El rubor en su rostro sólo acentuó su sonrisa antes de besarnos nuevamente. Mi mano se posó sobre uno de sus pechos y su boca se separó de la mía para soltar un gemido muy intenso. Libres al fin, mis labios se dirigieron sin vacilar a ese par de mangos. Sus pezones eran de un color almendra, y coronaban perfectamente aquellos bollos blancos y el sabor de su piel se condimentó con un sudor apenas salado. Me recreé mientras pasaba mi lengua de uno a otro y amasándolos hasta el hartazgo, disfrutando cómo se rebosaban levemente entre mis dedos. Aquellos botones se endurecieron y una mano en la nuca me dio indicaciones para bajar a su abdomen y, finalmente, a sus bragas, también negras como su brasier. El calor que emanaba de su entrepierna era palpable en mi rostro, como si debajo de esa tela

