Capítulo 8
Punto de vista de Gabriella
—¡Oh por Dios — grité al girarme hacia Adrián. — Juro que esta vez fue sin querer.
—¿Qué demonios se supone que significa eso ahora? —g ruñó.
—En mis sueños ya te he derramado café unas cuantas veces — me callé mientras me miraba con ojos asesinos —. Por todas esas veces, lo siento de verdad — añadí .
—Pues vete ahora, antes de que causes más daño — dijo.
Normalmente habría respondido a sus gruñidos, pero esta vez me sentí realmente mal. No sólo no quería discutir, sino que parecía que el café ¡debía estar caliente! — ¿Te duele mucho? ¿Tal vez necesites ir al médico? — pregunté mientras empezaba a quitarle la camisa.
—¿Qué demonios estás haciendo? —siseó, deteniendo mis manos antes de que pudiera desabrochar otro botón.
—Tienes que quitarte la camiseta para revisar las quemaduras. Traeré hielo enseguida —dije. Detrás de mí escuché un fuerte gruñido.
—Sólo un recordatorio de que aquí estoy, antes de que te pongas a bajarle más los pantalones — dijo George, claramente divertido por la situación. Yo estaba lejos de reír; ¡estaba aterrorizada!
—Cálmate, no ha pasado nada. Por suerte, nunca tienes prisa por ir a ningún lado y el café ya estaba tibio antes de que me lo echaras. Ahora déjanos solos — dijo Adrián. Al ver que su mirada se suavizaba, no quise discutir más. Recogí las tazas del suelo y me fui.
Afuera, Lucrecia ya me esperaba con su mirada castigadora.
—¿Qué has hecho otra vez? —supuso enseguida que había sido yo.
La puerta del estudio es de cristal, pero dudo que Lucrecia estuviera espiando.
—¿Por qué me culpas directamente? ¿Quizá no hice nada y estás acusando a un inocente? —dije, reprochándole, y ella me miró con lástima.
—¿Y qué hiciste? —preguntó.
Puse los ojos en blanco.
—Puede que, sin querer, haya derramado café sobre nuestro jefe — dije, sintiéndome como un niño que acaba de enfadar a sus padres.
—¿De mala gana? —me miró con desconfianza.
—No, ¡sin querer! No soy una sádica, no le haría daño a propósito.
—Sólo preguntaba —levantó las manos, como dándose por vencida—. Cálmate, no quería ofenderte.
—Lo sé, estoy un poco temblorosa y por eso hipersensible — me senté con resignación —. ¿Por qué soy tan torpe?
—Querida, no te preocupes, tienes muchos otros talentos —dijo Lucrecia para animarme.
—¿Podrías mencionarme alguno? —la miré, esperando que me dijera algo alentador.
—El más grande para meterse en problemas, seguro —respondió, y me derrumbé de nuevo.
—Vas directo a donde más me duele, ¿eh? — gemí.
—Vamos, si aún no te ha despedido es que no ha sido tan grave.
—¿Cómo es que sigue siendo así? —pregunté confundida.
—Veo que confía plenamente en ti —dijo Lucrecia. — Cuéntame mejor cómo pasó — pidió, y yo le conté mi trauma de hace cinco minutos.
Ella lo intentó mientras la veía luchar por no estallar en carcajadas.
—¿Desnudar a tu jefe delante de un cliente? —la presa había reventado, porque ahora se reía a carcajadas.
—Pensé que George era su amigo, no un cliente —me defendí.
—Bueno, maravillosamente todavía —respondió Lucrecia.
—Él es esto y aquello. Nuestra empresa está construyendo su próximo club.
—¿Crees que ahora me va a sustituir aquí por esa quejica de Beatriz? —suspiré resignada.
—Creo que si hubiera querido, te habría echado justo después de que le derramaras café —dijo, aunque no estaba del todo convencida.
Al cabo de treinta minutos, George salió del despacho y al pasar junto a mí se detuvo.
—Haz algo por la humanidad y no prepares más café. O al menos, no se lo digas a nadie —dijo divertido. Al ver mi cara de angustia se puso serio. —En cuanto a lo de las prácticas, iba en serio. Que tu colega se ponga en contacto conmigo.
—Lo hará —dije, y cuando ya estaba entrando en el ascensor grité—. De todas formas, todo es culpa tuya, porque tú eres el que pidió café.
Sólo oí su sonora carcajada antes de que se cerrara la puerta.
El silencio fue roto por el grito de Adrián.
—¡Gabriella, a mí oficina!... — caminé hasta su oficina como una condena. Estaba a punto de despedirme, ¡y eso antes de haberme dado un trabajo serio!
Llamé a la puerta, pensando que no estaría de más coleccionar puntos con él, pero sólo murmuró como respuesta:
—¡Date prisa y siéntate! —me indicó el asiento de enfrente, y me senté para no prolongar la situación más de lo necesario
.
—Antes de que me eches, sólo quiero decir que no era mi intención y siento mucho ser tan torpe en la vida.
—¿Has terminado? —me cortó, claramente irritado. Así que mejor me callé y asentí con la cabeza.
—Estupendo, entonces escucharás lo que tengo que decirte — dijo —. No me importa si querías o no derramar café sobre mí. A partir de hoy, has empezado una vendetta contra mí. Constantemente intentas desequilibrarme, llevas una semana echándome sal en el café, incluso en el que me trae Lucrecia. Por no hablar de cómo trataste de desnudarme delante del cliente. — Quise interrumpirle, pero me detuvo. —¡No te atrevas! Se acabaron estos juegos infantiles. Te comportarás como una empleada que realmente le importa el trabajo y me respetarás porque, lo quieras o no, ¡soy tu jefe!
Golpeó con la mano en el escritorio y me levanté de un salto.
—¿Nos entendemos o estás recogiendo tus cosas y buscando unas nuevas prácticas?
—Nos entendemos —respondí. No tenía sentido discutir, sabía que no bromeaba—. ¿Puedo irme ya?
—Fuera. Preferiblemente vete a casa, hoy tienes el día libre —dijo.
No necesité que me lo repitieran dos veces. Me despedí de Lucrecia y me fui a casa.