Siento como mis ojos pesan. Suelto un largo bostezo. A mi lado tengo la presencia dormida de Daniela. Es gracioso como mi mejor amiga se mantiene serena. Mayormente es muy activa. Son tantas veces que hemos despertado juntos.
Desperezo un poco para luego tantear con la mano en busca de mis lentes. Los consigo entre la almohada y mi cabeza. Suspiro pesado. Trato nuevamente de abrir los ojos. Y lo consigo. Al situarme los lentes, ojeo mi entorno. Encuentro el ventilador dándonos en las piernas, las cortinas cerradas para que no entren los escasos rayos de luz. El mueco pensamiento de encontrarme con el señor ego (Percival), produce que mi estómago se remueva.
Me levanto de la cama para poder alistarme e ir a la sede administrativa de la universidad.
Minutos después estoy duchado, vestido con el cabello ligeramente arreglado. No uso perfume porque me fastidia estar inspirando ese químico fastidioso. Curiosamente detesto usarlo, pero adoro inhalarlo en otras personas. Es un placer culposo. Renata está despierta observando su teléfono. Carraspeo llamando su atención. Cuando la obtengo le hablo.
—Tengo que ir a pagar la universidad —índico apoyándome en el marco de su habitación.
—¿Tan temprano? —me mira de soslayo.
—Aja —asiento.
—¿Daniela?
—Está dormida. Parece un oso hibernando.
—Cosa rara —niega mientras se levanta de la cama.
Con el caminado de un zombi se dirige a la puerta principal. Sigo sus pasos a una distancia un tanto perezosa. De verdad que odio madrugar. Aunque la casa de Renata quede casi cerca de la sede administrativa; me motiva a pensar un poco sobre la decisión de encontrarme con Montecarlo.
—Me escribes cualquier cosa.
—Vale —le doy un beso en la mejilla.
—Vendré después para buscar mis cosas.
—Bien.
Con el corazón galopeando camino hasta la parada más cercana para tomar el bus que se dirija a la sede. Espero un cuarto de hora cuando se asoma el vehículo. Me subo pagando el pasaje al chofer. El camino a la sede pienso un poco sobre lo que está sucediendo en mi vida. Y de lo elocuente que se está convirtiendo. Decenas de dudas con respecto a la cercanía de Percival y de la incertidumbre con la intuición que últimamente tengo. Es delirante. Cada estrago envuelve mi raciocinio. Sin meditar que estoy haciendo mal o que hago bien; respecto a la falta de empatía por conocer a otras personas crea un inflamable fuego quejumbroso. Necesariamente, he obtenido ideas recíprocas donde mi pertinencia vale más que cualquier espontáneo individuo.
Lo sé, puedo ser un antisocial excéntrico.
Noto cuando el bus se acerca a pocos metros del lugar donde voy. Pido la parada. Pronto desciendo. Replico la mirada por el espacio; dejo escapar un suspiro. Realmente no asistí a la sede administrativa de la universidad; sino a un lugar despejado de personas, solo hay pocas. Es un sitio particular que uso para relajarme, para cavilar e incluso observar.
Es mi guarida. La nefasta guarida.
Dejando de lado mis pensamiento. Emprendo una breve caminata por el alrededor de los árboles, visualizo un diámetro de rocas abultadas cerca de una pileta cubierta de agua cristalina. Alrededor de ocho aves se bañan contentas en la pileta.
Cubierto de ansiedad tomo asiento cerca de la pileta. Las personas pasan a mi lado sin tomarme atención.
Intento creer que todo es perfecto en mi vida y que tengo todo en orden. Pero nada es cierto, tengo breves problemas de ansiedad. Me da pánico conocer gente y que de alguna falla pueda ser juzgado. Viví rodeado en mi etapa de adolescencia con personas toxicas; poco a poco que iba pasando los días en aquellos tiempos, aprendí a ser el número uno en desarrollar tácticas de criticar al que pasa por mi frente y al que también lo hace por la espalda. Irónico, creyendo sanar estando con ellos. Al pasar de los años, estaba viviendo una secuencia trascendental donde mi salud mental estaba en juego. Las ideas idóneas escaseaban y la cordura se debilitaba.
Cuando estaba en el último año de la secundaria, tenía en mente lo que deseaba hacer, lo que anhelaba desarrollar, y lo que trataba de olvidar. En el denso camino, iba dejando los químicos tóxicos que denominaba «amigos», los adulterados infalibles comentarios que exhortaba para pasar a un desarrollo personal. Y no lo niego, han pasado solo casi cuatro años de la primera visión emprendedora emocional que pude haber escogido.
Y ahora. Vivo retractándome con destilaciones de ánimos posesivos. Que primero debo ser yo, yo, yo y yo. Porque nuestra sociedad no obliga que primero el otro y después «yo».
Parpadeo cinco veces seguidas. El teléfono vibra en el bolsillo del pantalón.
Lo extraigo para detectar un mensaje de texto de Percival.
–Estoy contando los treinta minutos, esperando que me des tu ubicación.
Jadeo sin evitarlo. Vislumbro la hora que marca el teléfono.
12:15 horas.
No me había fijado que tan tarde era, pase toda la mañana aquí, ni me acorde de desayunar ni que tenía una cita con Montecarlo.
Joder. Ahora todo se me olvida. Cualquiera cree que tengo la memoria de Dory.
Respondo diciéndole la ubicación donde me encuentro. Permanezco en quieto esperando a que el señor ego haga aparición. Mi estómago ruje de hambre. Mierda, debí haberme comprado algo para desayunar. Estaba tan absorto en mis pensamientos que olvide comer. Vislumbro como una camioneta 4x4 negra se detiene frente a la guarida. Percibo cuando la ventana del conductor se baja. Me levanto y camino con cuidado hacia la camioneta. Podría ser cualquier persona, pero mi intuición afirma que se trata de Percival y así es.
