Antes de darme cuenta, ya me encontraba allí, de pie frente a ella y con su mano meciendo la mía, sujetándome de nuevo por la muñeca. Me explicaba cómo debía hacerlo, mi palma no tenía que tocarla, sólo mis dedos. Me hizo repasar su mejilla con mis yemas hasta comprender dónde se encontraban los pómulos y empezaba la zona peligrosa. —Nada de tocar los ojos, la nariz ni las orejas —me explicaba con voz atenta mientras seguía haciendo que mis yemas trazaran círculos en sus mejillas. Después, ella misma empezó a abanicar mi palma, la cual apenas tocaba su piel antes de que la volviera a alejar. Se aseguraba de que sólo mis dedos tuvieran contacto con su mejilla mientras me explicaba la diferencia de hacerlo con los dedos separados, como correas de un fuete; juntos, como si fuera una tabla,

