—Ya entendiste cómo se trata a una puta —gruñó triunfante al tiempo que le daba unos chupetones a mi glande—. Cada que no te obedezcan, castigo. A ver, ven acá —dijo esto último mirando a Sandra. Ésta respingó al ser llamada y tras mirarme fugazmente, se apresuró a arrodillarse a lado de la morena, quien soltó una risita burlona. —¿Tienes miedo de hacer enojar al amo, perrita? —dijo de nuevo con aquella voz villanesca— ¿O mueres de ganas porque te castigue? Esto último lo dijo mientras le acomodaba tremenda nalgada, provocándole un gemido de dolor auténtico. Pese al sobresalto, la esclava ni siquiera volteó a verla, al menos no a la cara. Quiso imitarla y trató de sentarse sobre sus talones, aunque el grosor de sus muslos se lo impedía. —¡Hum! —refunfuñó Tere, visiblemente decepcionada

