⸻¿Qué?
⸻Alguien nos sigue. No estaba segura, creí que era mi imaginación. Nos siguen. Mira.
Se inclinó como si fuese a leer la descripción de una de las culebras y entonces Ryan lo vio. En el reflejo de la vitrina, justo detrás de ello, se hallaba un hombre joven que los veía directamente. Vestía una chaqueta oscura y con el cuello alzado, además de una gorra de béisbol. Al ver a Ryan giró la mirada examinando el estanque.
⸻Lleva en eso desde que entramos al parque. Cuando también entró al Terrario, estuve segura.
Cuando salieron y Rick dijo que tenía hambre, él hombre salió con ellos. No debía de llegar a los treinta años; estaría en la mitad de los veinte. Se movía con soltura y de lado a lado, pero cada cierto tiempo se acercaba más a ellos y se entretenía con lo primero que viera, pero sin perderlos de vista.
⸻Creo que se me ha caído la cartera en el Terrario ⸻dijo Ryan en voz alta. La familia no le prestó atención y continuó avanzando mientras él volvía sobre sus pasos.
Pasó por un lado del acechador, pero este no lo miró.
Siguió retrocediendo hasta posicionarse a una considerable distancia y retomó el regreso usando los árboles para esconderse y mantenerse detrás del perseguidor. Él caminaba casi en círculos observando a la familia. Ryan los veía sobre su hombro. Se habían sentado en un restaurante abierto con mesas a la intemperie. Pidieron hamburguesas y de la impresión a Ryan casi se le olvida por qué estaba ahí. No se imaginaba a una mujer como Raquel Savelli con semejante comida y no se hubiese sorprendido si la hubiera visto sacar un cuchillo y un tenedor para picarla. Para su asombro, la mujer envolvió la hamburguesa en servilletas y se la comió sin derramar una sola gota de salsa. Su hijo no tuvo tanta suerte. Al tercer mordisco apretó demasiado duro y la salsa salió a chorros por debajo yendo a parar en su camisa. Era un revoltijo de salsas, cebollas y tomates. El niño se puso más rojo que los condimentos mientras la madre lo regañaba y su padre intentaba limpiarle la cara. Algo dijo Javiera, Ryan no lo escuchó. Pero la vio pararse a ella y al niño y encaminarse hacia el baño. Este estaba a un lado del edificio del restaurante.
El perseguidor dio un paso vacilante, luego otro, y luego, con más seguridad, avanzó hacia ellos, siguiéndolos al baño.
¿Debía alertar a los Savelli o buscar ayuda? El hombre ya casi trotaba y en sus manos llevaba una navaja directo hacia donde estaba Rick y Javiera.
Ryan se decidió.
Corrió tras él con el miedo atenazándolo. El extraño corría veloz con la navaja apretada con fuerza y le faltaban pocos metros para llegar al baño. Ryan aceleró el paso. La respiración se le entrecortó y las piernas se quejaron. Los jóvenes Savelli acababan de entrar. El extraño los atraparía de espaldas. No podía gritar. Si lo hacía el hombre seguiría de largo y escaparía. Miró a los lados. No había nadie. No había nadie cerca en el maldito parque. Estaban solos. Acortó un poco las distancias, pero el sujeto seguía más cerca del baño que de él. Corrió como llevado por el diablo mientras el edificio se le acercaba. Le faltaba tan poco. Pero el sujeto corría más. Se alejaba. Cuchillo en mano. En la entrada aparecieron Javiera y Rick espantados viendo al hombre aproximándose hacia ellos. Ya casi los tenía. Alzó el cuchillo. Ryan soltó un grito y se abalanzó sobre él; lo tacleó por la espalda, golpeándolo contra la pared. Lo agarró por el cuello, pero el otro se defendía con codazos mientras se retorcía hacia los lados. Había soltado la navaja para agarrar mejor a Ryan. Hombro con hombro, más unidos que Pangea, se empujaban en un alboroto de brazos y piernas. Golpearon las paredes y el espejo del baño. A Ryan se le disolvió el mundo tratando de recordar donde era arriba, donde era abajo y hacia qué lado estaba.
⸻¡Suéltalo, Ryan!
