El sexo es buen motivo para el chantaje. A partir de entonces, me esforcé tanto por no meter la pata que a ella le parecían divertidos mis intentos de complacerla. ¿Ver lo que ella quisiera en la tele? ¿Pedir la pizza que quería? ¿El café que le gustaba? ¿Ir al cine? ¿Asistir a su obra? Si bien, la mayoría eso lo hubiera hecho sin chistar, era evidente que me tenía agarrado de los huevos. No lo había pensado, pero a ser la que ordenaba en lugar de la que obedecía. Y esto había pasado desapercibido por mí: no había vuelto a darle alguna orden en mucho tiempo. Sinceramente, con la bien que nos la empezamos a pasar entre ambos, ni había pensado que fuera necesario. —¿Verdad que es un amor? —le dijo una de sus compañeras de teatro tras el ensayo que, obviamente, fui a ver—. Quisiera tener un

