Después de decirle a Demian como me sentía con respecto a su confesión, mis días volvieron a la normalidad, con la diferencia que Demian me saluda ocasionalmente cuando me ve, ese es el único cambio que hubo en mi cotidianidad.
Con respecto a Julio, aparte de que estábamos en cursos diferentes, no tenía el valor de acercarme a él para hablarle, así que me limitaba a verlo desde la distancia. El problema era que Julio ciertamente me conocía, pero no era consiente de mi existencia. Es decir, simplemente no había un vínculo entre nosotros que superara un intercambio de palabras casual.
Aparte, Julio siempre estaba con sus amigos, lo que hacía muy difícil acercarse a él. Y así, pasó la mitad del año lectivo.
Durante ese tiempo no pasó nada destacable, simplemente era una repetición incesante de ir desde mi casa al colegio y viceversa, conversar con mis amigas sobre una que otra fantasía juvenil e ir a una que otra fiesta, donde por lo general terminábamos bailando entre nosotras.
Alguna vez, algún chico se armó de valor para invitar a bailar a alguna de mis amigar y esa amiga solía desaparecer por el resto de la fiesta, pero nada más allá de eso.
Era una mañana soleada un seis de mayo, como siempre me preparaba para ir al colegio, peinaba mi cabello y me aseguraba que todo estuviese en orden. Después de todo, no quería que mis amigas se burlaran de mí.
La sala de estar de mi casa estaba en el primer piso junto a la puerta de entrada y un poco más adelante en comedor y la cocina, mientras que los cuartos y el baño estaban de la casa, estaban en el segundo piso.
Mientras bajaba las escaleras para desayunar, descubrí que había algo raro. Mi hermano siempre salía muy temprano al colegio para reunirse con sus amigos, por lo que era muy raro verlo en la mañana. Sin embargo, ese día estaba junto a las gradas y me dio los buenos días.
Algo confundida le devolví el gesto y pregunté con curiosidad:
—“Es muy raro verte en casa a esta hora, ¿pasó algo?”
—“Pues, papá ha venido de visita y dice que se quedara todo el mes.”
—“¿Qué? ¿Papá está en casa?”
—“Sí, está en la cocina.”
Cuando escuché eso me puse muy nerviosa, había pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a mi padre. Probablemente más de un año y ahora, estaba en la cocina de casa. Supongo que la reacción normal como hija sería, correr a saludar a tu padre quien espera en la cocina de la casa a solo unos metros del lugar en el que estas.
Sin embargo, mi padre no es alguien normal. Mi padre es el afamado Cártel de la cruz, líder de una de las organizaciones criminales más temidas en Sudamérica.
Algo que debo agregar, es que mi padre ha sido muy meticuloso en lo que a proteger a su familia se refiera. Después de todos, incluso nuestra relación sanguínea ha sido completamente borrada, al punto en que mi acta de nacimiento no tiene escrito el nombre de mi padre en ella.
En otras palabras, en papel no somos familia, pero mi padre se asegura de visitar nuestra casa por lo menos una vez cada año y hoy es ese día.
Tengo algo de duda, por lo que observo a mi hermano quien está aparentemente calmado. Sin embargo, es evidente que está igual que yo. Es un sentimiento contradictorio en el que quieres ir a saludar a una persona y a la vez sientes algo de recelo al pensar en acercarte.
—“¿Ya lo saludaste?”
—“No, está conversando con mamá y no quería interrumpir.”
—“¿Y si vamos juntos?” Me daba algo de vergüenza ir sola, pero acompañada de mi hermano es otra historia.
—“Está bien.” Jejeje, parece que mi hermano estaba esperando en las escaleras para que lo acompañe, solo que no quiere admitirlo. Algunas veces tener un hermano es lindo, aunque sea mayor que tú. Lo cierto es que, no hay demasiada diferencia en la edad mental si eres la hermana menor.
Mi hermano finge estar tranquilo mientras se acerca a la cocina, mientras que yo, lo acompaño unos cuantos pasos por detrás.
En la cocina de mi casa, mi madre Beatriz y mi padre Hugo están conversando en medio de un ambiente muy agradable, probablemente esto se deba a que no se ven con tanta regularidad, aunque hablan por teléfono casi todas las noches.
Mi madre es una mujer muy hermosa, aunque el tener dos hijos le pasó factura a su cuerpo y debido a eso ha engordado un poco. Al igual que yo tiene un bonito tono de piel ligeramente bronceado, su cabello es de color castaño y ojos de color marrón.