Javiera había tomado la navaja caída del desconocido, los separó con un grito y luego se la puso en el cuello, con la hoja afilada besándole la carne con una maquiavélica ternura. El hombre jadeaba mientras miraba a Javiera con ojos aterrados. ¿Hombre? Más bien era un niño. No llegaba a los veinte años, con sus ojos bien abiertos sobre una boca torcida por el miedo y la sombra de un bigote asomándose por encima del labio. Levantó las manos en señal de paz repitiendo que, por favor, por favor, no le hicieran nada, no podía dejar a su santa madre sola y le prometió a su hermano que le acompañaría a su torneo de natación.
Javiera lo hizo callar.
Es apenas un muchacho. Le dolía la cabeza y los brazos ahí donde fue golpeado. No recordaba si quien chocó contra el espejo fue el chico o él. Rick los miraba a todos y por un momento Ryan temió que se desmayara. Su pánico era tangible. Buscaba a quien abrazar sin encontrar a nadie y terminó cubriéndose el cuerpo con los brazos sin parar de temblar.
La única que se mantenía en calma era Javiera, con una respiración tranquila y sus ojos azules fijos en el extraño. Era más baja que él, pero la altura no importa cuando tienes un cuchillo en el cuello liberándote un hilillo de sangre que se desliza como un arroyo. Se le acercó más, susurrándole al oído. Su voz era una amenaza.
⸻¿Quién eres? ⸻le preguntó.
⸻S-soy…
⸻¡Dilo!
⸻Tranquila, Javiera, es apenas un muchacho ⸻se le acercó recomponiéndose. Puso la mano en el cuchillo, pero ella lo apartó.
⸻Casi nos mata a Rick y a mi ¡Amenazó a Rick! Lo pudo haber herido. ¿Quién eres?
⸻¡Soy policía, soy policía!
El chico ofrecía una imagen bastante lamentable y Ryan sintió vergüenza por haber tenido miedo de él. De la entrepierna del niño un líquido empezaba a escurrirse y cerró los ojos para recitar una oración.
¿Policía?
Con la mano libre, Javiera le revisó los bolsillos. Él se ruborizo ante su toque, pero no dijo anda. Seguía rezando. En el bolsillo de atrás encontró una cartera que le arrojó a Ryan. La revisó encontrando un par de fotografías de una señora muy anciana, otra de un niño muy pequeño y otra del mismo joven. Al menos en eso no mentía. Se distrajo con las fotos hasta que vio la placa. Aparecía la imagen y los datos de Samuel Mcfly.
Debe ser un chiste
⸻¿Qué encontraste?
⸻Esta es la placa de alguien más.
⸻Samuel, Samuel me la dio, lo juro por Dios ⸻Chilló el muchacho.
¡Quédate callado, idiota!
⸻¿Samuel? ⸻Javiera le cruzó una mirada⸻ ¿El amigo molesto de Hernán? ¿Por qué tienes su placa?
⸻Él me pidió que los siguiera, sólo eso. Pero no les haría daño, de verdad, se los juro. Nunca lastimaría a nadie. Eres una niña muy linda, ¿sabes? Yo no te lastimaría de ningún modo. Tengo una primita muy bonita a la que siempre protejo y…⸻hablaba muy rápido y sin parar. Su cerebro trataba de sacarlo del aprieto haciéndole decir tonterías sin pensar hasta que Javiera le apretó aún más el puñal y lo puso a rezar.
⸻¿Por qué te pidió que nos siguieras?
⸻Padre nuestro que estás en el cielo…
⸻¿¡Por qué!?
⸻¡No lo sé! Virgen María llena eres de gracia, el señor es contigo…
⸻¿Dónde está Samuel?
El muchacho dudó.
⸻No creo que quieras mentirme, ¿verdad? ⸻Javiera parecía una serpiente. Arrastrando las palabras como si de dagas se tratasen diciendo todo con una malicia que Ryan no le creía capaz.
⸻En el estacionamiento, en un Ford Fiesta plateado. Eso es todo. Eso es todo.
¿De dónde habrá sacado Samuel a este niño? Se preguntó Ryan, a quien la situación empezaba a parecerle divertida.
⸻No podemos dejar que se vaya ⸻Ryan lo sabía, iría corriendo a avisarle a Samuel.
⸻¿Qué hacemos?
Ryan observó pensativo al chico y le llegó la inspiración.
