—¡Zaid, ya es suficiente, no estoy enferma! —exclamé irritada después de tenerlo todo un día detrás de mí, casi sin dejarme caminar ni mover un solo músculo sin preguntarme si me dolía algo, si no prefería volver a la cama o intentando hacer las cosas por mí. —No, no lo estás, pero sí estás toda magullada —respondió pacientemente—. No me arriesgaré. Bufé y me llevé una mano a la frente, descansando la otra en la cadera. —Si sintiera que no puedo hacer algo tan sencillo como cocinar, ¡no me habría levantado! —Clarisse, no seas terca, ¿sí? —¿Yo soy la terca? ¿En serio? —le miré incrédula. —Sí, eres una terca —reafirmó tomándome de los codos, mirándome con las cejas alzadas—, porque no quieres entender que sólo te quiero cuidar. Ay, no. Resoplé frustrada y lo miré resignada. —¿Por q