Lentes oscuros y gorra marrón junto a su indescriptible expresión se asoma por la ventanilla.
Sin emitir un contacto directo me acerco al puesto de copiloto. Me subo al auto no sin antes soltar un suspiro.
—Buenas tardes —comento viéndolo. Su cabeza gira, no puedo observar sus ojos. Sonríe sin mostrar los dientes. Mi corazón galopea cuando una de sus manos se dirige a mi mejilla. Roza con el dorso de sus dedos mi mejilla.
—Muy buenas —musita—; ¿te has visto a un espejo? —su pregunta me toma desprevenido.
—¿Por qué?
—Mala educación responder con otra pregunta.
Giro los ojos.
» Porque hoy luces mejor que la última vez que te vi.
Sin evitarlo me sonrojo.
—Tu manera de conquistar gente es patrañera —se ríe.
—¿Pero si sirve?
—Va por buen camino.
Asiente y gira la vista al frente.
Maneja por gran parte de la ciudad. El tráfico es terrible. Se crea un silencio cómodo. Podía obsérvalo de soslayo. Estaba extasiado en sus rusticas facciones, detallo la manera en como roza su brazo con mi pierna cuando cambia de velocidad. Y la cualidad de oprimir su mandíbula.
Luego de veinte minutos aparca frente a un restaurante que me fascina.
—¿Cómo sabes que adoro la comida italiana? —giro para verlo.
—Intuición —comenta apagando el auto.
—Te creeré.
Se ríe. Bajamos del auto. Caminamos a la entrada de Mille Miglia. Un especioso restaurante cuatro estrellas. Solo he podido comer siete veces desde que tengo uso de razón, es uno de los restaurantes más costosos, que donde la comida es deliciosamente increíble. Tomamos asiente al fondo del lugar, en el trascurso de llegar a los asientos pude observar sus decoraciones de líneas negras y amarillas. Espejos asimétricos y sillas de cuero.
—Por un momento creí que no querrías aceptar esta cita.
—¿Cita? —pregunto burlón.
—Claro, ¿Qué creías qué era? —junta sus manos por encima de la mesa. En ese momento retira sus oscuros lentes; casi jadeo cuando observo sus profundos ojos.
—Salida de amigos —murmuro.
—Sabes perfectamente que eso es lo menos que quiero contigo, Xavier.
Sus palabras hacen que mi estómago se remueva.
En ese preciso momento se acerca un mesonero con la carta. La recibo obsequiándole una pequeña sonrisa cordial. Observo los nombres de los platos, y como si fuese experto pido el que más adoro: Pasta.
—Gracias —Percival le entrega la carta con su pedido. Ambos pedimos zumo de mora.
Aunque suene despistado siento que estar aquí con Montecarlo es como un delirio. Una de sus manos cincela mi pierna por debajo de la mesa. Visualizo el alrededor. Nadie nos presta atención. Aprieto los labios. Sus ojos buscan los míos.
—¿Estas ameno? —Asiento con la cabeza—. Si te sientes incomodo podemos ir a otro lado.
—No, es perfecto. Gracias.
—Lo mejor para ti, Xavier —suelto una pequeña risa—. ¿Te incomodo? —cuestiona.
—Más bien me causas gracia —me burlo.
—¿Y eso por qué? —ríe.
—Porque no sé qué hago aquí contigo. Soy de conocer a hombres de una sola vez.
—Eso cambiara —aprieta la pierna.
—¿Por qué estás tan seguro? ¿Tan egocéntrico eres?
—No, yo lo llamo: el arte de la seducción. Y yo te quiero para algo más que una noche.
Me ruborizo. Sus ojos son tan penetrantes que trasmiten cierta calma. Las cuencas de los ojos son tan livianas que deseo estar ahí sosteniéndolas. Como un hechizo provocador.
—Está bien —subo las manos a la mesa; repite mi acción tomando las mías.
—Cuéntame de ti.
—Creo que ya sabes de mí —mascullo viéndolo fijo.
—Sé lo que quieres mostrarle a la gente. Yo quiero conocer y salir con el verdadero Xavier.
Siento mi corazón galopear. Una vez más mis mejillas se encienden. Es un intrépido.
—Bueno —tartamudeo sin palabras—; estudio psicología, estoy casi en el último año de la carrera —asiente—. Estoy trabajando como maestro en un colegio en El Piñal.
—¿El Piñal? —interrumpe confundido.
—Soy de allá —sonrió—, solo vengo a San Cristóbal por estudio y rumba. Vivo con mi abuela y es incómodo, porque adoro mi privacidad y allá no la obtengo.
—¿Y tus padres? —retiro las manos de su tacto.
—Ellos viven a quince minutos de El Piñal. En San Lorenzo. No vivo con ellos porque el trasporte público es perjudicial para ir a trabajar. Y pues mi abuela materna permitió que viviese con ella. No me pide dinero por arriendo, ni gastos para la comida. Pero es la casa familiar, por lo que todos llegan por muchas razones y siento que no es lo mismo que tener tu lugar. Soy un chico ordinario con muchas aspiraciones de ser alguien.
—Y eso me atrae de ti —una vez más le sonrío.
—Entonces, puedo decir de mí que soy caucásico, extremista, complejo, antisocial de vez en cuando y un poco perfeccionista.
—¿Y el verdadero, Xavier?
—Es complicado —murmuro alejando la vista—. Simplemente complicado.
—Quiero conocerlo.
—Puede que no sea lo que buscas.
—Quiero atreverme.
Percival me hace parecer un simple niño intentando encender la punta de un grueso hilo de una vela de cera.