiende su mano. La miro para después subir la mirada a sus orbes. Siento un leve impulso que arremete contra mi corazón. Con cuidado me levanto y sin dudarlo tomo su mano. La envuelve en un caluroso tacto y jala de ella llevándome a la salida del restaurante. Nos subimos al auto sin complicaciones. Noto como sus manos se estrujan con agilidad al volante. Es todo un experto manejando. Tan igual a mi papá. Observo a través de la ventana los autos pasar al costado del coche, y la multitud de personas que recorren la cera y otras tanto que cruzan la calle. Mantengo mis dedos entrelazados por encima de mis muslos. Acribillo mis dedos por el contorno del pantalón de chándal. Puedo sentir la mirada de Percival, sin verlo puedo sentirla. Pues su intensidad es arropadora. Cuando giro a verlo me guiña un ojo. Sin dudarlo me ruborizo, emite una risa chueca. ―¿A dónde me llevas, Montecarlo? ―me ignora. Pellizco su pierna. Para captar su atención. ―Ten paciencia, corazón ―con una de sus manos aprieta las mías―; te encantara. ―Comienzo a dudarlo ―mascullo acojonado. ―Eres tierno incluso orgulloso ―con la misma mano la posa en mi mejilla. Me dejo llevar por su caricia. Este hombre es exasperante. j***r. Noto como el auto se va deteniendo. Vuelvo a fijar mi vista por la ventana. ―¿Es enserio? ―no puedo evitar que la burla surja de mi boca. ―¿Qué? ¿Por qué la burla? ―sitúa el freno de mano y apaga el auto. ―No, nada ―rio. Veo con atención la edificación de la discoteca más sonada de San Cristóbal: Triskel. Son las 17:45hrs. El alba comienza a esconderse detrás de los rascacielos. La brisa recae en mi rostro cuando desciendo del auto. Detallo unas cuantas camionetas estacionada casi cerca donde estamos. ―¿No es muy temprano? ―pregunto sobando mis brazos. ―Para nada ―retrocedo cuando se acerca. Tengo que subir la mirada para poder verlo directamente a los ojos―. No quiero que nada te haga sentir incomodo ―no comento nada; si en cualquier momento te sientes así, lo dices y nos iremos. ―¿Por qué lo dices? ―cuestiono incrédulo. Una de sus manos aterriza en mi mejillas, cierro los ojos dejándome llevar una vez por la sensación que emerge las yemas de sus dedos al cincelar mi abultada mejilla. ―Las personas que me rodean, pueden llegar a ser impertinentes e incluso retrogradas al relacionarse con personas que no les parezcan de su mismo estatus ―Estoy acostumbrado a todo tipo de tratos, Percival; no puedes doblegar las opiniones de la gente que contraigan hacia mi persona. Pero agradezco infinitamente tu manera de proteger mi integridad. Sus ojos brillan. Una vez más, por el día de hoy, siento sus abultados labios posarse con los míos. El efecto es seductor, íntegro e inspirador. Me sumerjo en la densidad de la que sus movimientos se acoplan a los míos es una manera de percibir el afecto que surge entre nosotros. Todo es superlativo. ―Reitero por millonésima vez. Me encanta tu forma de ver el mundo. Y eso es lo que observo de la persona que me gusta, lo elocuente y honesto que puede ser. Sonrío de lado sin mostrar los dientes. Recargo mi cabeza en su duro pecho. Siento el palpitar de su corazón en mi oído. ―Te diré un secreto ―subo la mirada. Asiente con la cabeza―. Tengo miedo de lo que pueda sentir por ti. Soy muy ingenuo. Me apego a una persona con facilidad, soy de los que entregado todo y recibe poco y aun así, estoy ahí. ―No hay una cosa que me deja de gustar de ti, Xavier. Eres un enigma valioso. Me brinda otro beso. Y caminamos a la entrada del lugar con las manos enlazadas. Los de seguridad miran a Percival, asienten con la cabeza y nos dejan pasar. Mis sentidos se expanden al sentir las múltiples sensaciones que lo abarrotan. Música electrónica suena con fuerza. El olor a nicotina en el aire. La humedad de algunos cuerpos que danzan de lado a lado. Las luces fluorescentes y rítmicas en el centro de la pista. Y las miradas inquisidoras de algunas personas que nos miran al entrar y aún más puestas en nuestras manos enlazadas. Un par de hombres se acercan y Percival se detiene. Miro de soslayo a la pequeña multitud de personas que están en el VIP prestándonos atención. Puedo identificar a cada uno como los prepotentes de la ciudad. Ruedo los ojos y los vuelvo a fijar en los hombres. ―¡Percival hermano! ―saluda uno de ellos. Cabello castaño corto, ojos pardos y estatura promedio, complexión fuerte. Parece un buen tipo. ―¡Casimiro, mi brother! ―nuestras manos se sueltan cuando Percival le brinda un abrazo al hombre― ¡Cherry, viejo! ―saluda al otro hombre. Es casi parecido el otro la diferencia es la estatura pues es más alto y los ojos son verdes. Los hombres se dan un abrazo y sonríen contentos de verse―. Miren les presento a Xavier, el chico con el que estoy saliendo ―mi corazón galopea cuando me titula de aquella manera. Los hombres me miran con pequeñas sonrisas. Les tiendo las manos pero la rechazan, cada uno me atrae a su cuerpo y me brindan un fuerte abrazo. Casi quedo sin aliento. ―¡Un gusto conocerte Xavier! ―aclama Casimiro. ―El gusto es todo mío ―me ruborizo. ―Te me haces conocido, no sé de dónde. Peor te he visto ―esta vez me habla el otro hombre. ―Es el chico que me tiro el trago encima, en Cygnus ―puntualiza Montecarlo. ―¡Claro! ¡Te recuerdo! ―se burla mirando a Percival―. Tienes muchos huevos para hacer lo hiciste esa noche, eh. ―Un poco ―respondo irónico. ―Si no fueses del gusto de Montecarlo, te aseguro que estarías internado en un hospital, amigo. ―¿Si? ―miro con los ojos entrecerrados a Montecarlo. Se rasca el cuello ansioso. ―¡Pero vengan! ¡Vamos a celebrar que Montecarlo ya tiene nueva conquista! Me incomodo por un microsegundo pero me relajo cuando su mano se posa en mi espalda. Tiene una leve forma de mostrarme su interés por mi bienestar mental. Es un hombre enigmático, uno muy intrépido.   
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