Aquella mañana, la duquesa de Valmont decidió que la prudencia ya no tenía sentido. Había observado en silencio durante la primera noche, conteniendo la necesidad de actuar, pero el estado de Bernadette y las miradas esquivas de algunos sirvientes le habían confirmado que algo más oscuro se movía en aquella casa. Con el porte sereno de una dama que jamás pierde la compostura, distribuyó a sus tres damas de compañía entre el personal doméstico. Cada una recibiría una misión precisa: indagar discretamente sobre el verdadero estado de salud de la condesa Deveraux, el tiempo que llevaba así y, sobre todo, cualquier rumor que pudiera servir para armar un cuadro completo de lo sucedido. La duquesa conocía el peso de la información; no era el chisme lo que buscaba, sino la verdad. Sentada en un