⸻Javiera, dame el cuchillo y saca a Rick de aquí. Yo me encargó de él. Ve con tus padres. Me reuniré con ustedes en un rato. Ah, y por favor no les cuentes nada.
Ella le obedeció, aunque de mala gana, mirando al muchacho con desprecio. Una gata a punto de sacar las garras y atacar. No dejó de verlo hasta que salió y se marchó tomando a Rick de la mano.
⸻Dime la verdad, ¿por qué nos mandó a seguir?
⸻A ti no, era a ella.
Mcfly, idiota.
⸻Desvístete
⸻¿Disculpe?
⸻Que te desvistas ⸻Ryan sostenía la navaja bien en alto para que la viera. No era lo mismo que poseer una pistola, no tan amenazante, pero seguía teniendo un efecto vigorizante y le otorgaba una sensación de control que le encantaba. El muchacho lo veía a él y a la navaja como si tuviera miedo de perderla de vista, calibrando sus opciones. Ryan no le dio oportunidad de pensar. ⸻ ¿Quieres ponerme a prueba?⸻ le puso la navaja justo en la punta de la nariz; el charco debajo de sus pantalones aumentó. Ryan estaba comenzando a divertirse.
No tardó en obedecer. Se quitó la ropa lo más rápido que pudo, tan asustado que trató de sacarse los pantalones sin quitarse antes los zapatos. Cuando sacó el teléfono, Ryan se lo pidió y se lo guardó en el bolsillo. El chico masculló algo como “me lo acabo de comprar…” pero no dijo nada más y se desnudó obediente. Ryan le permitió quedarse con los calzoncillos; no quería ver más de lo necesario.
⸻Metete en uno de los cubículos ⸻lo hizo⸻. Voy a poner tu ropa en el baño de enfrente, el de las mujeres. Te daré un consejo: espérate un par de horas a que el baño esté desierto antes de ir a buscarla. Si los Savelli no te denuncian por acoso, podrías acabar tras rejas por exhibicionismo.
No recibió respuesta, pero el mensaje estaba captado. Tomó la ropa con cuidado de no tocar los pantalones mojados y salió del baño. Entró en el de mujeres tras escuchar atentamente para asegurarse de que no hubiese nadie y escondió la ropa en uno de los cubículos por debajo de un cesto de basura. Volvió a salir y el aire del parque le dio de lleno. Fue un alivio considerando el olor a orina que lo embargaba segundos antes. Respiró profundo, contó hasta diez y empezó a trotar. Iba rápido, pero con calma, no demasiado agitado para que nadie se fijara en él. Las parejas seguían donde las había dejado, igual que los niños jugando y las familias divirtiéndose. La tarde se acercaba a su fin y el sol se hacía cada vez menos imponente, con una luna silenciosa asomándose ya en el cielo despejado. Aún tenía restos de la adrenalina y un leve dolor en las articulaciones, pero de algún modo se sentía vivo. Y enojado. Maldito mil veces Samuel Mcfly y las estupideces que cometía. El rostro espantado de Rick le vino a la mente y eso lo enfureció. Corrió más deprisa mientras se acercaba a la entrada del parque. Se obligó a relajarse, detenerse y pasar como si nada. No era el único, muchos se retiraban. Había dejado el cuchillo junto con la ropa, pero portaba la placa de Samuel y no le convenía que un par de vigilantes lo detuvieran con ella encima. Eso sí que serían muchas explicaciones.
Salió, se encaminó por la izquierda y al final de la calle divisó la entrada al estacionamiento. Se asomó por la esquina. Hileras de autos le daban la bienvenida, pero ninguno el Fiat que buscaba. Entró saludando a los vigilantes, contó veinte pasos y se agachó lo más que pudo desfilando entre los puestos. La espalda le dolía, no recordaba la última vez que estuvo tan encorvado. Más de uno se le quedó viendo extrañado mientras salían o entraban en sus autos. Un niño pequeño le jaló la pierna a su madre para señalarlo; la señora lo vio, se subió a su vehiculó y se fue a toda velocidad. Ryan comenzaba a darse por engañado cuando vio el Fiat estacionado unos cuantos puestos por delante, en posición perfecta porque le daba la espalda. Se escondió detrás de una camioneta Toyota y vio a Samuel sentado en el asiento del conductor absorto, fumándose un cigarrillo con las ventanas cerradas. Más perfecto no podía ser. Se acercó con cuidado, midiendo los pasos, alternándose entre los autos. Detrás no tenía ninguno estacionado. Ahí fue a donde llegó y, con la uña del dedo, aflojó la válvula del aire de las ruedas traseras. Primero la izquierda, luego la derecha. Escuchó con satisfacción el silbido del aire escapándose. Le pareció un canto melifluo. Se puso de pie, se acercó al asiento del copiloto y golpeó la ventana con los nudillos, dejando bien en alto la placa y pegándola al cristal. Mcfly se sobresaltó, observó a Ryan, soltó una carcajada y le abrió la puerta.
