Capítulo 9
Punto de vista de Adrián
Estaba enfadadísimo. Sabía que lo había hecho sin querer, Al principio me divertían sus intentos de jugar con mis nervios, pero hoy se me había acabado la paciencia. Ya estaba cabreado con ella desde antes de que me derramara el puto café encima. Oí como reía George, hablando con ella en el pasillo, fuera de mi despacho.
Tiene entre manos su primer encargo importante y sigue ayudando a mi secretaria, pero no le falta tiempo para flirtear con ¡mi mejor amigo! Lo ve por segunda vez y ya están socializando. El idiota, por supuesto, no escatimó en comentarios tras su primer encuentro.
—Sabía que te gusta rodearte de mujeres guapas, pero no te suele gustar que te distraigan en el trabajo. La excepción hasta ahora ha sido Lucrecia, la de piernas largas, porque no es tu tipo, pero te juro que esta pelirroja es digna de pecado.
—¿Has terminado de ligar con mis empleadas y podemos ir al grano? —gruñí.
—¿Por qué estás tan tenso? Déjame adivinar: ¿te gusta pero ella lo sabe y está jugando al gato y al ratón contigo? —dijo divertido—. De todas formas, no estaba ligando con ella en absoluto, tú mismo has visto que era ella la que tenía las manos en mi pecho. No tuve que animarla a hacer nada.
—Deja los de argumentos patéticos y volvamos a lo nuestro.
—Quizá lo que estoy observando ahora no es irritación en absoluto, sino celos —dijo, y se me quedó mirando como si quisiera leer algo en mi cara.
¿Yo celoso? En absoluto.
— No seas idiota, no tengo tiempo para estupideces.
Siguió mirándome con extrañeza, pero dio por terminado el tema.
Hoy era incluso peor, ya que claramente su familiaridad había pasado a tonos más íntimos.
—Gabriella —dijo nada más entrar en mi despacho.
—¿Gabriella qué? —Este hombre podría hablar más abiertamente y no lanzar consignas.
—Esa pelirroja, Gabriella. ¡Dime que no es lo que estoy pensando!
—¿Cómo puedo saber lo que piensas?
—¡Dime que no es la misma Gabriella! Esa amiga de la infancia con la que tienes una foto enmarcada en tu piso. — Como no le contesté nada, contuvo la respiración. — ¡Y una mierda! —soltó una carcajada incontrolable—. Admítelo, la contrataste como ayudante de tu secretaria para estar más cerca de ti. ¡Qué encantador! —dijo, y más divertido, se cogió el corazón.
—¡Cállate! —gruñí—. La próxima vez discutirás el proyecto con Logan.
—Muy bien, ahora me callo, no me mandes a un viejo... hermano.
Evidentemente, al bastardo seguía divirtiéndole la situación, pues la sonrisa no abandonaba su rostro enfurruñado, pero ya no mencionó a Gabriella al hablar del proyecto, al menos hasta entonces.
—¿Por qué te retuerces en esa silla como si tuvieras avena en el culo? ¿Es algún tipo de señal de que debo comprar asientos nuevos? —pregunté irritado mientras se giraba sin parar hacia la puerta.
—No diré nada porque se suponía que debía estar callado.
Estoy rodeado de idiotas... Molesto, enarqué una ceja. — Pues te cuento. Le he pedido a Gabriella que nos traiga café y estoy esperando a que venga.
—En ese caso, no la esperes demasiado pronto, porque esta mujer no tiene prisa por irse a ninguna parte.
—Veo que hay problemas en el paraíso.
No lo hice contestar, porque en ese momento vi a Gabriella fuera de la puerta llevando café, y sorprendentemente llamó a la puerta. Suele aparecer por aquí como un torpedo.
—Te ha llevado tiempo, pero parece que por fin has aprendido a llamar a la puerta. Estoy orgulloso de tus progresos —dije irónicamente.
—Veo que os lleváis muy bien, Si no fuera por eso, intentaría quedarme con la practicante
Veo que este idiota se lo sigue pasando en grande.
—¿Está buscando a alguien para unas prácticas? Resulta que una colega mía está buscando urgentemente un puesto de prácticas. Tal vez podrías...
Juro que puso la cara del gato de Shrek. Al parecer, puede ser simpática, pero está claro que no para mí.
—Haz que tu amiga se ponga en contacto conmigo.
No sé lo que George está tratando de lograr mediante la contratación de su amigo, pero...
Mis deliberaciones se vieron interrumpidas por un café que me cayó encima como una cascada. Me incorporé momentáneamente y maldije siseante.
Gabriella se volvió hacia George en ese momento. ¿Qué espera? ¿Cree que si no mira el problema, desaparecerá
Ese no fue el mayor error de Gabriella, ¡oh no! Pensando que me había quemado, empezó a desnudarme y me quedé momentáneamente helado. ¿No sabe lo que hace, o no quiere saberlo? ¿Es un nuevo juego suyo? Solo las palabras de George me devolvieron a la tierra. ¡Se acabó! Le daré tal sermón después que se acordará de mí.
Bueno, y le di un sermón. Pensé que se sentiría mejor si la devolvía al punto de partida, pero ahora, sentado en este puto despacho después de mandarla a casa, me sentía como si le hubiera gritado a un cachorrito.
Mierda, no me gustaba esa sensación.