Mi padre por su parte, es un hombre robusto, por no decir que es gordito y tampoco es muy alto. Bueno que quieren que les diga, los narcotraficantes no necesariamente son guapos e imponentes, mi padre es un buen ejemplo de ellos. Cuando lo veo me da ternura, es como una visita de Santa Claus bronceado.
Probablemente el rasgo más característico de mi padre son sus ojos verdes, los cuales he heredados y debo añadir que me enorgullezco de este rasgo particular, aunque incluso con mis llamativos ojos, el chico que me gusta ni siquiera se ha dignado en voltear en mi dirección…
Ok, empiezo a enojarme… ¿Qué debería hacer ahora? No, mejor me concentraré en la historia.
Bueno, en el preciso instante que mi padre nos vio, saltó de su silla y me abrazó con todas sus fuerzas.
—“¡Oh, Amelia! ¡Mira cuanto has crecido!” Mi padre luce extremadamente feliz mientras me abraza y brota repetidamente su mejilla contra la mía.
—“Hola papá.” Mi hermano al ver esto, también saludo a mi padre.
—“Hola Leo, ¿cómo va la escuela?” Mi padre lo saludo de forma monótona mientras me abraza ¿cómo debería decir esto…? Sí, que contraste tan marcado.
Tal como se imaginan, tanto mi padre como mi hermano son unos orgullosos y no son sinceros con sus sentimientos entre ellos, por lo que siempre que se ven las conversaciones son muy mecánicas, pero lo cierto es que se quieren bastante.
—“Bien.”
—“¿Ya tienes novia?”
—“¿Qué? Claro que no.” Mi hermano se sorprendió por la pregunta, mientras que yo básicamente soy el peluche de mi padre en este momento.
—“Vaya, que perdedor. Yo a tu edad…” Mi padre estaba por empezar una de sus historias cuando mi hermano lo detuvo.
—“Sí, sí, me voy a la escuela.” Dijo mientras escapa de las historias de mi padre. “Adiós mamá, regreso en la tarde.” Mi padre quedó un poco pensativo después de que mi hermano se fuera.
—“No olvides llevar dinero para el almuerzo.” Gritó mi madre.
—“Sí.” Respondió mi hermano desde la distancia.
Cuando mi padre se cansó de abrazarme, finalmente me soltó y acomodó mis ropas asegurándose de que estuviera bien presentada.
—“Perdón Amelia, me alegre mucho de ver cuánto has crecido.”
—“No te preocupes papá.”
—“Supongo que hablaremos con más calma cuando regreses de la escuela.” Dijo mientras se sienta en la pequeña mesa que hay en la cocina. “Ten, espero que sea suficiente para el almuerzo.”
—“¿Eh?” Cundo vi lo que me ofrecía de forma casual, no pude evitar exclamar en confusión. Mi madre por su parte, puso su mano en su frente de forma cansada.
¿Quieren saber lo que tenía mi padre en su mano? Vamos, sé que se mueren por saberlo. Pues lo que tenía, no era otra cosa que un enorme fajo de billetes de cien dólares que me ofrecía de manera casual.
—“E-espera, papá.”
—“¿Acaso no es suficiente…? En ese caso…” Mi padre estaba por sacar más dinero cuando apresuradamente lo detuve.
—“¡No papá! No es eso…”
—“Tienes razón, Amelia.” Dijo mientras se levanta de la mesa y con voz profunda emitió un audible grito. “¡Mauricio!”
Me quedé un poco aturdida por el grito y en respuesta apareció un hombre de 183 centímetros de alto, extremadamente musculoso, es un hombre de piel morena y hombros extremadamente anchos. Es Mauricio Quiñones, es un boxeador profesional que trabaja para mi padre desde hace mucho tiempo.
—“Diga patrón.”
—“Usa el auto para llevar a mi hija al colegio.”
—“Muy bien, sígame señorita.” Mauricio es alguien muy educado y me recuerda un poco a un mayordomo.
—“¡No espera, papá!” Dije desesperadamente.
—“Sé que quieres hablar conmigo Amelia, pero ahora debes ir al colegio o tus notas bajaran.”
—“Sígame, señorita.” Mauricio me tomó de la mano mientras intento hablar con mi padre.
—“¡No papá, no es eso!”
Fui literalmente arrastrada al interior de una ostentosa limosina blanca y la peor parte es que tenía un fajo de billetes de cien dólares; un dinero con el que no sabía que hacer.