Ryan se sentó a su lado.
—Sospechaba que el muy imbécil se dejaría atrapar.
Ryan le arrojó la placa a la cara.
—Fue un imbécil mayor quien lo contrató. —El interior del vehículo apestaba a tabaco, vicio al que Ryan había renunciado hace ya mucho tiempo y que no le quedaron ganas de retomar. Aunque la tentación en ese momento fuera tan grande. Además, por el suelo estaban regados restos de comida chatarra, envoltorios y una lata de refresco de donde aún goteaba el contenido. Un auto tan vulgar como su dueño.
—¿Qué haces aquí?
—Fumando, ¿también quieres?
—Sabes a que me refiero, Mcfly.
—Es trabajo policial, Mayz.
—Policial una mierda. Ese chico no era policía, ¿de dónde lo sacaste?
—En la calle hay muchos niños haciendo lo que sea por dinero. Hay que darle las gracias a la crisis económica.
—Pudieron haberlo arrestado por tener tu placa, y a ti, suspendido.
—Pero tú tuviste la gentileza de devolvérmela. Siempre fuiste buen amigo.
Samuel sonreía, Ryan lo miraba con severidad.
—¿Por qué le ordenaste atacar a Javiera? Eres un idiota si intentas atacar a los Savelli. Harán que te cuelguen. No ganas nada lastimándolos.
Samuel le respondió con una caricaturesca mueca de ofendido.
—¡Yo no quería que los lastimaran! Cielo santo, ¿cómo me crees capaz de eso? Solo quería asustarlos un poquito.
—¿Para qué?
—Para que hablaran, ¡j***r! La idea era asustarlos y decirles algo como: “Sabemos lo que hiciste” y luego esperar a ver que respondían. Estudiar su reacción. Tal vez se les escapara algo.
Semejante muestra de idiotez infantil hizo que se atragantara. Samuel Mcfly no era el hombre más brillante del mundo, vale; pero de ahí a urdir un plan tan ridículo debía haber un muro del tamaño la muralla china. Le pareció tan absurdo que observó el rostro de su amigo esperando detectar una mentira, pero no, no mentía. Lo decía en serio. Lo decía ridículamente en serio.
⸻Samuel…
⸻De todos modos ya lo echaste a perder.
⸻¿¡Qué esperabas escuchar!? “¡Tengo c*******s guardados en mi sótano!” o “¡Mi familia amasó su fortuna gracias a un pacto con el diablo!” o tal vez “¡Soy Batman por las noches!” o alguna infantilidad que solo a ti se te podría ocurrir.
⸻Con que hubiera dicho “¡Tengo sueños húmedos con Samuel Mcfly!” me conformaría.
Ryan no quería escuchar más.
⸻Samuel, no sé porque haces lo que haces. Nunca lo he sabido. Eres un ser enfermo y fantasioso que vive en su propio mundo. Deja a los Savelli fuera de tus depravaciones. No me importa lo que creas. ⸻le arrojó a los pies el celular que le había quitado al chico⸻. Si vuelvo a saber o a siquiera sospechar que sigues acosándolos, en especial a Javiera, me encargaré de que pierdas tu placa por ello. Eres policía, pero igual tienes leyes que seguir. Le pedí a Javiera que no te denunciará sólo porque fuimos algo así como amigos en el colegio, pero estás llegando muy lejos.
Dicho esto, abrió la puerta para salir del auto.
Estaba cerrada.
Samuel le había puesto el seguro.
⸻Déjame salir.
Mcfly no respondió.