La rutina se instaló como el propio bochorno, pegajosa e ineludible, un velo invisible que nos envolvía a ambos en una danza sutil de miradas robadas y roces accidentales. Llevaba horas intentando memorizar las mismas fórmulas matemáticas, pero el sudor me goteaba por la frente, borroneando la tinta de mis apuntes como si el calor mismo conspirara contra mí. El ventilador del techo solo movía el aire caliente, un zumbido monótono que parecía amplificar el latido en mi entrepierna. Para tolerar mejor el infierno, estudiaba sin polo, solo con un short puesto, pero aun así el sudor me corría por el pecho y la espalda, acumulándose en la cintura y resbalando hasta la base de mi polla, que latía con un pulso sutil, irritada por la tela húmeda que se pegaba a ella como una segunda piel. Cada go

