Las poses que ella se inventaba, fuera por sus dotes teatrales o por videos que hubiera visto en Internet, eran un show aparte, lo que un striptease aspira a ser. Sus manos recorrían su vientre y rápidamente, fueron a su espalda y se deshicieron del brasier, el cual voló directo a la pila de ropa sucia. Se inclinó hacia mí y me ofreció de nuevo ese par de mangos que caían de forma tentadora a escasos centímetros de mis labios; todo esto, mientras nuestras caderas se acercaban y alejaban en sincronía y con calma. Al poco rato, la calma fue quedándose atrás y los gemidos estuvieron a la orden del día. —¡Sí! ¡Sí! ¡Dale! —gemía pero contenía su voz, no gritaba como en el hotel, pero se acercaba cada vez más a mis orejas sin dejar de acelerar nuestras embestidas—. ¡Acaba ya! ¡Dame tu leche! ¡Q

